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NotaPublicado: Dom Ene 20, 2008 1:04 am 
20 de enero de 2008

CARTA DEL DIRECTOR

PEDRO J. RAMÍREZ


Antífona de EL MUNDO, el demonio y el 11-M

Mientras sea periodista–y eso sucederá mientras viva– siempre ombatiré dos infecciones profesionales que en la práctica debilitan el derecho a la información de los ciudadanos: la rutina y el cinismo. Y como la suma de ambos ingredientes me llevaría a amortizar a beneficio de inventario la invitación del presidente del Gobierno a realizar una autocrítica sobre la actitud adoptada por EL MUNDO en relación a la investigación del 11-M, voy a hacer exactamente lo contrario. Él sugirió irónicamente, durante nuestra mezcla de conversación, debate y entrevista que incluyera ese ejercicio en alguna de mis «largas cartas de los domingos» y recojo el guante a la primera de cambio.

Da igual que el trasfondo de esa interpelación–muy en línea de las pullas que me lanzó, también sobre el mismo tema, en la entrevista de abril de 2006–pueda ser el deseo de Zapatero de quedar bien con la parte de su partido, y de su propio entorno, que no entiende cómo acepta someterse periódicamente al tercer grado de EL MUNDO y admitir como interlocutor a alguien a quien de manera tópica y sectaria vienen asociando, desde los tiempos del felipismo, con el mismo diablo.

Eso es lo de menos. Lo esencial es que, si bien la gestión de Zapatero merece unos cuantos suspensos en asignaturas básicas, es innegable que como gobernante ha ampliado los márgenes de lo que él mismo llama «democracia deliberativa» y la más elemental regla del juego es creer que las palabras generan compromisos. Si yo no pensara que desde el mismo momento en que afirma «rotundamente» que no volverá a negociar con ETA es ya prisionero de sus palabras, no volvería a preguntarle nunca más por nada. Si diéramos por hecho que pertenece a la tribu de los mentirosos todo escrutinio estaría de más.

Cuando de forma pública y expresa, desde su alto rango institucional, él me ha emplazado a que reflexione críticamente sobre el papel de ELMUNDO en relación con el 11-M, mi autoridad moral para volver a interrogarle de manera adversativa sobre ese asunto y cualquier otro análogo quedaría mermada si yo ahora me llamara a andana.

Es cierto que por tres veces le pedí que concretara aquellos «errores» deELMUNDO sobre los que en su opinión debería girar tal examen de conciencia y por tres veces me contestó con evasivas tales como la insistencia en la confesión de sus propias equivocaciones o el sarcasmo de que «incluso el director de EL MUNDO comete errores». ¿Cómo no contestar a ello con el ingenuo reconocimiento de que la misma naturaleza de un trabajo en el que se toman muchas decisiones al día con elementos de juicio sólo fragmentarios propicia elque eso suceda con cierta frecuencia?

Pero ya que Zapatero, siquiera de forma indirecta, al repetir una y otra vez que él había reconocido el error de apreciación de la víspera de la T-4 y el error de ejecución de las obras del AVE a Cataluña, me invitaba a entrar en el terreno de la casuística, no siento el menor empacho en zambullirme en el detalle y admitir que en algunas ocasiones he podido equivocarme como director en la valoración o el enfoque de algunas noticias. Y como él, pondré dos ejemplos ya comentados en el seno de la redacción: si hubiéramos aplicado los criterios habituales de jerarquización informativa de nuestro periódico, la entrevista con Trashorras de septiembre de 2006 no debería haber aparecido titulada en la portada a 5 columnas sino a 4, pues, pese a tratarse de una gran exclusiva, lo extraordinario de la presentación podía inducir a pensar que el periódico estaba dando un plus de credibilidad a sus declaraciones; por otra parte, si hubiéramos sido todo lo rigurosos y precisos que casi siempre somos, en marzo de 2006 habríamos completado y matizado un importante titular–La ‘mochila de Vallecas’ no estaba entre los objetos que la Policía recogió del tren– anteponiendo cinco palabras clave que quedaron relegadas al subtítulo: El inspector responsable dice que

Esto no significa que yo no reconozca otros errores sino que honestamente creo que todos los que hayamos podido cometer son de esta misma índole y rango. Porque si lo que el presidente del Gobierno –en línea con quienes de manera gandul y socorrida refutan la nunca promulgada teoría de la conspiración–pretendía sugerir es que EL MUNDO ha venido adoptando una actitud errada o impropia en relación con el conjunto de la investigación del 11-M, debo decir todo lo contrario.

Pienso que nuestro periódico –y en especial los redactores directamente implicados en el empeño– puede estar muy orgulloso de la tenacidad con la que sigue tratando de averiguar la verdad de uno de los episodios más cruciales que viviremos nunca. Fueron nuestras revelaciones sobre la manipulación de pruebas, la condición de confidentes policiales de los principales imputados o las dudas sobre el tipo de explosivos las que vertebraron la vista oral. Que la sentencia nos diera la razón en algunas cosas –Skoda Fabia, autores intelectuales–y no en otras no significa que la respetemos sólo parcialmente. Pero respetar la sentencia tampoco implica ni asumir su infalibilidad ni dar por cerradas las pesquisas, máxime cuando su propia relación de hechos probados amplifica enigmas preexistentes tales como–basten otros dos ejemplos– la naturaleza y destino del tráfico de dinamita que realizaron los asturianos antes del11-M o la circunstancia inexplicable, corroborada ahora por otro confidente de la UCO, de que El Chino continuara haciendo vida normal y viajando a Morata días después de la detención de Zougam, al que el tribunal acaba de condenar no ya como suministrador de tarjetas telefónicas sino como integrante de su mismo comando.

Zapatero resuelve en la entrevista las enormes lagunas de la sentencia atribuyendo a los suicidas de Leganés no sólo la autoría material, sino también la organización de la masacre en todas sus fases. Después de dedicar muchas horas a analizar hasta los detalles más nimios de lo hasta hoy averiguado, yo no me lo creo. Y porque sigo convencido de que detrás de esa pantalla instrumental existe una realidad que aún continua oculta, considero que hasta ahora hemos vivido el fracaso del Estado de Derecho en el empeño de esclarecer los hechos y, con toda la autocrítica que haga falta y el mejor de los talantes, mantengo el compromiso con nuestros lectores. La investigación de EL MUNDO sigue abierta.


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NotaPublicado: Dom Mar 09, 2008 1:42 am 
9 de marzo de 2008

CARTA DEL DIRECTOR i PEDRO J. RAMÍREZ

Cuando lo imprescindible resulta imposible

Cua l q u i e r a que sea el resultado, Rajoy y Zapatero tendrán que ponerse mañana mismo manos a la obra para definir un marco de colaboración política estable cuyo primer peldaño debe ser el desarrollo del Pacto Antiterrorista, pero en el que debe estar incluso previsto alcanzar el escalón final de un Gobierno de coalición si una determinada situación límite o una envenenada aritmética electoral lo hace aconsejable.

«Frente a las estériles llamadas retóricas a la unidad de todas las fuerzas democráticas –¿unidad para qué?–, se trata de que los dos grandes partidos nacionales que van a representar al 80% de la población recuperen el espíritu de consenso con que vertebraron el proceso de elaboración de la Constitución. «Bienvenidos sean todos los demás partidos que, como acaban de hacer los aragoneses del PAR, vengan a sumarse al proceso, pero más importante que ampliar el Pacto Antiterrorista es darle profundidad e intensidad. Todas las demás fuerzas merecen respeto democrático, pero hoy por hoy pretender ponerse de acuerdo con la IU de Llamazares y Madrazo, con la Esquerra de Carod o con el PNV del plan Ibarretxe sólo será una pérdida de tiempo y esfuerzo que generaría más escepticismo y desapego ciudadano.

«Puesto que en lo esencial comparten una misma idea de España, son el PP y el PSOE –con o sin el PSC–quienes tienen que dar una respuesta equilibrada a las demandas nacionalistas que quepan en el espíritu constitucional, quienes tienen que cerrarse en banda frente a aquellas que pretendan desbordarlo y quienes tienen que respaldar el uso de todas las medidas legales, incluidas las que supongan la aplicación excepcional de medidas extremas, para impedir que nadie logre hacer de la violencia una ventaja negociadora».

Aunque habitualmente huyo del onanismo de la autocita como del agua hirviendo, hoy no he encontrado ninguna forma más elocuente de enfatizar la triste situación en la que nos hallamos que reproduciendo con melancolía estos cuatro párrafos de mi Carta del Director del domingo14 de marzo de 2004. Como ustedes pueden ver, no habría que cambiarles ni una coma para aplicarlos al escenario creado tras el asesinato de anteayer, la cancelación de nuevo de los mítines de cierre de campaña y la celebración hoy de las segundas elecciones generales consecutivas cuyos resultados estarán marcados por la ingerencia del terrorismo y la distorsión del proceso democrático. Pero con la misma lucidez conque hoy, como hace cuatro años, me doy cuenta de cuál es la receta para combatir la enfermedad que nos corroe, ya sé –de ahí lo de la melancolía– que, a menos que esta noche se produzca un espectacular vuelco de los pronósticos y expectativas, tampoco veremos aplicarla durante la próxima legislatura.

Si gana Zapatero como han venido anunciando hasta ayer mismo las encuestas que los internautas españoles hemos podido consultar en páginas web domiciliadas en Londres o en Andorra, poniendo en evidencia la apolillada estulticia de la Ley Electoral, es evidente que lo que no hizo en el 2004 tras la conmoción nacional que ocasionaron las casi 200 víctimas mortales del11-M no lo va a hacer en el 2008 tras el solitario asesinato de un ex concejal socialista. Aunque no pueda decirse que su reacción ética ante el terrorismo dependa del número de muertos, en el segundo debate con Rajoy sí que quedó patente que eso es lo que determina su valoración política.

Todo ayudaba a que hace cuatro años Zapatero se hubiera convertido en un gobernante conciliador. En un sanador de heridas, volcado en la tarea de impulsar la investigación de la masacre y de fortalecer los valores constitucionales alentando los grandes pactos con la oposición. La excepcionalidad de lo ocurrido justificaba más que de sobra que hubiera aparcado los aspectos más polémicos de su programa a favor de una nueva agenda basada en el consenso y la conciliación. Ni siquiera existía aún la excusa de alegar que el PP había elegido la senda de la crispación al no haber aceptado su derrota. La Historia le brindaba a Zapatero la oportunidad de ser una especie de segundo Adolfo Suárez y bien a la vista está que ocurrió todo lo contrario.

Hoy acudiremos a las urnas con la conciencia colectiva doblemente enlutada por la sombría indignación que produce el vil asesinato del viernes y por la frustrante impotencia que genera el rotundo fracaso del Estado a la hora de esclarecer plenamente el 11-M. Mientras el juez instructor ha puesto tierra de por medio y el presidente del Tribunal sigue dando el cante, el ritual de la democracia se repite sin que hayamos averiguado ni quién organizó la masacre, ni quién montó las bombas, ni qué complicidades o negligencias permitieron que una trama en la que había más confidentes policiales que agentes libres culminara su macabro propósito.

Por el contrario unos cuantos navíos averiados sí que han llegado a puerto durante estos cuatro años. España impulsa la Alianza de Civilizaciones y el «nuevo contrato del hombre con el Planeta», Cataluña cuenta con un Estatuto con mucho menos apoyo político en Madrid, mucho menos respaldo social en Barcelona y mucho menos encaje constitucional que el anteriormente vigente, ETA ha adquirido durante al menos media legislatura la condición de interlocutor político, tenemos dos millones y medio más de inmigrantes y a Zerolo no dejan de «darle» –al menos eso dice él–«orgasmos democráticos».

En aspectos muy emblemáticos el cambio–o mejor dicho, la alteración–ha sido mayor en cuatro años de ceja y buen talante que en 14 de felipismo desorejado. Si la inclusión del Pacto del Tinell–por el que se pretende situar al PP en los extramuros de toda combinación de poder– en el Libro Blanco de los logros de Zapatero explica cuál ha sido su estrategia política, el público abrazo al doctor Montes es el gesto definitivo que revela la trastienda emocional e ideológica en la que se asienta. Pensé que nunca se atrevería a dar ese paso, pero me equivoqué. Eso demuestra que incluso quienes nos hemos acercado a él profesionalmente acorazados por el escepticismo de unos cuantos trienios de vivencias similares hemos sido a menudo incapaces de detectar la hondura e intensidad del radicalismo que anida tras sus modos cordiales.

Literal y metafóricamente ese abrazo a quien ha sido acusado deforma unánime por 11 colegas de la más diversa trayectoria de la «malapráctica» de efectuar hasta 34 sedaciones irregulares sin consentimiento de los pacientes o sus familias equivale al «¡Viva la muerte!» de Millán Astray en Salamanca, y lleva implícito también un «muera la inteligencia» que en este caso son las normas y usos de la deontología médica aceptados por la sociedad.¿Por qué enlazó Zapatero por los hombros al doctor Montes, lo atrajo hacia sí y le susurró al oído que había pensado mucho en él, cual si fuera el Cirineo que inesperadamente acudía a aliviar a Cristo del peso de su cruz durante la ascensión al Gólgota? No se nos diga que fue para compensar el «linchamiento» de la derecha. Eso está bien como consigna barata de tertulia radiofónica adicta, pero por esa regla de tres el consejero Lamela debería ser paseado en palanquín en cada mitin del PP. No, la verdadera explicación de ésa y todas las demás transgresiones del acervo de la Transición que ya he mencionado y aludido está en la honda felicidad que a Zapatero le produce el desafío, la provocación, el órdago permanente a lo que –extrapolando la sociología norteamericana–podría definirse como la España bien pensante de familia, bandera e iglesia. Que el doctor Montes os parece lo peor de lo peor… pues yo lo sentaré a mi derecha en el lugar de honor más elevado y visible. Por eso es ministro Bermejo, por eso la Ley del Matrimonio Homosexual la redactó Zerolo, por eso se negoció políticamente con ETA, por eso Cataluña tiene el que será el Estatuto de los mil conflictos. Frente a la timorata moderación de esa España que él desdeña por carca y anticuada, «la audacia, siempre la audacia» que decía Danton.

La actitud de Zapatero durante estos cuatro años se ha asemejado más, en el fondo, a la del líder de una confesión religiosa, la Iglesia del Republicanismo Cívico del Séptimo Día, que a la de un simple gobernante democrático. De ahí que nada le haya hecho sentirse más en su salsa que la confrontación con la jerarquía católica, de monoteísta a monoteísta. ¿Acaso no es propio de todo Mesías «escandalizar» a quienes no siguen sus enseñanzas? Pues él se ha aplicado con fruición a esa tarea y ha cumplido con creces sus anhelos.

Si Zapatero gana hoy las elecciones nada va a cambiar a ese respecto. Las dosis que habría que aplicar de esa receta centrípeta e integradora, más imprescindible todavía hoy que en el 2004, pueden prescribirse con facilidad: si el resultado se parece al alemán porque las diferencias son mínimas, pues coalición a la alemana; si, tal y como dicen los sondeos, se mantiene más o menos la ventaja de hace cuatro años, pacto de legislatura al canto; si, impulsado por una participación altísima–fruto de nuevo de la conmoción por un atentado–, el triunfo socialista rondara incluso la mayoría absoluta, relanzamiento al menos del Pacto Antiterrorista y grandes acuerdos nacionales para el Empleo, la Inmigración y la Enseñanza.

Pero ahora ya sabemos que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Zapatero tendría que volver a nacer porque nada de eso está en su naturaleza. Cualquiera puede darse cuenta de que toda estrategia encaminada a derrotar para siempre a ETA pasa no sólo por combatir sus medios criminales sino también por desacreditar sus fines independentistas, y en este sentido los problemas del terrorismo y el nacionalismo son vasos comunicantes. Pero Zapatero antes preferirá seguir prestigiando mediante el oportunismo lanar de los Montilla y Patxi López a los reaccionarios que dividen España en tribus que pactar con el centro derecha para hacerles conjuntamente frente.

Por cierto, ¿por qué en lugar de increpar a Rajoy el líder del PSE no concentró anteanoche su ira en los amigos del asesino de Isaías Carrasco que hasta hace poco eran sus interlocutores habituales? Pues eso.

Zapatero no merece ganar hoy, pero si lo hace siempre nos quedará el consuelo de que se lo tendrá bien merecido. ¡Qué ricos y variados son los usos coloquiales de un idioma como el castellano en el que una misma palabra puede expresar una idea y su contraria con la mera adición de un reflexivo! Digo que se lo tendrá bien merecido, de acuerdo con la famosa PotteryBarn rule que Colin Powell invocó ante George Bush en vísperas de la invasión de Irak, según consta en la página 150 del libro de BobWoodward Plan of Attack. Puesto que Pottery Barn es una cadena de establecimientos de menaje del hogar sin actividad en España, bien podemos traducirla aquí como «regla de la tienda de porcelana».«You break it, you own it», le dijo el secretario de Estado al presidente, advirtiéndole que los problemas llegarían después de la invasión.«Si la rompes, te la quedas».Variantes menos sutiles, pero muy adecuadas a nuestro caso serían «You break it, you fix it» («Si larompes, la pegas») o incluso «Youbreak it, you pay it» («Si la rompes,la pagas»). Habida cuenta de que a los graves estropicios causados por la frívola irrupción de Zapatero en el zoo de cristal de los delicados consensos y equilibrios de la Transición se une ahora el desmoronamiento de algunos pilares básicos de nuestra economía ante su pasividad culpable, no deja de tener sentido preguntarse si lo más conveniente es que esta noche nos encontremos con una escueta y probablemente pírrica victoria de un Rajoy que tendría que medio envainársela en la cuestión nacional para obtener el apoyo de CiU; o no sería preferible que el designio de las urnas repitiera el tormento de Sísifo e impusiera al irresponsable que ha permitido que la piedra cayera hasta el pie de la ladera la obligación de impulsarla ahora colina arriba, situándolo frente a todas sus contradicciones y falacias una vez que la fiesta del remar con el viento a favor se ha terminado.

Nuestro suplemento MERCADOS explica hoy bien cuales el «regalo envenenado del 9-M». ¿A quién puede apetecerle ganar en una tómbola cuyo premio es«una inflación del 4,3%, morosidad y colas en el Inem»? Para tranquilidad de quienespiensen que se trata de una idea temeraria y masoquista que en definitiva implica apostar por que el destino propine a Zapatero una buena patada en el trasero de todos los españoles, debo añadir que cuando salió el libro de Woodward un portavoz de Pottery Barn se apresuró a aclarar que ellos nunca aplicaban esa regla porque a la larga siempre era mucho más rentable desembarazarse cuanto antes del que hubiera roto la mercancía, dando entrada a un nuevo cliente más respetuoso y responsable, que obligar al patoso a permanecer en la tienda hasta que pagara o reparara el desperfecto. El problema es que no siempre los electores tienen la sabia prudencia de los buenos comerciantes.


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NotaPublicado: Dom Mar 16, 2008 8:27 am 
16 de marzo de 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Nuestro Adlai Stevenson

PEDRO J. RAMIREZ

Cuando pocas semanas antes de las elecciones de 2004 presenté en un artículo a Rajoy como el candidato «mejor preparado» para llegar a La Moncloa -anticipando lo que habría de ser un apoyo en toda regla, idéntico al que EL MUNDO le ha prestado también en 2008-, Zapatero me mandó un correo electrónico, haciéndose el ofendido. Alegaba que me había decantado por su contendiente sin tan siquiera esperar a conocer su programa o escuchar sus propuestas de campaña.
En parte por corresponder al sincero esfuerzo que había hecho desde su llegada a la Secretaría General por normalizar las relaciones entre el PSOE y nuestro periódico y en parte por un afán de precisar y dejar las cosas en su sitio, le contesté que la batalla de las urnas no siempre la ganaba el «mejor preparado». Y le puse como ejemplo el caso de Adlai Stevenson, doble perdedor ante el general Eisenhower en las elecciones del 52 y el 56, sin imaginar hasta qué punto estaba anticipando lo que habría de suceder entre él y Mariano Rajoy.

Miembro de una familia de Illinois cuyo arraigo político en el noroeste se afianzó con la llegada de su abuelo a la Vicepresidencia de los Estados Unidos -el de Rajoy fue prócer de la derecha republicana gallega-, Adlai Stevenson tenía el mejor currículo imaginable para conquistar la Casa Blanca. Como en el caso del líder del PP su cursus honorem le había llevado a adquirir la impagable experiencia de ejercer altos cargos en tres departamentos de la Administración: Agricultura, Marina y Estado. En ninguno de ellos llegó al rango de ministro, pero mientras en Galicia Rajoy no pasó de número dos de la Xunta, él consiguió convertirse en gobernador de Illinois en representación del Partido Demócrata.

No fue el dedazo del presidente saliente Harry Truman el que le designó candidato a la Casa Blanca, pero sí el de la maquinaria del aparato del partido controlada desde Chicago por el boss Jake Arvey. En aquella época las primarias tenían mucha menos importancia para obtener la nominación y era en las habitaciones llenas de humo de la Convención donde los factotum regionales intercambiaban cromos y ponían y quitaban nombres como tratantes de ganado.

El gobernador Stevenson tenía entre sus virtudes un fino sentido de la ironía que a veces le hacía parecer frío y distante ante el gran público y entre sus defectos una cierta tendencia a la indecisión a partir de la cual sus adversarios lo describían como un tipo blando y pusilánime. No le llamaban Maricomplejines, pero por ahí le andaba.

Algunas de las anécdotas que se le atribuían casi parecían el estereotipo de los «chistes de gallegos». Entre la prensa circulaba la especie de que una vez que estaba a punto de intervenir en un acto preguntó si le daba tiempo de pasar por el cuarto de baño y cuando le dijeron que sí, planteó una nueva duda: «Oiga, ¿y usted cree que es necesario que yo vaya al cuarto de baño?». El a su vez se vengaba de quienes difundían episodios como este, explicando que «la labor de la prensa consiste en separar el trigo de la paja... y publicar la paja».

Adlai Stevenson recibió un legado envenenado que incluía el cansancio del electorado por la gestión de los demócratas y el rechazo a una guerra tremendamente impopular que no era la de Irak sino la de Corea. Enfrente se encontró con un Eisenhower con prestigio militar pero sin apenas experiencia política. Quienes pensaban que el avezado profesional con su abrumadora preparación e inagotables conocimientos iba a dejar pronto en evidencia al ingenuo recién llegado se encontraron con la sorpresa de que el artífice del Día D tenía una capacidad natural de conectar con los electores y un inteligente equipo de publicitarios dispuestos a explotar esa empatía. Aunque los atributos del general eran prácticamente los opuestos a los que ahora nos han vendido los estrategas del PSOE -también los tiempos eran muy distintos-, la simplicidad rayana en la tontería de aquel slogan «I like Ike» que de repente se adueñó de la nación es todo un antecedente de la «Zeta de Zapatero» con que hemos sido inmisericordemente flagelados.

El voto femenino y la televisión hicieron el resto. Aunque los debates no llegarían hasta el 60, la pequeña pantalla ya estaba en gran parte de los hogares norteamericanos dando paso a la cultura de la imagen. Mientras Eisenhower -o sea Ike- se dejaba querer por las cámaras con su rostro limpio y sonriente, la prominente calvicie de Stevenson realzaba su aire académico y severo. Muy pronto un columnista republicano le bautizó como el «cabeza de huevo» y con ese mote se quedó para siempre. A Eisenhower le bastaba repetir ideas muy básicas para que la televisión disparara su popularidad, mientras Stevenson se declaraba incómodo ante la mera idea de hablar para un auditorio al que no podía ver y consideraba poco menos que ofensivo que le pidieran que resumiera sus ideas en spots de medio minuto.

Hombre inteligente y perspicaz como pocos, él mismo era consciente de sus grandes dificultades para conseguir que le votara la América profunda. Cuando uno de sus seguidores, elogiando su programa y sus bien argumentados discursos, vaticinó que «cualquiera con dos dedos de frente tendrá que votar por usted», Stevenson no pudo reprimir su ironía desdeñosa y exclamó: «Sí, con todos esos ya cuento... Mi problema es que necesito llegar a la mayoría».

Tratando de contrarrestar esa mala fama de político aristocrático y alejado de la calle su equipo de campaña pretendió hacer de la necesidad virtud, dándole la vuelta a una embarazosa foto que le sacaron en un aeropuerto enseñando un agujero en la suela del zapato. Esa era la prueba, vinieron a decir sus asesores, de que Stevenson no era sino el esforzado hombre corriente que se olvida de todo lo que le concierne personalmente para entregarse a la causa de recorrer el país de punta a punta, desgastando sus zapatos en el polvo del camino en lugar de hacer poses con la uve de la victoria ante los reporteros gráficos. Para su desgracia también eso se le volvió en contra a través de una cascada de bromas fáciles: la campaña de Stevenson estaba tan agujereada como sus zapatos, cómo va a ocuparse del país quien ni siquiera es capaz de cuidar de sus zapatos, este hombre quiere devolvernos a los tiempos de la Gran Depresión en los que no había ni para comprar zapatos... etc, etc.

Siendo un hombre íntegro, bien preparado y cabal al que los suyos adoraban, Stevenson nunca fue capaz de aceptar su propia responsabilidad en las dos derrotas cosechadas. Siempre pensó que en el 52 perdió por el embolado que le había dejado Truman y en el 56 por el súbito empeoramiento de la situación internacional fruto de las simultáneas crisis de Suez y Hungría. Y puesto que sólo esas inesperadas circunstancias le habían impedido llegar a la Casa Blanca, bien podía y debía intentarlo una tercera vez. Cuando, con el apoyo de toda su vieja guardia encabezada por la viuda de Roosevelt, Stevenson se declaró dispuesto a luchar por la nominación también en el 60, todo fueron sonrisas, palmaditas en la espalda y buenas caras pero el stablishment del Partido Demócrata se percató de que tenía un problema.

Con todas las diferencias favorables a los Estados Unidos en lo que a la vida interna de los partidos políticos se refiere, esa misma es la hipocresía que en estos momentos impregna la actualidad del PP. Los mismos dirigentes que en público orquestan el rigodón del cierre de filas en apoyo al líder son los que en privado comentan que Rajoy se ha creído la versión de Arriola y su propio gabinete según la cual hace cuatro años sólo se perdió por el 11-M y sin el atentado de Mondragón del viernes, él habría ganado las elecciones del domingo. Y añaden que aunque es cierto que ahí se pudo ensanchar la distancia en casi un punto, lo que habría que preguntarse es por qué un crimen de ETA ayuda al Gobierno que negoció con la banda engañando a los españoles y no a la oposición a la que el tiempo ha dado trágicamente la razón. Y si la respuesta es que el terrorismo siempre provoca la solidaridad y el cierre de filas en torno al Gobierno que lo padece, entonces la cuestión es por qué eso no fue así en el 2004. Y si al final resulta que entonces y ahora se gestionaron mal las respectivas situaciones y se jugaron de forma errónea las bazas que iba proporcionando el destino, lo que queda es el vértigo de que pueda cumplirse el dicho de que no hay dos sin tres.

Con la misma claridad con que hemos pedido por dos veces el voto para las candidaturas encabezadas por Rajoy, con el mismo respeto hacia el político y aprecio hacia la persona que ha peleado con todas sus fuerzas por buena parte de las ideas que defendemos, EL MUNDO dijo en el editorial publicado el martes -es decir, en el exacto momento adecuado en todo proceso democrático- que a nuestro entender lo más conveniente para las expectativas del PP y para los intereses de sus electores y por lo tanto de casi la mitad de la sociedad española era afrontar la renovación de su imagen, su estrategia y su liderazgo.

También nosotros somos «previsibles» en lo que atañe a las formas de la democracia. Es la misma tesis del artículo El hombre que sólo tenía una bala, publicado en esta misma página el 3 de octubre de 2004 con ocasión de la clausura del Congreso que ratificó el designio sucesorio de Aznar: «O el que hoy será coronado nuevo presidente del PP gana las próximas elecciones generales, o ya puede ir quitándole el polvo al Registro de la Propiedad de Santa Pola».

No lo hemos planteado ni con ningún propósito de jugar el papel de king makers, ni en apoyo de ninguna alternativa concreta. Proponíamos un Congreso abierto a los distintos aspirantes, conocidos o no, y una decisión democrática de las bases como la que tan óptimo resultado le proporcionó al PSOE en el 2000. El reflejo defensivo verbalizado por Gallardón durante el Comité Ejecutivo del día siguiente, alegando que el rumbo del partido no debía marcarse «desde fuera» -como si tuviera importancia quién es el primero en decir en voz alta lo que tantos piensan-, sólo es una prueba más de hasta dónde puede llegar la endogamia de una organización que se proclama abierta a la sociedad pero en la que todo fluye de arriba hacia abajo y nada de abajo hacia arriba.

En todo caso lo esencial no es eso, sino los argumentos esgrimidos por Rajoy para alegar que «lo mejor para España y para el PP» es que él continúe en el cargo, él vuelva a ser por tercera vez candidato a La Moncloa y no haya por lo tanto más renovación durante estos cuatro años que la que él mismo pilote. Dejando al margen tanto el elemento providencialista como el espejismo de que será ahora cuando pueda formar su «propio equipo», como si después de haber sido rehén de Aznar en el 2004, lo hubiera sido de Acebes y Zaplana en el 2008, lo que de verdad queda es la comparación con el tercer y el cuarto presidentes de la democracia.

Es verdad que González también perdió dos veces antes de llegar a La Moncloa, pero entre su primera derrota (julio del 77) y la fecha de su elección (octubre del 82) sólo transcurrieron cinco años y tres meses. Tras la segunda derrota, a pesar de que había dejado tambaleándose a Adolfo Suárez, González echó un órdago de tal calibre al statu quo de su propio partido que perdió un Congreso y abandonó temporalmente el cargo. Sólo tras esa catarsis convenció a los españoles de que el viejo socialismo marxista había sido sustituido por un proyecto adecuado para el cambio sin riesgos.

Es verdad que Aznar también perdió dos veces antes de llegar a La Moncloa, pero entre su primera derrota (octubre de 1989) y su amarga pero determinante victoria (marzo de 1996) sólo transcurrieron seis años y cinco meses. A diferencia de lo que ha ocurrido ahora su segundo asalto al poder se saldó en el 93 con una reducción en nada menos que 50 escaños -34 que ganó el PP, 16 que perdió el PSOE- de la distancia que le separaba de un González que se quedó, acosado por la sombra de la corrupción y el crimen de Estado, con sólo 159 diputados, a expensas de lo que todos percibíamos como una corta legislatura de transición.

Nada de esto sucede en la actualidad, pues el avance del PP ha sido tan exiguo como estéril. Vayan como vayan la economía, la lucha antiterrorista o los conflictos territoriales, Zapatero no va a tener problema alguno para llegar a 2012. Tiene margen pues para remontar cualquier escenario que con otro resultado electoral le pondría contra las cuerdas. De ahí que el único horizonte atractivo que les quedaba a los populares para estos cuatro años fuera la apertura de un decidido proceso de renovación, orientado a ampliar su base social con el objetivo de pelear no por una apurada victoria supeditada una vez más a CiU y al PNV, sino a conquistar algo parecido a la mayoría absoluta del 2000 para poder entrar en el fondo de los problemas que afectan a las reglas del juego del sistema constitucional.

Eso es lo que Rajoy acaba de zanjar de plano, abocándonos a una legislatura en la que la impotencia ante la ocupación de las instituciones por el PSOE y sus socios -ya verán lo que va a ocurrir con la Justicia- ni siquiera podrá encontrar el alivio de la ilusión en torno al proceso de germinación de una nueva alternativa. No le arriendo la ganancia a medida que su electorado vaya descubriendo que sólo le quedará aquietarse o recurrir al pataleo.

El Partido Demócrata impidió en 1960 a Adlai Stevenson intentarlo por tercera vez, decantándose por el ticket Kennedy-Johnson -fruto del inesperado pacto entre los dos principales aspirantes a la sucesión- que a la postre recuperó el poder. Nadie puede descartar que en el PP pueda ocurrir algo parecido hacia mitad de legislatura, pero quien lo intente siempre deberá hacer frente, además de a los obstáculos naturales que impiden el progreso de las cosas, a la actitud retadora de la briosa diputada que con los brazos en jarras y lo suficientemente alto como para que se la oyera lo más posible, defendía poco antes del inicio del Comité Ejecutivo del martes a su santo y su limosna, poniendo en su sitio a la figura percibida como una amenaza para la economía familiar: «Esa es una hija de puta y a ver si tiene ahora cojones para presentarse». En fin que, como bien ha dicho, el propio Rajoy, señoras y señores, «esto es lo que hay». La próxima semana, hablaremos del Gobierno.


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NotaPublicado: Dom Mar 30, 2008 8:07 am 
30 de marzo de 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Ruiz versus Jiménez

PEDRO J. RAMIREZ

Lo que el político arrogante no pudo soportar fue que el periodista impertinente dijera que anteponía su carrera política al sufrimiento de las víctimas y que por eso prefería sepultar la verdad a averiguarla, pasar página antes que leer hasta el final el libro del horror. Aquello era un intolerable ataque a su honor, una ofensa a su dignidad que no podía quedar impune. Por muy alto cargo público que fuera, había cosas que no estaba dispuesto a tolerar; y menos por parte de un individuo así. Acusarle a él de medrar sobre los cadáveres de los inocentes, insensible a todo dolor, ajeno a la trascendencia histórica del drama, era traspasar todos los límites. Lo ocurrido merecía un escarmiento. Acudió a los tribunales y, como no podía ser menos, el ministerio público se puso de su parte. Las leyes de su país no le permitían meter en la cárcel a aquel deslenguado, pero sí ponerle en la picota pública y dejarle marcado para siempre con una condena firme por injurias graves.

No estoy refiriéndome a la querella interpuesta por Alberto Ruiz-Gallardón contra Federico Jiménez Losantos por haberle afeado con durísimos reproches su actitud ante la investigación de la masacre del 11-M, sino a la que el canciller austriaco Bruno Kreisky presentó hace más de 30 años contra el redactor jefe de la revista Profil, Peter Michael Lingens, por haberle acusado con acritud y saña de encubrir el pasado nazi de su potencial aliado el líder del Partido Liberal, Friedrich Peter, y por ende de soslayar la gravedad del Holocausto en beneficio de su juego de poder.

Aunque en España se aguarde con gran expectación el que lleva camino de ser el juicio del año, nunca hay nada nuevo bajo el sol. No sólo los hechos que dan pie al contexto político en el que se produce el ataque a la yugular del divo -una convocatoria en pro de la verdad del 11-M de la que Gallardón se distancia; una denuncia contra su colega del cazanazis Simon Wiesenthal que Kreisky trata de desacreditar- componen situaciones siamesas. No sólo la argumentación del atrevido transgresor de la docilidad informativa y la corrección política es también prácticamente simétrica en uno y otro caso. Ocurre que incluso las palabras ofensivamente «innecesarias», según los respectivos tribunales nacionales, son casi idénticas.

Donde Lingens puso «odioso oportunismo», Jiménez Losantos ha puesto «farsante redomado». Donde el austriaco dijo «monstruoso», «indigno» e «inmoral», el turolense ha dicho «miserable», «traidor» y también «inmoral». A este paso el alcalde de Madrid va a terminar haciendo al director de La Mañana de la Cope tan famoso en la historia del Derecho a la Información como le ocurrió al extrovertido canciller amigo de Felipe González con el periodista al que pretendía machacar.

Tanto el Tribunal Regional como el Tribunal de Apelación de Viena condenaron a Lingens en base a dos argumentos que han hecho ya suyos contra Jiménez Losantos tanto la Fiscalía de Madrid como la Sala de la Audiencia Provincial que ha convalidado la decisión de abrir el juicio oral señalado para el próximo 28 de mayo. En primer lugar, las expresiones empleadas son objetivamente ofensivas y desbordan los límites de la libertad de expresión. En segundo lugar, no cabe alegar la exceptio veritatis pues tanto Kreisky como Gallardón se cuidaron muy mucho de que sus palabras no tuvieran una interpretación tan unívoca y rotunda como sus respectivos fustigadores les dieron. En mi ánimo no había algo tan terrible como lo que buscando difamarme me atribuyen, ¿cómo voy a poner yo, que soy un hombre de Estado, la ambición de poder por encima de la memoria de los sacrificados por la barbarie?, vienen a alegar a dúo los dos avezados bucaneros de colmillo retorcido.

Y es que, claro, lo que Lingens escribió sobre sus frías cuartillas era verdaderamente fuerte: «Han pasado los tiempos en los que por razones políticas no sólo se debía tener en cuenta a los nazis, sino también a sus víctimas». Y es que, claro, lo que Jiménez Losantos dijo en el calor de los micrófonos era verdaderamente fuerte: «Tú lo que estás diciendo, alcalde, es que te da igual que haya 200 muertos... con tal de llegar al poder».

Total, que condena pecuniaria al canto. A Lingens le impusieron una multa de 20.000 chelines austriacos que al cambio de la época no deben de andar muy lejos de los 72.000 euros que pide la Fiscalía a Jiménez Losantos. También le obligaron a publicar la sentencia que es con lo que sueña Gallardón: levantarse una mañana y escuchar a su pertinaz azote entonando el mea culpa por prescripción judicial.

Pero, ojo, porque de Viena nos vamos a Estrasburgo. Aunque en nuestro caso ni siquiera se ha celebrado aún el juicio en la primera instancia, pensando en el supuesto de que la juez encargada de dictar sentencia coincida con la Fiscalía -y con el criterio anticipado por la Audiencia- y que el Supremo y el Constitucional llegaran a avalar la pretensión punitiva de Gallardón, conviene advertir que los argumentos que invoca la letrada Cristina Peña en defensa de Jiménez Losantos también son idénticos a los que esgrimió la representación de Lingens ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Como la de su colega austriaco, la reacción de Losantos tampoco se produjo en el vacío. El sentido de la intervención del alcalde de Madrid, que desencadenó su diatriba, quedó nítidamente reflejado en el titular del Abc del día: «Ruiz-Gallardón invita a su partido a obviar el 11-M y huir de la radicalización». Es evidente que asociar el radicalismo al afán por esclarecer la masacre de Madrid suponía una disonancia, una separación y por ende una «deslealtad» y una «traición» política a la línea pública que entonces seguía el PP. Y también lo es que esa conducta quedaba potenciada y realzada por la «intrahistoria» de quien siempre se ha jactado de ser un «verso suelto».

Lo que, por lo tanto, se pretende demostrar citando como testigos a Esperanza Aguirre, Acebes y Zaplana o a los directores de EL MUNDO y La Razón es que esas «críticas duras y ásperas» encajaban a la perfección en el relato veraz de lo sucedido y que, por «gruesas o hirientes» que pudieran parecer fuera de contexto, las expresiones empleadas se convertían en «necesarias por estar conectadas con los hechos que las justificaban». ¿O es que acaso no debe ser lícito, más allá de las normas de estilo que libremente se aplique cada uno, llamar «farsante redomado» a quien, tras realizar las aludidas declaraciones, acudió como si tal cosa a la manifestación convocada por la AVT que tenía entre sus lemas la exigencia de la verdad del 11-M? Farsante es, según el diccionario, «la persona que finge lo que no siente o pretende pasar por lo que no es».

La sentencia finalmente absolutoria -e indemnizatoria- del caso Lingens dio por buenos estos argumentos porque «la libertad de expresión es uno de los principales fundamentos de la sociedad democrática y una de las condiciones más importantes para su progreso» y «no se aplica solamente a las informaciones o ideas que se reciben favorablemente, sino también a las que ofenden, hieren o molestan» porque «la libertad de las controversias políticas pertenece al corazón mismo del concepto de sociedad democrática» y «una condena así amenaza disuadir a los periodistas de participar en la discusión pública de cuestiones que interesan a la vida de la sociedad».

Glosando esta histórica resolución, suscrita unánimemente en julio de 1986 por una veintena de jueces de otros tantos países, el premio Pulitzer y durante más de 30 años columnista de The New York Times Anthony Lewis, acaba de poner el énfasis en esa libertad para «ofender, herir o molestar». El la vincula en concreto a la jurisprudencia del legendario magistrado del Tribunal Supremo norteamericano Oliver Wendell Holmes, el hombre que actualizó la volteriana defensa a ultranza del derecho de expresión de las opiniones ajenas, proclamando la «libertad para las ideas que detestamos».

Con este título -Freedom for the thought that we hate- Lewis acaba de publicar un libro maravilloso en el que narra la lucha por la libertad de expresión en los Estados Unidos, a través de la evolución de la interpretación judicial de la Primera Enmienda, que en su literalidad se limita a establecer que el Congreso no promulgará ninguna ley que restrinja la labor de la prensa. Desde la Sedition Act, que permitía meter en la cárcel a los que criticaran al presidente, hasta la actual situación en la que -oído cocina- «en las tertulias de la radio, totalmente abiertas y a menudo poco rigurosas, se puede decir prácticamente cualquier cosa sobre una persona pública sin miedo a tener que indemnizarle», se ha producido una mutación jurisprudencial, cincelada por la sensibilidad de grandes magistrados hacia las ideas básicas de la democracia.

Es emocionante repasar cómo el juez Holmes aplicó su criterio permisivo en 1929 al caso de una inmigrante pacifista que se negaba a cumplir el requisito de comprometerse a defender con las armas a los Estados Unidos para adquirir la ciudadanía; y cómo lo hizo frente a las presiones no sólo de otros miembros del Tribunal, sino de su propia esposa.

Es emocionante leer la sentencia del célebre pleito «Sullivan versus The New York Times», redactada por el juez Brennan: «Consideramos este caso en el contexto de un profundo compromiso nacional con el principio de que el debate sobre asuntos públicos debe ser desinhibido, robusto y completamente abierto y que puede muy bien incluir ataques vehementes, cáusticos y a veces desagradablemente hirientes hacia el gobierno y los cargos públicos».

Y es emocionante sobre todo la anécdota que Lewis atribuye a Fred Friendly, el productor, ángel guardián y amigo del alma de Edward Murrow, coprotagonista de la película de la que Zapatero tomó prestado su «buenas noches y... buena suerte» con tanta naturalidad que cualquiera diría que no había hecho otra cosa en toda su vida más que despedirse al final del telediario.

Resulta que Friendly había escrito un libro sobre el primer caso -«Near versus Minnesota»- en el que el Tribunal Supremo había derogado en 1927 una ley estatal por considerarla contraria a la Primera Enmienda. Esa decisión había implicado además la reapertura de un semanario de Minneapolis llamado Saturday Press que había sido clausurado por orden judicial después de que su propietario y director, Jay M. Near, lo utilizara para difundir sus virulentas ideas antisemitas y acusar a las autoridades locales de estar en connivencia con la mafia judía.

Pues bien, unos cuantos años después Friendly coincidió en el patronato de la Fundación Ford con el consejero delegado del grupo Du Pont, Irving Shapiro, quien, ante su asombro, le dijo que él había conocido a Jay Near. Le contó que su padre tenía una pequeña lavandería en Minneapolis y que cuando se negó a pagar la protección de una banda de gánsteres, le regaron con ácido corrosivo la ropa que había en la tienda. El pequeño Irving lo vio todo desde el cuarto trasero y recordaba muy bien lo que pasó después: «Ninguno de los periódicos locales más respetables dijo nada sobre lo ocurrido. Pero vino el señor Near, publicó la noticia y los gánsteres fueron procesados». La historia demuestra que si se trata de impulsar la calidad de vida democrática de una sociedad no hay mayor valor constitucional a proteger que el pluralismo y el derecho a disentir bajo las formas pacíficas más extremas. Aunque probablemente las hubiera expresado de otra forma -cada maestrillo tiene su librillo-, yo no sólo no detesto las ideas de Jiménez Losantos, sino que en este caso me siento además en cierto modo corresponsable de su brote de indignación contra Gallardón pues fue mi reflexión, comparando su conducta con la de Giuliani y alegando que si alguien no podía desentenderse de la investigación de una masacre era el alcalde de la ciudad en la que se había cometido, lo que le puso en el disparadero.

Pero lo esencial en este debate no es quién tenga razón o si el pasarse de frenada en las formas puede a veces hacer perderla a los ojos de los demás a quien la tiene, sino cuál va a ser el rumbo que en materia de libertad de expresión adoptará la sociedad española. Por eso será tan importante observar de qué lado irán decantándose aquellos sedicentes demócratas que sí que detestan -y están en su derecho- no sólo las ideas y el estilo, sino también la actitud desacomplejada, valientemente subjetiva, apasionadamente parcial e inevitablemente partisana con que Jiménez Losantos tiene en vilo cada mañana con su brillante erudición a nuestra clase dirigente. Sus juicios de valor podrán ser exagerados, injustos o incluso, como digo, detestables, pero en ningún caso delictivos.

Sólo un inesperado rasgo de lucidez in extremis del querellante podría ahorrar al PP el trauma de ver reproducidas sus disensiones en el juzgado y a todos nosotros el riesgo de una condena con visos de escarmiento hacia el único estamento -la prensa- que el poder político no ha podido aún terminar de domesticar. No es el huevo -la Cope no va a quebrar por esa multa- sino el fuero lo que está en cuestión. Máxime cuando al final siempre nos quedará Estrasburgo con la inequívoca jurisprudencia del caso Lingens.

Vistas las cosas desde la otra orilla, qué triste sino sería para un fiscal de carrera pasar a la historia del Derecho, cuando de las vanidades de cada uno ya no queden ni los segundos apellidos, como un tal Ruiz que con ayuda del más politizado ministerio público que se recuerda -«Cándido, malo»- trató en vano de amordazar a un tal Jiménez. Se lo he dicho en privado al menos en media docena de ocasiones y se lo digo ahora por primera vez en público: señor alcalde, si cree de verdad en la libertad de expresión, retire la querella.


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NotaPublicado: Dom Abr 20, 2008 10:15 am 
20 de abril de 2008

CARTA DEL DIRECTOR

'La fille du régiment'

PEDRO J. RAMIREZ

"Rataplan, rataplan!/ En avant, en avant/ C'est le refrain du régiment!..."

Soy plenamente consciente de que los cabezas abolladas del nuevo integrismo igualitario me tacharán de machista, pero como director de un diario presidido por Carmen Iglesias, que ha elegido a Fernández de la Vega Personaje del Año y que con tanta frecuencia aplaude lo que dicen, hacen y significan Esperanza Aguirre en el PP y Rosa Aguilar en Izquierda Unida, bien puedo permitirme el rasgo de sinceridad de explicar que a lo que más me recordó el momento en que Carme Chacón y su nasciturus pasaron revista a las tropas durante su toma de posesión como ministra de Defensa fue a algunas de las escenas de la ópera de Gaetano Donizetti La fille du régiment.

"Rataplan, rataplan! Vive la guerre et ses alarmes! Et la victoire et ses combats!..."

Y no sólo porque a la inteligente y dinámica diputada socialista catalana puedan intuírsele dotes naturales de liderazgo muy parecidas a las que convierten a la cantinera Marie en la verdadera capitana de un regimiento napoleónico integrado por hombres que podrían ser sus padres. Reconozco que la estampa del patio del ministerio con sus redobles de tambor, su banda de música y sus alardes marciales evocó inmediatamente en mi retina las escenas en las que la joven vivandera hace desfilar a sus supuestos protectores al son que ella marca, en una sugestiva inversión de papeles. Pero mucho más determinante para que cristalizara el paralelismo ha sido la conciencia de que en uno y otro caso lo insólito, simpático y extravagante de una trama muy elemental sirve de pretexto para una operación de gran calado destinada nada menos que a redefinir el patriotismo y la defensa nacional.

"Rataplan, rataplan! Salut à la France! A ses beaux jours! A l'espérance! A nos amours! Salut à la gloire! Salut à la France!..."

Cuando Donizetti llegó a París en 1840 la experiencia de Luis Felipe como Rey Ciudadano estaba en su apogeo. En menos de medio siglo Francia había pasado por todos los traumas políticos imaginables, temblando de espanto bajo el Terror, conociendo la más frívola corrupción bajo el Directorio, soñando y desangrándose con el Primer Imperio, dando marcha atrás con Luis XVIII y viviendo una patética involución bajo su hermano menor Carlos X. La llamada Monarquía de Julio, fruto de una revolución relativamente incruenta que Thiers y otros burgueses liberales encauzaron con habilidad al desplazar la corona del último Borbón a las sienes de su primo Orleáns, trataba de cuadrar el círculo entre tradición y modernidad. El resultado fue la primera monarquía republicana del continente y un esfuerzo de propaganda basado en reivindicar los triunfos napoleónicos como una especie de patrimonio nacional, desvinculado tanto de la megalomanía de su protagonista como, por supuesto, de sus raíces jacobinas.

En ese contexto, y ante el estupor de Hector Berliotz y otros grandes compositores franceses del momento, fue el italiano Donizetti quien se llevó el gato de la expresión artística al agua de los nuevos sentimientos oficiales. Mientras Luis Felipe culminaba la repatriación desde la remota Santa Elena de las cenizas de Napoleón para depositarlas en el Panteón, La fille du régiment provocaba noche tras noche la apoteosis de una manera innovadora de sentirse francés, visualizada a través de la conversión del joven tirolés Tonio a los ideales de las tropas ocupantes, como fruto de su amor por Marie.

"Rataplan, rataplan!... Ah! mes amis quel jour de fête! Je vais marcher sous vos

[drapeaux

L'amour qui m'a tourné la tête Désormais me rend un héros"


Todo un antecedente, en definitiva, de lo que representa la magnética escena de Casablanca en la que el líder de la resistencia checa Victor Laszlo -interpretado por el actor austriaco Paul Henried- es el más entusiasta al entonar La Marsellesa en el Café de Rick, embutido en su impecable traje blanco, ante la subyugadora mirada acuosa de Ilsa. No es de extrañar que durante la II Guerra Mundial De Gaulle asistiera a una representación de La fille du régiment en la que, coincidiendo con el momento de máximo fervor patriótico, Marie exhibió el estandarte de la Francia Libre con su Cruz de Lorena incorporada. Y no es de extrañar tampoco que más de un purista se escandalizara cuando en el, por otra parte excelente, montaje reciente del español Emilio Sagi, la acción se situaba en los meses posteriores al desembarco de Normandía y los soldados franceses se convertían en una compañía de infantes de marina norteamericanos.

El mensaje que Zapatero ha querido transmitir con el nombramiento de Carme Chacón, muy en línea con ese discurso de investidura en el que mencionó más de medio centenar de veces la palabra «España», es una refutación radical de lo que durante la pasada legislatura le ha dicho la oposición y le hemos dicho unos cuantos periodistas: no es que él no tenga una idea de la Nación, sino que la idea que él tiene de la Nación es muy diferente de la que se ha ido acuñando generación tras generación; no es que él no sienta el patriotismo, sino que él siente el patriotismo de forma distinta a lo hasta ahora habitual. Esa es su respuesta.

Sus dos grandes referencias son la legitimación que confieren las urnas como única fuente de soberanía -el que ha ganado las elecciones puede hacer lo que le dé la gana dentro de la legalidad- y el desarrollo caprichoso y selectivo de los valores constitucionales, de forma que aquellos derechos civiles cuyo ejercicio más puede molestar a la España tradicional se convierten en sustanciales y aquéllos cuya aplicación incomoda a la vigente alianza entre la izquierda y los nacionalistas pasan a ser amortizables. De ahí que para él formar Gobierno haya sido un ejercicio de pedagogía, otros lo hayan visto como un alarde de provocación y yo atisbe en el resultado algunos rasgos de confiada prepotencia.

Aunque ha encajado su segunda victoria con mucho más realismo y serenidad de la que exhibió Aznar tras su mayoría absoluta, e incluso ha asegurado a sus próximos que ha entendido el mensaje del 9-M como una reválida de la confianza popular condicionada a introducir rectificaciones en el contenido de su acción de Gobierno, hay tentaciones en las que Zapatero nunca logrará evitar caer. La principal, la del más difícil todavía. La constitución del nuevo Gobierno tenía para él un irresistible componente de empeño circense en el que lo esencial no era garantizar la solvencia de la empresa ni el buen funcionamiento de las instalaciones, sino captar la atención del personal demostrando mayor capacidad de innovación y sentido del riesgo que nunca.

Fue, al parecer, observando la firmeza exenta de aspavientos con que la Vicepresidenta Primera del Congreso Carme Chacón dirigía los debates parlamentarios en el ecuador de la pasada legislatura, cada vez que se ausentaba Manuel Marín, cuando Zapatero decidió que aquella chica sería su trapecista estrella. A la vista de lo ocurrido, cualquiera diría incluso que su breve paso por el Ministerio de la Vivienda no fue sino una manera de dotarla de la mínima hoja de servicios imprescindible para este ascenso al generalato.

A los ojos del presidente, Chacón reúne todos los ingredientes para convertirse en mascarón de proa de un segundo mandato en el que pretende recoger velas respecto a algunos derrapes centrífugos del primero. Un Zapatero mucho más maduro y asentado aspira a que su segundo y tal vez último periodo en La Moncloa deje un legado de mayor cohesión nacional, filtrando -eso sí- este concepto por el cedazo de sus fantasías en materia de ingeniería social.

Que una pacifista catalana, capaz de hablar del amor a España con el mismo aire impasible con que hace año y medio flanqueó al joven compañero del PSC que exaltaba la conducta de aquel saltimbanqui que había dirigido los más soeces insultos imaginables contra ella, tenga bajo su mando a unos ejércitos cuya cúpula aún salió de las academias del franquismo es la señal más elocuente de cómo, cambiando la fisonomía del poder, Zapatero pretende nada menos que transformar las entrañas de la sociedad. No la ha elegido porque estuviera embarazada, pero ha acogido esa circunstancia no como una contraindicación práctica, ni siquiera como una complicación logística que ella misma acaba de refutar parcialmente con sus rápidos reflejos al viajar a Afganistán, sino como un regalo del destino de deslumbrante poder iconográfico.

Al parecer el presidente siente una gran satisfacción ante los informes que le indican que generales y almirantes han recibido a la ministra primeriza con una mezcla de galante simpatía y sentimiento protector que sin duda alcanzará su apogeo cuando la nueva criatura se convierta en una especie de grande fille -o, por lo que cuentan, más bien grandfils- du régiment. Sólo de imaginar el previsible rebullir de gorras de plato y bocamangas con estrellas en los pasillos del hospital durante la nerviosa espera del feliz alumbramiento de la señora de Barroso deben de estar combándosele las cejas de placer al Mandrake leonés. Máxime si, como yo creo, tiene la mirada ya puesta en ese segundo acto en el que la tierna cantinera se transfigurará en firme capitana de tan paternales veteranos; y, al pasar por dicho aro, nuestras Fuerzas Armadas ejercerán de nazareno colectivo en la redención expiatoria de todos nuestros pecados de machismo. ¡Al fin, el varón domado y con las correspondientes salvas de ordenanza!

También a Donizetti y a Luis Felipe de Orleáns les fascinaba el riesgo. El compositor de Bérgamo convirtió la interpretación de los papeles clave de su elementalísima trama en el más arduo de los envites para sus intérpretes. Especialmente en el caso del personaje de Tonio -perfecta encarnación de la subyugación zapateril ante el magnetismo femenino- a quien endilgó un aria con nada menos que nueve do de pecho consecutivos para enfatizar así la fuerza musical y dramática del momento de su conversión a la causa.

"Rataplan, rataplan!... Ah! quel bonheur, oui, mes

[amis Je vais marcher sous vos

[drapeaux!... Et j'ai sa main! Jour prospère! Me voici Militaire et mari!... Militaire et mari!... Militaire et mari!...".


El más celebre de los grandes «militares y maridos» que pasaron con éxito esa prueba de fuego en la historia de la ópera ha sido sin duda Luciano Pavarotti, quien en la legendaria noche del 17 de febrero de 1972 tuvo que salir 17 veces al escenario del Metropolitan a recibir la rendida ovación del público tras ejecutar con impecable limpieza esos nueve sobreagudos. Tampoco está nada mal el mucho más cercano logro de Juan Diego Flórez, que el 20 de febrero del año pasado interpretó con tanta emoción y perfección técnica esa aria que el público de La Scala rompió 74 años de elegante continencia, obligándole a realizar un memorable bis.

Muchas otras reputaciones han quedado, sin embargo, destruidas en el intento, e incluso hay quien habla de «tenores italianos que esputaban sangre al intentar dar la nota». El compositor y crítico británico Robert Hugill explica que, al tratarse de una ópera en la que todo parece tan simple, existe el peligro de que en el momento en que aparecen las grandes dificultades de fondo «el director y los cantantes caigan en la tentación de sobreactuar», cruzando así la tenue barrera que separa lo sublime de lo grotesco.

En cuanto a Luis Felipe, tanto fue el cántaro de esa monarquía republicana a la fuente de sus contradicciones que los franceses terminaron dividiéndose entre aquellos monárquicos que respaldaron el advenimiento en clave de farsa de Napoleón III y aquellos republicanos que aguardaron al desastre de Sedán para restablecer la que hasta el día de la fecha viene siendo su forma de Gobierno. El historiador François Furet ha dejado escrito el epitafio de aquel régimen obsesionado por el escaparate: «Esa monarquía bastarda nunca encontró su verdadera base nacional: era demasiado monárquica para ser republicana y demasiado republicana para ser monárquica».

Mutatis mutandis, lo del patriotismo accidentalista es muy bonito, pero está por ver que funcione. Y como sostiene un profundo conocedor del Ministerio de Defensa, «aquí hace falta creerse lo que uno dice, porque el caballo se da cuenta enseguida de si el jinete sabe montar o no». Lo cual es perfectamente compatible con que el redoble del tambor siempre parezca sonar de la misma manera.

"Rataplan, rataplan!"


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NotaPublicado: Dom Jun 08, 2008 8:08 am 
8 de junio de 2008

CARTA DEL DIRECTOR

El mosquito y el elefante

PEDRO J. RAMIREZ

Desde que el jueves 22 de mayo dije a micrófono abierto que Rajoy se estaba haciendo acreedor a una versión especial del título de «tonto contemporáneo» y que se estaba comportando como un «antropófago político», con el «infantilismo» de un «tiranuelo» y como un líder «inepto», no he dejado de arrepentirme ni un solo día de haberlo hecho. Es cierto que aquella mañana estaba especialmente irritado tras haber coincidido la reveladora detención del que fuera alcalde de Mondragón cuando asesinaron a López de Lacalle -de repente encajaban todas las piezas del rompecabezas de la infamia que nos tocó vivir hace ocho años en aquel pueblo envenenado por el fanatismo más vil- con la consumación de la ruptura entre el presidente del PP y María San Gil. ¿Cómo se podía dar la espalda en un frío desayuno a quien durante tanto tiempo había encarnado la dignidad de la España democrática en la más dura trinchera imaginable? ¿Cómo se podía despedir con un gélido «piénsatelo» a quien hasta el último día de su vida seguirá sintiendo sobre su piel la sangre salpicada a su lado por el más cordial y entrañable de nuestros mártires?

Pero explicarse no es justificarse. El Libro de Estilo de EL MUNDO proscribe los insultos. Siempre que alguien ha recurrido en un debate a las descalificaciones personales yo he tratado de dejarle en evidencia con la mejor de las sonrisas. Incluso en la propia entrevista río que le hice a Rajoy al borde del inicio de la campaña le pregunté en tono reprobatorio si no fue un error llamar «bobo solemne» a Zapatero y una auténtica pasada acusarle de «traicionar a los muertos». El contextualizó sus expresiones como yo acabo de hacerlo ahora. Pero por muy acalorada que resultara aquella tertulia, mi obligación era predicar con el ejemplo continencia y estoicismo e hice lo contrario. Seguro que tengo unos cuantos pecados más que redimir, pero al menos en relación a éste creo que debo una pública disculpa al presidente del PP y así se la transmito con la misma notoriedad que alcanzó la ofensa.

No trato solamente de liberarme así de un incómodo ataque de mala conciencia, fruto seguramente del concepto de culpa arraigado en la educación de los colegios religiosos de la España de provincias, sino también de recuperar ante mí mismo y ante los demás el sentido de la ecuanimidad imprescindible para seguir interviniendo con brío en un debate de tanta trascendencia como el que afecta al futuro del PP. Es cierto que, como Juan Costa, Gabriel Elorriaga, Carlos Aragonés o la propia María San Gil, yo también he perdido la confianza en el liderazgo de Rajoy, pero eso no significa que tenga nada personal contra él, hombre correcto y amable donde los haya. E incluso si lo tuviera, quedaría en absoluto segundo plano ante la enormidad de lo que aquí se dirime. No se trata de Mariano sí o Mariano no, sino de democracia sí o democracia no.

Cuando hace 170 años Alexis de Tocqueville fue enviado por la Monarquía de Luis Felipe a estudiar el sistema penal de los Estados Unidos y volvió con una de las más brillantes producciones literarias de la historia de la ciencia política -La democracia en América-, lo que más le impresionó de todo cuanto vio en aquel gran país emergente fue el funcionamiento de los partidos políticos.

Hay que ponerse en la piel de un francés de comienzos del XIX, marcado por la memoria de lo que ocurrió durante la Revolución entre la Gironda y la Montaña, para entender el prejuicio del que partía: «No se puede disimular que la libertad ilimitada en materia de asociación es, de todas las libertades, la última que puede soportar un pueblo. Si no le hace caer en la anarquía, le hace, por así decir, rozarla en cada instante».

Sin embargo, Tocqueville había viajado por toda Norteamérica con los ojos bien abiertos y añadió su primera observación como agudo entomólogo: «No obstante, esta libertad, tan peligrosa, ofrece garantías en un aspecto: en los países donde las asociaciones son libres, las sociedades secretas son desconocidas. En América hay facciosos, pero no conspiradores».

¡Qué certera perspectiva para resumir las dos culturas políticas decimonónicas a uno y otro lado del Atlántico! «Para los europeos, una asociación es un ejército. En ella se habla para enumerarse y darse ánimos y a continuación se marcha sobre el enemigo... En América el propósito de los asociados es someter a discusión y descubrir de esta forma los argumentos más apropiados para impresionar a la mayoría».

Esta diferencia de intenciones provoca también una clara divergencia en su funcionamiento. A las asociaciones europeas «se las ve centralizar todo lo posible la dirección de sus fuerzas y poner el poder de todos en manos de un número muy reducido» de forma que «a menudo reina en su seno una tiranía más insoportable que la que se ejerce en la sociedad en nombre del gobierno al que se ataca». En cambio, «los americanos también han establecido un gobierno en el seno de las asociaciones, pero es, si puedo decirlo así, un gobierno civil en el que la independencia individual tiene su sitio: todos los hombres marchan a un tiempo hacia un mismo fin, pero nadie está obligado a marchar del mismo modo por las mismas vías».

¿Acaso no son éstas las raíces y éstos los antecedentes de la distancia sideral que ahora media entre unas vibrantes elecciones primarias en las que a lo largo de seis meses han participado más de 50 millones de norteamericanos y el lúgubre desfile de compromisarios-avalistas del PP, camino del altar de las ofrendas valenciano con el respaldo de unos escuálidos miles de personas que apenas suman el 3% de la militancia? El gran partido español de centro derecha puede jactarse, pues, de ser muy europeo en sus hábitos y costumbres; pero europeo del siglo XIX porque ahora en Francia, Alemania o Inglaterra es la democracia «a la americana» la que impregna ya la vida de sus principales formaciones. Así es como ha surgido esa esperanza llamada David Cameron, tras el voto directo de 200.000 afiliados. He aquí la explicación, sensu contrario, de por qué la saga-fuga del PP es tal vivero de «conspiradores» al modo de los masones, rosacruces o carbonarios: no hay cauces legales ni mucho menos reales para dirimir abiertamente las diferencias entre las «facciones» que de forma natural engendra todo partido.

Sólo el día en que Gallardón y Esperanza Aguirre -las dos figuras más dotadas para el liderazgo mientras no regrese Rato- hayan resuelto su pugna mediante un proceso de primarias en el que los militantes participen de forma masiva estarán en condiciones de darse cuenta de lo mucho que se necesitan mutuamente para configurar una mayoría social como alternativa a la que aglutina Zapatero. La otra noche cuando Hillary se declaró dispuesta a formar ticket con Obama -tal y como, según el último sondeo, desea la mayoría de los demócratas- tanto el alcalde de Madrid desde Atenas como la presidenta de la Comunidad dieron un respingo. De repente la más cruenta pugna fratricida podía terminar en reconciliación al servicio de un proyecto compartido. «La cuestión es saber quién es aquí Obama», comentó certeramente Aguirre. Y eso sólo lo pueden determinar las urnas.

Lo único bueno que puede salir ya del Congreso de Valencia es la convocatoria bajo reglas democráticas de uno nuevo en el plazo de tiempo más breve posible. La segura victoria de Rajoy tanto si compite con la atractiva candidatura testimonial de Juan Costa como si -más probablemente- lo hace sólo con el vacío de su propia sombra servirá únicamente para abrir, como diagnosticó durante la catártica Ejecutiva del lunes Carlos Aragonés, una etapa de «provisionalidad». La mayor ventaja de trasladar la capacidad de decisión a las bases en un proceso sin trampa ni cartón no es que otorgue una enorme legitimidad al ganador, sino que permite al perdedor o perdedores colaborar con él e integrarse en el proyecto sin perder la cara. Si Zapatero hubiera sido designado a dedo por un conciliábulo de barones o elegido en un Congreso organizado a su servicio con las reglas del de Valencia, Bono todavía estaría intrigando para poder revertir el resultado mediante las mismas mañas. Como perdió limpiamente -aunque sólo fuera por seis votos- para él ha sido un timbre de gloria acatar el mandato de la mayoría y formar parte del equipo de quien le ganó.

Ninguna de las numerosas personalidades críticas que han surgido en el PP va a sentirse derrotada en buena lid en el Congreso de Valencia. Desde su convocatoria hasta hoy todo ha estado encaminado a hacer imposible la renovación del liderazgo y por ende del proyecto del partido. A estas alturas el PP ni siquiera ha facilitado cifras oficiales sobre la participación y resultados de las asambleas en las que supuestamente se eligieron los compromisarios. EL MUNDO tuvo que reunir los datos provincia a provincia, topándose siempre con la consigna obstruccionista de la dirección del partido. Al margen de que esta opacidad debería hacerle merecedor de algún tipo de multa o sanción administrativa, pues el PP como el PSOE recibe muchos millones de dinero público, ¿cómo va a exigir transparencia al Gobierno en relación a nada una oposición que mantiene a oscuras su propia casa?

Estas semanas nos han servido, eso sí, para descubrir cómo el aberrante y diabólico mecanismo de los avales incompatibles, recolectados previamente por el aparato sin tope de ninguna clase, ha neutralizado o circunscrito a esa condición testimonial ya mencionada toda posibilidad de alternativa. El que esta norma venga de muy atrás y esté incluida en los Estatutos no resta un ápice de gravedad a su abusiva utilización ventajista por Rajoy y sus barones. Tan inseguros se sentían del arraigo de su opción continuista que decidieron acumular cual avaras urracas no los 600 avales imprescindibles para concurrir, sino en torno a los 2.300, de forma que matemáticamente sólo quepa otra candidatura y se vea obligada a recibir el apoyo de todos los disidentes, aunque muchos de ellos lo sean por motivos ideológicos o estratégicos opuestos.

Para colmo esa recolección se ha realizado en cajas regionales, de forma que el partido que se presenta como campeón de las libertades individuales no sólo sustituye en la práctica el secreto del sufragio por el retrato público en favor del líder, sino que transfiere a los territorios los derechos de las personas. Y todo ello en un clima de intimidación y caza de brujas inaugurado con los anatemas del mitin de Elche. Rajoy no ha vuelto a repetir su «que se vayan» pero quien más quien menos tomó ya buena nota. «Si acepto ir en tu candidatura y no me incluyen en la lista de las europeas, ¿de qué viviremos mi familia y yo a partir del año próximo?», vino a decirle un conocido eurodiputado a Juan Costa hace pocos días. Si hasta Aznar sopesa el riesgo de que el PP deje en la intemperie a FAES si él dice antes, durante o después del Congreso lo que piensa, qué vértigo no sentirán quienes por currículo y empaque se ven mucho más desprotegidos.

«En el PP no hay barones», me dijo anteanoche en tono categórico un joven y brillante diputado canario. Yo hice una pausa y le pregunté qué había pasado con su aval como compromisario al Congreso. «Bueno... ejem... lo tiene José Manuel», me contestó con avergonzado candor refiriéndose al presidente regional, José Manuel Soria. ¿Qué más cabe añadir -verdad, María- sino «¡Arriba España!»?

El mejor baremo de la merienda de negros urdida a través de los avales son los comentarios perdonavidas tanto de González Pons como de Núñez Feijóo sugiriendo préstamos de compromisarios para que la de Juan Costa o cualquier otra candidatura pueda llegar a nacer «con fórceps». O sea que, como ocurría con la prensa de oposición en el franquismo o el tantas veces citado ejemplo del Partido Campesino de Polonia, la única oportunidad del antagonista reside en merecer la magnanimidad del protagonista. Les ha faltado decir que serán tan generosos como el PSOE cuando prestó a Llamazares un par de diputados para que la cadavérica IU pudiera constituir su propio grupo. ¿Qué tal si Génova institucionaliza el puesto de jefe de la oposición al jefe de la oposición con derecho a sueldo, secretaria y chófer?

Les estaría bien merecido que en el último momento Esperanza Aguirre u otro personaje de fuste indiscutible decidiera presentar su propia candidatura de forma que el aparato tuviera que optar entre el colapso de la antidemocrática barrera de los avales o la evidencia de que quienes predican las libertades no están por la labor de practicarlas. Estoy seguro de que en este caso ni siquiera haría falta hablar con María Emilia Casas para poder recurrir en amparo ante el Tribunal Constitucional con serias perspectivas de éxito.

Claro que en el pecado pueden encontrar además la penitencia. Ellos mismos han fijado el listón para juzgar la sinceridad de los apoyos a Rajoy. Cada voto que el domingo 22 le falte a la candidatura oficial para llegar a esa cota de los 2.300 avales extraídos y ofrendados en actos tan patéticos como el gran durbar de Valladolid será una prueba del clima de hipocresía, coacción y manipulación que se está instalando en el PP.

Así las cosas, Juan Costa no puede ganar y las pasaría canutas si insistiera en presentarse sin aceptar limosnas de nadie. Pero su posición política es en estos momentos una señal patente de que algo puede cambiar en el PP. Sus cuatro palabras bien dichas del lunes han pulverizado los estereotipos de los eternos adversarios del partido en los que tan a gusto se columpiaba Rajoy con su puro en ristre: el ansia de renovación de Costa, como el «no me resigno» de Aguirre, no surgen de planteamientos más conservadores que los del registrador pontevedrés y sus mariachis sino todo lo contrario; y además la oposición a la esclerosis no está fuera sino dentro del PP.

Juan Costa se quedó en minoría en la Ejecutiva Nacional. Si llegara a presentarse, cosa que dudo, Juan Costa o cualquier otro se quedaría en franca minoría en el Congreso de Valencia. Hoy por hoy es la pugna del mosquito contra el elefante. ¿Pero quién estará en minoría el día en que voten los militantes? La claridad y audacia de Costa al explicar que Rajoy no es capaz ni de generar ilusión en la sociedad ni de unir al partido para recuperar el poder ya le han asegurado un puesto en la línea de salida de esas primarias que la opinión pública reclama con cifras cercanas a la unanimidad. Por seguir con los símiles norteamericanos, seguro que Juan Costa no será ni Obama ni Hillary, pero sí que tiene a su alcance desempeñar el digno y brillante papel de un John Edwards, a quien, por cierto, tuve la suerte de conocer anteanoche en Madrid. Y, en todo caso, siempre le quedaría pensar que, como suele decir Eduardo Galeano, un mosquito no puede de momento nada contra un elefante, pero el elefante está perdido cuando el mosquito empieza a reproducirse hasta constituir una tupida nube de aguijones y zumbidos. Menudo otoño de 2009 le espera al PP cuando Gallardón -pasen y lean- vuelva a estar disponible.


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NotaPublicado: Dom Jun 22, 2008 5:52 pm 
22 de junio de 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Ricardo II

PEDRO J. RAMIREZ

C"And tell sad stories of the death of kings" (Acto tercero, escena segunda)
omprendo que comenzar mentando a Eduardo Zaplana garantiza que captaré la atención de los organizadores del Congreso del PP, pero será a costa de ver dibujadas en sus rostros las mismas muecas que Charles Perrault pintó en las caras de los edecanes del bautizo de la Bella Durmiente en el momento de la irrupción en el salón de baile de aquella hada número ocho a la que ni siquiera se habían molestado en invitar, por creerla encerrada a buen recaudo.

¿Pero qué culpa tengo yo si resulta que entre las muchas cosas que pusieron a Valencia en el mapamundi durante los siete años al frente de la Generalitat de ese magnífico presidente autonómico -y hoy incomprensible ausente en los fastos del partido- ocupa un nicho de especial calidad el impulso de las actividades de la Fundación Shakespeare de España, liderada por el intelectual e integral hombre de teatro Miguel Angel Conejero; si resulta que ello dio pie en 2001, con el copatrocinio del Ayuntamiento de Valencia, a la celebración por primera vez en España del Congreso Mundial sobre el gran bardo; y, sobre todo, si resulta que una de sus secuelas, casi a modo de canto del cisne de una actividad luego interrumpida o en declive, fue precisamente una maravillosa edición, dentro de la serie Obra Mayor, de un drama histórico mucho menos popular y conocido que Julio César, Ricardo III o Enrique V del que, sin embargo, muy bien podría decirse que fue escrito anticipando con bastante exactitud la situación que se vivirá a partir de mañana en el PP?

Me refiero a Ricardo II, la crónica teatral del apogeo, ocaso y caída del último de los Plantagenet, certeramente definida por el gran erudito y crítico Harold Bloom como «un poema metafísico extenso» y como una obra «cuya única acción es una abdicación diferida, con la secuela del asesinato del rey». A quienes estamos convencidos de que se cumplirá la profecía del hada intempestiva, de que quienes perforarán al hoy ungido con el huso envenenado por la pócima del sopor eterno están dentro de la sala y de que lo único diferente será en este caso el orden de los factores porque a Rajoy primero «lo asesinarán» y después «lo abdicarán», no puede por menos que resultarnos fascinante la definición que el propio Bloom hace de ese «político poco competente», de ese «ser humano inadecuado», de esa «víctima de su propia psique» que si bien no llega a ganar del todo nuestra simpatía, sí que genera «nuestra renuente admiración por la cadencia moribunda de su música cognitiva».

Y más fascinante nos parece aún el retrato que de él hace John Julius Norwich -el máximo especialista en las historias de Venecia y de Bizancio- cuando en su obra Shakespeare's Kings lo dibuja con su «cara sensible» y su «indecisa barba ahorquillada», lo caracteriza por su «exceso de confianza» y su carácter «peligrosamente vengativo» y lo presenta «rodeado de charlatanes y adivinos que le halagaban sin rubor alguno y pronosticaban que alcanzaría los más extraordinarios logros». No especifica, en cambio, si estos palmeros tenían o no contrato de asesoría.

Vayamos con los hechos. El 3 de mayo de 1389, casi 12 años después de que Ricardo hubiera accedido bastante inesperadamente al trono -nadie podía prever las muertes tanto de su padre, el mítico Príncipe Negro, como de su hermano mayor-, quien hasta entonces había ejercido el poder de la corona de forma continuista, manteniendo en puestos clave a los hombres fuertes del reinado anterior, comunicó a su Consejo que había decidido ser él mismo y gobernar con su propio equipo. Poco después comenzó la purga de sus antiguos colaboradores, los llamados Lores Apelantes. A unos los envió al exilio y a otros los entregó directamente al hacha del verdugo. Alrededor del rey se fue creando, entre tanto, una camarilla de advenedizos y aduladores, detestada por el pueblo y objeto de todo tipo de murmuraciones en los cenáculos londinenses.

La primera gran crisis de la nueva situación sobrevino cuando dos de los principales nobles del reino, el primo del rey, Henry Bolingbroke, y Thomas Mowbray duque de Norfolk se enzarzaron en una escalada de acusaciones mutuas sin ocultar sus respectivas pretensiones de medrar en la pirámide del poder. Puesto que la forma en que Ricardo II comunicó a ambos su resolución, aparentemente salomónica, se asemeja bastante a la que Rajoy eligió para transmitir al alcalde de Madrid y a la presidenta de la comunidad el diktat de que ninguno de los dos iría en las listas electorales, no resulta difícil imaginar que son Alberto Ruiz Bolingbroke y Esperanza Mowbray quienes comparecen el día de San Lamberto en el campo de torneos de Coventry. Acuden con las lanzas preparadas para dirimir con sangre su querella, pero tendrán que resignarse a escuchar impotentes el edicto que marcará su suerte. Es en ese momento en el que levantamos el telón.

PRIMER ACTO

Dos por el precio de uno

Antes de que el rey resuelva, Mowbray trata de advertirle sobre el peligro que para él representa el ambicioso Bolingbroke. Ricardo se muestra fatuo y seguro de sí mismo: «Los leones domestican a los leopardos». A lo que Mowbray repone: «Sí, pero no hacen desaparecer sus manchas».

Ricardo advierte que no hay más ley que su palabra: «No hemos nacido para solicitar, sino para mandar». Y poco después llega su veredicto: «Aproximaos y escuchad lo que hemos decidido... Atendiendo que el discorde estruendo de los tambores, el tan terrible y agudo son de los clarines, el rudo choque de vuestras armas de hierro, podría alejar la paz de nuestras fronteras y hacernos verter nuestra sangre en una guerra civil, os expulsamos de este territorio».

Además les impone otra significativa condición, tras la que late el mayor de los temores: «Jurad por el honor y el cielo no reanudar vuestra amistad en el destierro, no volver a miraros cara a cara, no escribiros jamás, no saludaros nunca, no aplacar en la vida la hosca tempestad de vuestros odios domésticos; no formar el proyecto de un encuentro premeditado, sea para preparar una intriga, sea para combinar un asunto, sea para urdir algún punible complot contra Nos, nuestro Estado, nuestros hijos o nuestra patria».

Mientras salen juntos, Mowbray le espeta a Bolingbroke algo parecido a lo que pudo escucharse en el ascensor de Génova al final de aquella humillante convocatoria del 15 de enero: «Tú y yo sabemos quién eres y espero que pronto tendrá el rey la prueba».

Aunque Bolingbroke tiene un poderoso protector, su propio padre el brusco y mercurial Juan de Gante, Ricardo se jacta de que no se chupa el dedo respecto a su actitud y pretensiones: «Hemos notado cuánto se complacía en halagar al populacho, cómo sabía insinuarse en su corazón con humilde y familiar cortesía... ganándose a pobres obreros con el artificio de sus sonrisas, afectando soportar pacientemente su suerte para llevarse su afecto al destierro... '¡Gracias, compatriotas, queridos amigos!', les decía, ¡como si nuestra Inglaterra fuera su patrimonio y él, el próximo heredero ofrecido a la esperanza de nuestros súbditos!».

De repente llega la noticia de que Juan de Gante está agonizando y Ricardo reacciona con la socarronería propia de los pueblos del noroeste: «¡Venid, señores; vamos todos a visitarle! ¡Ojalá lleguemos demasiado tarde, a pesar de nuestra premura!».

ACTO SEGUNDO

La perorata

Pero no llegan «demasiado tarde». Antes de que esta leyenda viva del reino exhale su último suspiro, Ricardo tendrá que escuchar la perorata patriótica de Juan de Gante. Durante varios siglos los escolares británicos aprenderán de memoria, generación tras generación, la musical acumulación de sus reiteraciones y la descalificación final de la incompetencia del monarca:

«Este regio trono de reyes, esta isla bajo un cetro, esta tierra de majestad, este asiento de Marte, este nuevo Edén, este semiparaíso, esta fortaleza levantada por la naturaleza para sí misma contra la infección y la mano de la guerra, esta feliz estirpe de hombres, este pequeño mundo, esta preciosa piedra engastada en el mar de plata... este bendito terruño, esta tierra, este reino, esta Inglaterra, esta nodriza, este vientre fecundo de majestuosos reyes... Esta tierra de esas amadas almas, esta amada, amada tierra, amada por su reputación en todo el mundo, está ahora arrendada -muero de pronunciarlo- como un vecindario o una mísera granja... Esa Inglaterra que estaba acostumbrada a conquistar a otros, ha hecho la vergonzosa conquista de sí misma».

Fiel a su carácter indeciso, Ricardo cede a las presiones del viejo buda moribundo -inolvidablemente interpretado para la BBC por John Gielgud- y acorta la proscripción de Bolingbroke, pero a la vez se incauta de su herencia. Entre tanto cunde el descontento por doquier.

Unos reprochan al rey que su dureza con sus vasallos contrasta con la condescendencia que muestra hacia sus ancestrales adversarios. Y lo hacen elogiando la consistencia de su antecesor: «Sólo fruncía el entrecejo a los franceses, nunca a sus amigos... ¡Sus manos no se mancharon nunca con la sangre de los suyos, sino con la de los enemigos de su familia!» (Cascos levantaría gustosamente acta de que esto era así).

Otras críticas son aun más explícitas. «El rey no es otra cosa que el vil esclavo de sus aduladores», alega un noble. «¡Ha condenado a algunos por antiguas querellas, enajenándose por completo sus corazones!», apunta otro. «Ha cedido cobardemente, por medio de compromisos, cuanto sus antepasados habían conquistado combatiendo y la paz le ha costado más cara que la guerra», añade un tercero.

Cunde entonces la noticia de que Bolingbroke ha desembarcado con un ejército y uno de los barones fieles al rey advierte: «¡Se aproxima la hora de la crisis de tantos males como ha amasado él mismo! ¡Ahora podrá poner a prueba a los amigos que le han adulado!».

ACTO TERCERO

La corona hueca

«¡Viejos y jóvenes se han sublevado y todo va de mal en peor!», le advierten a Ricardo tras las primeras escaramuzas bélicas. Para él es sencillamente inconcebible que alguien pretenda «hacer desaparecer el óleo santo de la frente de un rey» y «destronar al elegido de Dios».

Por eso prefiere aferrarse por un momento al diagnóstico del principal de sus barones, el duque de Northumberland, también conocido como «el señor del Norte», pues controlaba los dominios septentrionales con la misma habilidad con que Arenas controla hoy los meridionales. «Su venida no tiene otro objeto que el de reclamar su legítima herencia y pedir de rodillas su inmediata libertad», le dirá taimadamente al aconsejarle un encuentro con Bolingbroke.

Ricardo vacila y termina dejándose llevar por un cierto masoquismo filosófico: «¿Qué debe hacer el Rey por el momento? ¿Debe someterse? Pues se someterá. ¿Debe ser destronado? Pues quedará satisfecho. ¿Debe perder el nombre de rey? Sea, por amor de Dios... Cambiaré mi gran reino, por una modesta tumba, una insignificante tumba, una tumba oscura».

Poco a poco va rindiéndose a la evidencia y acentuando su honda melancolía: «Contemos tristes historias de reyes desaparecidos. Cómo fueron destronados algunos, muertos en la guerra otros, perseguidos otros por el espectro de los que destronaron, envenenados aquellos por sus mujeres, quienes asesinados durante su sueño. Todos asesinados. ¡Dentro de la hueca corona que ciñe las sienes de un rey tiene la muerte su corte!».

Entonces se revuelve contra los barones que le han alentado a resistir: «Malditos seáis por haberme apartado del dulce camino de la desesperación... Odiaré eternamente a quien trate de infundirme valor».

Northumberland le avisa de que la hora del encuentro ha llegado: «Milord, Bolingbroke os espera en la plaza de armas para hablaros. ¿Os dignáis bajar?».

Y Ricardo coge la cruz: «¿En la plaza de armas? Plaza de armas donde los reyes descienden a visitar traidores y concederles su perdón. ¡Plaza de armas! Bajemos. ¡Abajo las armas! ¡Abajo el Rey! ¡Durante la noche, los búhos lanzan graznidos de espanto en las alturas, donde debería cantar la alondra que se remonta al cielo!».

ACTO CUARTO

El espejo

Pusilánime, dubitativo, gallegamente indeciso hasta los tuétanos, Ricardo compara la corona con un pozo con dos baldes -el suyo baja vacío, el de su primo sube lleno- y se pregunta: «¿Por qué me veo obligado a comparecer ante un rey antes de haber alejado de mí el pensamiento de mi realeza?».

Pero Bolingbroke no le da margen alguno: «¿Consentís vos en renunciar a la corona?».

A lo que Ricardo contesta con la expresión de su débil mismidad: «Sí, no; no, sí. No puedo ser nada... Por lo tanto nada de no, pues renuncio a favor vuestro. Ahora mirad cómo me derribo a mí mismo. Entrego este gran peso, quitándolo de mi cabeza y este abultado cetro, de mi mano. El orgullo del poder real, de mi corazón. Con mis propias lágrimas lavo el bálsamo. Con mis propias manos entrego la corona».

El mismo Ricardo que ha sido implacable con aquellos leales que le recordaban sus orígenes se siente incapaz de resistir a aquel a quien identifica con el porvenir. Sólo la voz de un obispo, trasunto del proscrito -o proscrita- Mowbray, se alza con la lúgubre profecía de lo que de hecho será el inicio de la edad oscura de la Guerra de las Rosas: «¡Si le coronáis os predigo que la sangre inglesa fertilizará las tierras y las edades futuras lamentarán este acto criminal; la paz dormirá en territorios de turcos e infieles y, entretanto tumultuosas guerras asolarán aquí familias hermanas!».

Pero Ricardo ya sólo quiere sentir lástima de sí mismo y «ser un ridículo rey de nieve, expuesto al sol de Bolingbroke para deshacerse en gotas de agua». Por eso ya no le queda sino un último deseo: «Buen rey... si mi palabra tiene algún crédito aún en Inglaterra, permitidme que pida un espejo. Quiero ver en él mi rostro después de la quiebra de mi majestad».

Y una vez satisfecho su deseo, Ricardo se encara ante el cristal y lo interpela: «Oh espejo adulador, parecido a mis seguidores en la prosperidad. Me engañas. ¿Fue este rostro el rostro que como el sol hacía parpadear a los que lo miraban...? Una frágil gloria brilla en este rostro. Tan frágil como la gloria es el rostro».

ACTO QUINTO

El caballo

Bolingbroke prepara su coronación y Ricardo es su prisionero. El monarca depuesto analiza lo ocurrido, reprocha al principal de sus barones su traición y le pronostica que probará su propia medicina: «Northumberland, escala que ha servido a Bolingbroke para elevarse hasta mi trono, no envejecerá el tiempo en muchas horas antes de que tu crimen, hoy florecido, caiga podrido. Aunque Bolingbroke dividiera el reino para darte la mitad, tú creerías que era muy poco para el que se lo proporcionó todo. Por su parte Bolingbroke reflexionará que tú, que conoces el medio de implantar reyes ilegítimos, debes poseer también, a la menor provocación, el de derribarlos de un trono usurpado».

El nuevo rey entra en Londres y Ricardo es obligado a formar parte de su cortejo triunfal. Uno de los asistentes describe cómo «sobre su sagrada cabeza arrojaban polvo, que él sacudía con resignado gesto de pesar». Pero a nuestro ecce homo no le importa la ingratitud humana. Sólo se emociona y enfurece cuando su antiguo palafrenero le cuenta «cómo se entristeció mi corazón al contemplar en las calles de Londres, el día de la coronación, a Bolingbroke avanzar sobre Barbary, el caballo que con tanta frecuencia montábais».

«¿Y cómo se portaba Barbary con él?», pregunta Ricardo.

«Orgullosamente, como si desdeñase la tierra», responde el palafrenero.

Entonces Ricardo estalla: «¡Ese corcel comió el pan en mi mano real! ¡Cuando esta mano le acariciaba, él se sentía orgulloso! ¡Y Barbary no se movía! ¡No arrojó a Bolingbroke al suelo, ya que el orgullo debe ser derribado! ¡No rompió el esternón del orgulloso que usurpaba su lomo!».

Pero pronto se da cuenta -«Perdón, caballo mío...»- de que está pidiendo a un ser inferior, a alguien de tan escaso rango y responsabilidad como esos pequeños funcionarios que forman parte del engranaje, del aparato, de la maquinaria del poder el heroísmo de la resistencia que no ha sido capaz de exigirse ni a sí mismo ni a sus barones.

A Bolingbroke ya entronizado como Enrique IV sólo le queda desembarazarse de quien es a la vez víctima e incómodo testigo. Lo hace con su confortable y ominosa doble moral. Tras el asesinato de Ricardo en la torre de Londres exclama: «He deseado su muerte y le amo asesinado, pero odiando al asesino... Os aseguro que mi corazón desborda de pesar al verme salpicado con esta sangre derramada para contribuir a mi prosperidad... Honrad mi duelo llorando por este féretro prematuro».

Y cae el telón.

Palabras del adaptador

Quiero agradecerles en mi primer lugar, señores compromisarios, sus calurosos aplausos. Sus únicos destinatarios deben ser la memoria del inmortal genio de Stratford y el entusiasta esfuerzo de quienes hace seis años editaron en esta misma ciudad, con toda su sensibilidad y mimo, una obra tan conmovedora. En cuanto a mi contribución sólo diré que, aunque he intentado proyectar ante ustedes un horizonte previsible, he de reconocer que la única profecía fiable del futuro es aquella que se hace cuando ya ha sucedido.

De hecho, la representación más célebre de Ricardo II fue la que Shakespeare y su compañía tuvieron que realizar a comienzos de 1601, por encargo del Duque de Southampton que pretendía preparar el terreno de la opinión pública para la famosa rebelión de Essex contra la reina Isabel. En el concienzudo libro que le valió la irónica reprimenda de Aznar y le privó de repetir como presidente del Congreso, el aquí presente Federico Trillo explica que «lo que la audiencia veía en Ricardo II era un rey débil, incapaz de ponerse a la altura de los acontecimientos». La propia Isabel se dio por aludida: «Yo soy Ricardo, ¿no lo sabéis?». Pero ni ella era el último de los Plantagenet, pues se mantuvo en el trono hasta su muerte natural, ni Essex el primero de los Lancaster, pues fracasó en el empeño y fue ejecutado en el cadalso.

¿Será Rajoy Richard o Elizabeth? ¿Será Gallardón Bolingbroke o Essex? Debo de reconocer que hace un mes yo lo tenía más claro que ahora y que, hoy por hoy, en cambio, de lo único que puedo estar razonablemente seguro es de que, pase lo que pase, al menos hasta que haya unas primarias y después probablemente también, seguirá mandando Arenas.

Espero, en todo caso, que si los próximos episodios se corresponden con el itinerario dramático que les he ayudado a recorrer me concedan el don de la clarividencia; y que, si no es así, me tengan, al menos, en su estima por haber añadido a su extenso programa cultural del fin de semana este maravilloso «Shakespeare valenciano».


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 Asunto: Re: Cartas dominicales de PJ
NotaPublicado: Dom Mar 15, 2009 9:44 am 
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15 de marzo de 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Todas las sombras de Banquo

PEDRO J. RAMIREZ

Zapatero llegó el jueves al despacho radiante. El 5-2 del Barça al Olympique le había reconciliado con su equipo tras unas semanas de inseguridad y otro tanto podía decirse de la confirmación del viaje de Obama a Estambul -menudas fotos nos vamos a hacer- para bendecir su Alianza de las Civilizaciones. Pero su sonrisa se quebró de forma súbita al ver el rostro inusualmente sombrío de su secretaria.
-¿Qué pasa, Gertru?

-José Luis, creo que antes de nada deberías leer el documento que acabo de dejarte encima de la mesa.

Era un informe secreto del CNI con un título enigmático a más no poder: «Hechos extraordinarios acaecidos durante la jornada de ayer en Madrid». El presidente empezó a leerlo de pie ante su mesa y en seguida quedó tan absorto en el relato que ni siquiera hizo ademán de sentarse.

Todo había comenzado la mañana anterior en el despacho del presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, Javier Gómez Bermúdez. Dos funcionarios habían entrado por la puerta del pasillo pocos segundos después de que el magistrado y su esposa, la periodista Elisa Beni, lo hubieran hecho a través de la puerta de la secretaría y habían sorprendido a ambos realizando gestos extraños -como si intentaran sentarse y no lo consiguieran- ante las dos sillas vacías delante de la mesa principal.

«La mesa está ocupada», les había dicho el juez visiblemente alterado. Sin entender muy bien a qué se refería, el más veterano le había señalado el sillón que ocupaba siempre: «Pero ahí tiene el asiento reservado para usted ».

Bermúdez había rodeado la mesa, disponiéndose a ocupar su silla con respaldo alto de color negro, situada bajo dos grabados abstractos y un retrato del Rey. Pero cuando estaba a punto de tocarla había dado un paso brusco hacia atrás. «Señoría, ¿qué agitación es ésta?», le había preguntado el otro funcionario.

«¿Quién de vosotros ha hecho esto?», balbuceó el magistrado mientras la palidez se apoderaba de su rostro y daba tumbos hacia el sofá del otro extremo. La situación se hizo tan embarazosa que su esposa se vio obligada a intervenir: «Son accidentes que desde joven padece mi marido. Es cosa de un momento. Veréis cómo se repone en seguida. No os fijéis en él porque aumentará su delirio».

Los funcionarios hicieron ademán de retirarse, pero aún pudieron escuchar las recriminaciones de ella y la espantada reacción de él:

«¡Vergüenza para ti! ¡Y aún sigues turbado! ¡No ves que tu asiento está vacío!».

«¡No, no lo está! Mira mira ¿No lo ves? Pero ¿qué importa lo que digas?».

Zapatero sacudió incrédulo la cabeza, pero no pudo apartar la vista del siguiente párrafo en el que los servicios secretos le explicaban cómo prácticamente a la misma hora el fiscal general del Estado había aparecido en la cima de la espectacular escalinata de mármol de su palacete de la calle Fortuny y bajo la luz cenital de sus vidrieras había abierto los brazos para proclamar con pavor de viejo profeta: «Si los sepulcros nos arrojan su presa, los palacios se trocarán en festín de buitres».

Nadie entendió lo que quería decir. Según la información obtenida por el CNI, pocos minutos antes la recién promovida a la Fiscalía del Supremo, Olga Sánchez, había irrumpido desencajada en el despacho de Conde Pumpido y le había contado entre sofocos, gimoteos y sollozos que en el momento de acceder a su cubículo en el ala izquierda del edificio le había ocurrido algo rarísimo: su silla estaba ocupada por una forma semicorpórea con vagas facciones humanas. Había llamado a gritos a sus compañeros, pero ellos le habían dicho que no veían nada y la habían tomado por loca.

Pumpido le pidió que se tranquilizara y la invitó a compartir el espectacular canapé de diseño de cuero ocre situado enfrente de su escritorio. Cuando ambos hacían ademán de sentarse fueron repelidos por una fuerza magnética y atisbaron unas sombras recostadas sobre el mueble. Entonces ocurrió lo de la escalera.

A un par de manzanas de allí, en la sede del Consejo General del Poder Judicial, comenzaba entre tanto el pleno especial convocado por Carlos Dívar como preámbulo al examen a los candidatos a presidir la Audiencia Nacional. Siempre pendiente de estimular la concordia entre sus compañeros y fiel a su natural obsequioso, Dívar había dispuesto que se sirviera un vino español sobre la noble mesa de caoba extendida al pie de los tres luminosos ventanales abiertos a la calle Marqués de la Ensenada.

Todos los vocales estaban ya sentados por orden de antigüedad cuando el presidente accedió a la estancia desde su despacho atravesando la llamada «salita de fumadores» para bordear longitudinalmente la mesa hasta llegar a su cabecera bajo el dosel de terciopelo con el escudo de España. El secretario general Celso Rodríguez Padrón, situado inmediatamente a la izquierda de la presidencia, declararía luego que en el momento en que Dívar estaba sentándose, su trasero rebotó sobre el sillón de cuero marrón, discretamente repujado.

Tratando de ocultar su turbación, el presidente había permanecido de pie y no se le había ocurrido otra cosa que pedir a los demás que se levantaran para brindar por todos los aspirantes y en especial por el más polémico de ellos, el único que no había podido acudir al examen por hallarse fuera de España y sobre el que además pesaba una investigación disciplinaria.

Dívar comenzó pidiendo disculpas: «¡Amigos míos, nobles caballeros! No hagáis caso de mí. Si me conocierais bien no os extrañaría este súbito accidente. ¡Salud, amigos! Brindemos a la salud de nuestro amigo, el único que nos falta. ¡Ojalá llegue pronto! Brindo por vosotros, y por él, y por todos».

Apenas repuestos de su sorpresa por tener que levantar sus copas por un juez expedientado -ay, este Carlos y su caridad cristiana -, la veintena de vocales se disponían a sentarse cuando notaron que les ocurría lo mismo que le acababa de pasar al presidente.Era como si, aprovechando el brindis, otras tantas personas invisibles se hubieran colado en sus sitiales. Durante unos segundos todos se mantuvieron imperturbables, pero en sus asientos iban perfilándose formas fantasmagóricas de apariencia humana. Entonces Dívar se sinceró ante ellos: «Ahora dudo de mi razón viendo que podéis contemplar tales apariciones sin que vuestro rostro palidezca».

Fue la señal de la estampida. Pocos segundos después todos los miembros del CGPJ, encabezados por la rubia portavoz Gabriela Bravo, Gómez Benítez, Margarita Robles y el valenciano Fernando de Rosa, se esparcían despavoridos por la calle Génova.

Zapatero se llevó una mano a la frente -caray con los de las togas, ya me parecía a mí que estos tíos estaban como cencerros - pero su rostro adquirió un color cerúleo al seguir leyendo y comprobar que la cosa había ido a mayores.

Resultaba que el alcalde de Madrid había invitado a almorzar en el flamante nuevo ayuntamiento a los representantes de un grupo de comunicación. Juntos habían subido las escaleras con pasamanos de hierro verde que comunican la planta de su despacho con el comedor con vistas a la Gran Vía, desde el mismo ángulo con que la pintó Antonio López, y tras el aperitivo habían accedido a la mesa. Los periodistas no habían tenido ningún problema, pero habían contemplado estupefactos el lance por el que tanto Gallardón como el vicealcalde Cobo y su fiel Marisa, que le flanqueaban, se quedaban en cuclillas sin poder reposar sus traseros.

El alcalde se había erguido eléctricamente y, mientras todos los poros de su rostro supuraban pequeñas gotitas de sudor helado, se había dirigido a su silla vacía: «Yo no temo nada de lo que puedan temer los hombres ¡Vuelve a la vida y rétame a lid campal, pero no vengas como sombra!».

Estaba Zapatero leyendo, ya fuera de sí, que incidentes parecidos habían tenido lugar por la tarde en el Congreso, donde algunos diputados habían sido vistos gesticulando con horror ante sus escaños, cuando le interrumpió la secretaria.

-Perdón, presidente, pero es que está aquí don Mariano Rajoy

Zapatero hizo pasar, atónito, al jefe de la oposición. Rajoy se aflojó el nudo de la corbata, estiró el cuello y se mesó la barba.

-He venido sin avisar porque la gravedad de la situación es extrema.

El presidente le ofreció asiento, pero Rajoy movió bruscamente el brazo en ademán de vade retro.

-Ni lo intentes. En Génova también nos ha empezado a pasar. Ni siquiera a mí, que no he tenido nada que ver con todo este lío, me dejan sentarme. Hace un rato ha venido Federico Trillo a mi despacho y me lo ha explicado todo. Mira, esto es lo de la sombra de Banquo sólo que multiplicado por 193.

-Banquo, Banquo ¿No es ése un personaje de Macbeth?

-Sí, el fulano asesinado que vuelve en forma de fantasma y se sienta en la silla del rey. Esto es lo que están haciendo las víctimas del 11-M

-No te entiendo

-Bueno, a lo mejor sólo participan unos cuantos. Oye, los suficientes para la que nos están montando

-Pero ni los jueces, ni los fiscales, ni nosotros somos culpables de sus muertes.

-Ya, pero los tíos se han cabreado por el maltrato de este año y nos reprochan que no estemos haciendo nada por llenar las propias lagunas que reconoce la sentencia. Mira, lo que pone aquí Te he traído la traducción de don Marcelino Menéndez Pelayo.

Y Rajoy leyó con voz lúgubre mientras Zapatero sentía que sus cejas se iban quedando progresivamente rígidas:

«Siempre se ha derramado sangre. Desde que el mundo es mundo ha habido crímenes atroces. Pero antes el muerto, muerto se quedaba.Ahora las sombras vuelven y nos arrojan de nuestros sitiales».

(El 2 de octubre de 1897 el capitán Alfred Dreyfus, condenado por un delito que no había cometido, escribía desde la Isla del Diablo a su abnegada esposa Lucie, tratando de mantener viva su esperanza incluso si sucedía lo peor: «Porque como el fantasma de Banquo regresaré desde la tumba para daros ánimos a ti y a todos con toda mi alma y para recordarle a la Patria que también ella tiene un deber sagrado que cumplir». Se refería a la Cuarta Escena del Tercer Acto del drama de Shakespeare de la que proceden todos los entrecomillados de mi artículo de hoy. Sólo los clásicos le ayudaban a sobrellevar su injusto e inicuo cautiverio. Las pruebas contra él eran en apariencia mucho más consistentes que las que han permitido sentenciar a Jamal Zougam a 40.000 años de cárcel. La historia de ambos está muy bien reflejada en Call Northside 777, la película que hoy les entregamos. No dejen de verla.)


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 Asunto: Re: Cartas dominicales de PJ
NotaPublicado: Dom Jun 21, 2009 6:53 am 
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21 de junio de 2009

CARTA DEL DIRECTOR

La maldición del dios halcón

PEDRO J. RAMÍREZ

El sábado 17 de abril de 2004, pocas horas después de que Zapateroprometiera su cargo ante el Rey como quinto presidente del Gobierno de la democracia, Eduardo Zaplana almorzaba en el Club 31 con el aún presidente de Baleares Jaime Matas. Sonó su móvil. Era el ministro de Defensa in pectore José Bono, con quien tan buenas migas había hecho cuando el uno era presidente de Valencia y el otro de Castilla- La Mancha. Le preguntó donde estaba y le dijo que se apuntaba a tomar café. En menos de 15 minutos se había plantado allí. Venía de almorzar en Moncloa y, en sábado, el acceso por el oeste de Madrid había sido coser y cantar.
Bono no reveló que al día siguiente, apenas formalizada la toma de posesión del nuevo Gobierno, Zapatero y él iban a decretar la retirada de las tropas de Irak pero, como el asunto flotaba en el ambiente, no dejó de sacar pecho sobre su protagonismo histórico:

- Desde Jueves Santo hasta hoy he hablado con más poderosos de la Tierra que en toda mi vida junta. Dos jefes de Estado, cuatro presidentes de Gobierno, cinco ministros de Defensa… Todos entienden que las promesas electorales hay que cumplirlas. Por lo menos, como me dijo Berlusconi, las que no cuestan dinero…

Ulcerados aún por la desgarradora derrota del 14-M, los dirigentes del PP acogieron la ironía con una leve aunque amable mueca. Pero Bono no había acudido allí para contarles sus viajes de Gulliver.

- Tengo un encargo de mi presidente. Y te lo voy a plantear como amigo tuyo que soy. José Luis me ha encargado que hable contigo de lo del CNI. Ya sabes que voy a nombrar a quien voy a nombrar…

Ahora Zaplana sonrió abiertamente. La víspera se había publicado que el elegido era el desconocido consejero de Industria castellanomanchego Alberto Saiz.

- Sí, ya me he enterado por la prensa. Ése que tiene tan buen currículo…

Bono pegó un respingo, pero le siguió el juego.

- Oye, que yo no tengo la culpa de que vosotros nombrarais a un… (Bono aludió al cesante Dezcallar con el mismo adjetivo que pocos meses antes había dedicado a Tony Blair). Pero bueno, que lo que yo te ofrezco es que me deis un nombre, alguien de quien tú, Eduardo Zaplana, te fíes para que ocupe un cargo en el Centro y os tenga al tanto…

Al número tres del PP aquello le pilló de sorpresa, pero puso su mejor cara de palo.

- Pero quién, ¿un civil, un militar…?

- Mejor un militar.

- ¿Y con qué nivel? ¿Para nombrarle qué?

- Tendría nivel de Director General… Pero a cambio el CNI tendría que convertirse en un asunto pacífico.

- Hombre, depende de lo que hagáis…

Cuando Bono se marchó, Zaplana le dijo a Matas: «¿Tu has oído lo que yo he oído?». Enseguida transmitió el mensaje a Rajoy, y ambos coincidieron en que lo mejor era no darse por enterados. En 2001 Aznar había consensuado con el PSOE el nombre de Dezcallar antes de convertirlo en el primer civil al frente del CNI. Ahora el PSOE tiraba por la calle de en medio y les ofrecía un premio de consolación. Así no se abordan los grandes asuntos de Estado.

Como con la propia retirada de Irak, los buenos propósitos del nuevo Gobierno naufragaban por la inconsistencia de sus formas. Y, claro, los círculos cuadrados no existen. Era imposible ofender a los norteamericanos y mantener a la vez las buenas relaciones con ellos; era imposible sacarse de la chistera a un ingeniero agrónomo para dirigir el CNI y preservarlo a la vez del debate político. Ése fue el pecado original y por eso Rajoy siente que tiene ahora las manos libres para apretarle las tuercas al campeón de la pesca del pez espada.

Pocos días después el propio Bono, en un recodo de su ajetreo, me presentó a su pupilo Alberto Saiz y debo decir que me pareció un hombre tranquilizadoramente razonable. Concienzudo, modesto, nada misterioso, empeñado en hacer bien su trabajo. Durante los dos primeros años de esa legislatura nos vimos media docena de veces, y cuando EL MUNDO descubrió que el socialista asturiano que visitaba en la cárcel al lugarteniente de Allekema Lamari era agente del CNI, el Gobierno y el Centro reconocieron los hechos con fair play y normalidad democrática. Ver para creer. Por fin se hacía realidad mi viejo anhelo de tener una relación civilizada y constructiva con la última encarnación terrena de Ra.

Ése era, al menos en los tiempos del CESID, el nombre clave del director de nuestro servicio de espionaje, y tanto el teniente general Alonso Manglano como el teniente general Calderón, últimos dos virreyes militares que ejercieron su función como auténticos señores de horca y cuchillo, se sentían muy orgullosos de mantener en pie el estandarte de la mayor divinidad egipcia. Ra: el dios del sol, representado por un guerrero con cabeza de halcón bajo un círculo de fuego, la fuente de poder de los faraones, el símbolo del Estado en lucha permanente con las fuerzas del mal.

Echando la vista atrás, mis primeros contactos con ellos también fueron ingenuamente satisfactorios. Antes del 23-F, el ministro Oliart me llevaba a departir con Manglano en un apartamento que el jefe de los espías tenía enfrente del ministerio del Interior, casi pared con pared con Jockey. Y ya he contado que a Calderón me lo presentó Joaquín Bardavío en un restaurante de la calle Almagro. Fueron buenos principios con tormentosos finales porque ni el uno ni el otro toleraron las revelaciones, primero de Diario 16 y luego de EL MUNDO, sobre los vínculos que ellos y sus equipos mantuvieron tanto con el golpismo como con la guerra sucia.

El CESID de Alonso Manglano organizó operativos para vigilar la sede del periódico, ordenó seguir a nuestros reporteros y grabó ilegalmente nuestras conversaciones, que pasaron a formar parte de su famosa cintateca. El de Calderón desarrolló la operación Jano, cuyo objetivo era exponer la doble personalidad y la cara oculta de aquellos jueces y periodistas que tratábamos de esclarecer episodios tan monstruosos como el del secuestro de mendigos para experimentar con fármacos. El entonces Secretario General del Centro Aurelio Madrigal había sido compañero en La Moncloa del asistente de Felipe González, Angel Patón, condenado en sentencia firme por el infame montaje urdido hace ahora 12 años contra mí.

Se comprenderá, pues, la sensación placentera, la reparación moral que en cierto modo supuso asistir al almuerzo organizado el 29 de noviembre de 2001 por el ministro de Defensa Federico Trillo en la mítica sede de la carretera de La Coruña en torno a Jorge Dezcallar, primer civil responsable de los servicios secretos. «Es una gran satisfacción entrar por primera vez en La Casa, después de que La Casa haya entrado tantas veces en nosotros», dije en voz bien audible apenas comenzado el ágape. El general Madrigal, último eslabón con el pasado, se revolvió en su asiento y suscitó un conato de polémica. Yo invoqué las resoluciones judiciales sobre los GAL y la cintateca.

El perfil de Dezcallar parecía el ideal para la transición en marcha del viejo CESID al nuevo CNI. Era un diplomático culto y brillante, conocía de primera mano los asuntos esenciales para la seguridad nacional y tenía el apoyo tanto del PP como del PSOE. Había sido colaborador habitual de EL MUNDO y manteníamos una cómoda relación personal estimulada por amigos comunes. Más de un año antes de que se produjera, él me anticipó la invasión de Irak.

Todo fue bien hasta el 11-M. La capacidad profesional de Jorge y su independencia de criterio quedaron doblemente en entredicho al no haber detectado la preparación de la masacre y al haber avalado por escrito ese mismo día la tesis de la autoría de ETA. Es verdad que luego viró hacia la pista islamista y que la identificación del cadáver de Lamari entre los muertos en Leganés sirvió para reivindicarle, pues el CNI había advertido de su peligrosidad como activista al ser prematuramente excarcelado. Pero EL MUNDO reveló que las conversaciones de madrugada con Dezcallar fueron la clave de que la ministra Ana Palacio acusara a ETA ante el propio Consejo de Seguridad de la ONU.

Luego vino su incomprensible escalada de recompensas hasta desembocar en la embajada en Washington. Él quería pasar página y nuestro periódico se empeñaba en mantenerla abierta. La última vez que le vi fue en el estreno de La paz perpetua, la impresionante obra de Juan Mayorga sobre los límites de la guerra antiterrorista y la razón de Estado. Me pareció que el contenido de la función podía serle a él más útil que a nadie, pero Dezcallar eludió todo contacto y yo fui consciente de que, una vez más, el empecinamiento en el deber de informar me pasaba factura en el ámbito de las relaciones personales.

Esa misma sensación de fatalidad me oprime ahora en relación a Alberto Saiz. Después de un par de años de silencio, volvió a llamarme hace unas semanas y almorzamos cordialmente. Su descripción genérica de la labor del CNI en la lucha contra ETA vino a corroborar lo que ya había ido percibiendo de un tiempo a esta parte. Desde que el Centro ha cruzado los Pirineos, en el marco de la cooperación hispano-francesa, los éxitos policiales han aumentado exponencialmente. Eso es algo de lo que siempre podrán estar orgullosos desde el último agente hasta el propio director. Pero de la misma forma que el cruel asesinato de anteayer realza la necesidad de respaldar a quien esté al frente del CNI, son las dimisiones en cadena de los responsables del área antiterrorista, mucho más que los sacos de patatas de Galicia, las que ponen al actual titular en una posición casi insostenible.

A Saiz le preocupaban las denuncias sobre sus cacerías y gastos privados que diversos miembros del Centro estaban trasladando a EL MUNDO. Negó los hechos, me dijo que tenía facturas y no me pidió nada. Su conducta me pareció elegante y apropiada. Le prometí que si se reproducían las acusaciones de índole personal, publicaríamos simultáneamente sus aclaraciones o desmentidos. Se me olvidó preguntarle si continúa en vigor la denominación de Ra.

Pese a la gravedad y verosimilitud de algunos de los hechos denunciados, nuestro periódico no ha pedido la dimisión de Saiz porque, a diferencia de los casos de Chaves o Bárcenas, la naturaleza de las actividades del CNI impide aportar las correspondientes pruebas documentales. Tampoco creo que la comparecencia ante la Comisión de Secretos Oficiales sirva de mucho. Al final será su palabra contra la de unos denunciantes obligados a permanecer en el anonimato. Pero eso no despejará las fundadas dudas de la oposición y, como tampoco se trata de poner patas arriba el centro con una comisión de investigación parlamentaria, no queda otra solución sino la de que sea el Gobierno quien abra una indagación interna con un plazo tasado. Al término de la misma, Zapatero y Chacón deben decirnos qué acusaciones son ciertas y cuáles no y obrar en consecuencia, bien destituyendo a Saiz, bien avalando expresamente su honorabilidad y ligando por lo tanto su suerte política a la de su subordinado.

En el ínterin no han dejado de impactarme las obsesivas referencias de Saiz a la «lealtad» y la «fidelidad» en los textos de algunas de sus intervenciones ante miembros de La Casa, desvelados esta semana por Casimiro García-Abadillo. Y es que en mi memoria aún resuena aquella tremenda arenga del teniente general Calderón en la recta final de los años de plomo del CESID: «Hay un principio de lealtad, la lealtad de yo saber que ustedes me obedecen y de que ustedes sepan que, obedeciéndome a mí, no cometen ningún delito. Esa mutua lealtad no va a ser rota por ningún sucesor mío, como yo no la rompo respecto a mis antecesores».

¿Cabe alguna mejor definición del vértigo? Santo Dios: otra vez nos asomamos al abismo.


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 Asunto: Re: Cartas dominicales de PJ
NotaPublicado: Dom Jul 26, 2009 8:20 am 
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26 de julio de 2009

CARTA DEL DIRECTOR

«A Cronkite no le gustará»

PEDRO J. RAMÍREZ

El sábado 20 de octubre de 1973, en plena guerra del Yom Kippur, el presidente Nixon creyó dar un golpe de mano definitivo para zanjar la investigación del caso Watergate, destituyendo al Fiscal Especial que le había puesto la proa, el respetado jurista Archibald Cox. Pero no contó con que eso provocaría la dimisión de su secretario de Justicia, Elliot Richardson, y de su número dos, William Ruckelshaus, desembocando así en la irónicamente llamada Saturday Night Massacre.

Cinco días después, las tropas de los Estados Unidos fueron puestas en estado de Alerta Mundial «para indicar a la Unión Soviética que no estamos dispuestos a aceptar ningún movimiento unilateral de sus fuerzas en Oriente Medio». Es verdad que existía un pulso con Breznev, típico de la Guerra Fría, a propósito de la solicitud de ayuda militar urgente que Egipto había realizado al Kremlin, pero muchos analistas norteamericanos lo consideraron un paso exagerado cuyo verdadero propósito era desviar la atención y posponer las explicaciones públicas del presidente.

Por fin el sábado 27 por la noche, Richard Nixon se encaminó hacia el Ala Este de la Casa Blanca, donde le esperaban los reporteros y las cámaras de televisión. En la puerta de la sala en la que iba a celebrarse la esperada rueda de prensa se encontró con el productor del programa que -por mor del sistema rotatorio acordado por las tres grandes cadenas- era Sid Feders, de la CBS. En un memorando enviado dos días después a su jefe de informativos, Feders detalló la breve conversación que mantuvo con el presidente cuando faltaban segundos para que comenzara a caminar hacia el estrado.

Tras un par de comentarios seudotécnicos sobre las cámaras, los focos y demás, el intercambio «tomó un tono decididamente menos amistoso» cuando el productor se identificó «como de la CBS». El presidente hizo entonces «un comentario chistoso acerca de lo exactos y objetivos que somos». Acababa de recibir la señal para hacer su entrada en la sala, cuando Richard Nixon añadió, dando los primeros pasos: «A Cronkite no le gustará lo de esta noche, eso espero».

Y efectivamente, al cálido y afable pero sólido y siempre relevante conductor del telediario de la noche a quien tantos norteamericanos veían como «el tío Walter», no podía gustarle lo que iba a escuchar. Ni a él ni a ninguno de sus compañeros de las grandes cadenas y de los medios de comunicación en general. Tras la tercera o cuarta pregunta sobre la destitución de Cox, Nixon lanzó su primera andanada contra la cobertura del caso Watergate: «En 27 años de vida pública nunca he visto ni oído reportajes tan insultantes, malintencionados y distorsionados».

Enseguida, añadió: «Cuando se machaca a la gente, noche tras noche, con tal clase de reporterismo frenético e histérico es lógico que se debilite su confianza». Y para que no quedara duda de cuál era su actitud ante la prensa, concluyó rematando la faena: «No tengáis la impresión de que estoy enfadado con vosotros… yo sólo puedo enfadarme con aquéllos a quienes respeto».

No he visto recogido este episodio en ninguno de los obituarios que los medios norteamericanos y mundiales han dedicado estos días a Walter Cronkite, pero tengo grabada en la retina la enorme impresión que a aquel joven profesor de literatura española en una Universidad de Pennsylvania que era yo hace 36 años, le produjo aquella tormentosa conferencia de prensa. Cuando el entonces asesor de comunicación de Richard Nixon y luego candidato presidencial en las primarias republicanas, Pat Buchanan, equiparó lo sucedido «con el ambiente de la Plaza de Toros de Tijuana un domingo por la tarde», yo me di cuenta de que lo asombroso -en España aún vivían Franco y Carrero- era que el papel de su jefe fuera el del toro y no el del torero.

Todo cuanto he vivido desde entonces no ha venido sino a reafirmarme en esa visión adversativa de la relación entre la prensa y el poder político, económico o de cualquier otra índole. Hasta el extremo de que cada vez que, en los nueve años en los que fui director de Diario 16 o en los veinte que están a punto de cumplirse desde que fundamos EL MUNDO, hemos recibido algún tantarantán del estilo de los que nos dedicaban González o Guerra, siempre venía a mi cabeza aquella frase de Nixon -que, por cierto utilicé para titular un libro que nunca llegué a publicar -: «A Cronkite no le gustará». ¿Qué mejor baremo del cumplimiento del deber de informar? Cuando el poder se irrita tanto, es que algo estaremos haciendo bien.

Porque, en definitiva, cuando el National News Council asumió la tarea de indagar en la propia Administración Nixon cuáles eran los motivos de tan monumental cabreo, llegó a la conclusión de que lo que había sacado de sus casillas al presidente no había sido ningún comentario concreto de Cronkite o alguno de sus colegas, sino, por encima de todo, el espacio, el minutaje, la atención, la cobertura que los grandes medios estaban dando a las vicisitudes jurídicas y parlamentarias del escándalo Watergate.

No hace falta recurrir ni a Lewis Carroll ni a Orwell para constatar que a lo que siempre aspiran los poderosos es a tener la capacidad de decidir de qué es de lo que en cada momento la sociedad tiene que hablar. O, sobre todo y para ser más exactos, de qué no tiene que hablar. ¿Quién fija la agenda? Eso es «lo que importa», que diría Humpty Dumpty.

Bueno, ya he recurrido a Lewis Carroll, pero la respuesta es bien sencilla: al menos durante todo el siglo XX y lo que llevamos de XXI en las sociedades democráticas la agenda la hemos fijado los periódicos, jerarquizando la información en nuestras portadas, poniendo el foco en tal o cual cuestión de actualidad y, en no pocas ocasiones, descubriendo asuntos de interés general que permanecían ocultos. Sólo los grandes diarios hemos contado con redacciones suficientemente numerosas y cualificadas como para cubrir todas las áreas informativas, para someter las afirmaciones del poder al escrutinio de periodistas especializados y para dedicar recursos y empeño a la investigación de tramas complejas y a menudo peligrosas.

De hecho, los demás medios y soportes actúan dentro de la sociedad de la información como caja de resonancia, altavoz o amplificador de las revelaciones y debates planteados por los periódicos. Es fácil imaginar la irrelevancia que impregnaría las tertulias en la radio y la televisión o la mayoría de los blogs y los llamados «confidenciales» de internet si las redacciones de los grandes diarios no hiciéramos antes ese trabajo de campo. Incluso en la edad de oro de CBS News y sus competidores de la ABC y la NBC, salvo contadas excepciones, la principal labor de sus especialistas era ponerle cara y ojos al relato de los periódicos. El flemático Cronkite podía hacer derrapar cada noche a Nixon porque The Washington Post ya le había situado cada mañana al borde del ataque de nervios.

Ni nuestros más acérrimos enemigos discuten que la España de estos últimos veinte años, y en especial su historia política, habría sido muy distinta si no hubiera existido EL MUNDO. Creo que la clave de ese impacto y trascendencia está en la aplicación práctica de nuestros principios fundamentales que, en definitiva, se reducen a uno: «Toda noticia de cuya veracidad y relevancia estemos convencidos será publicada, le incomode a quien le incomode». Si de algo me siento orgulloso es de poder decir que hemos cumplido a rajatabla y sin excepción alguna ese compromiso público que adquirí hace dos décadas en nombre de mis compañeros y en el mío propio.

Por eso, EL MUNDO no solamente ha aportado una y otra vez un prisma de interpretación genuinamente independiente de las noticias que nos ha ido deparando la actualidad, sino que ha contribuido a configurar esa agenda del debate público con más aportaciones informativas propias que las realizadas por ningún otro medio en la historia del periodismo español. Si las investigaciones sobre la trama de los GAL, Ibercorp, Filesa, la corrupción en Marbella o la negociación con ETA son ya páginas ejemplares para cualquier estudio que quiera realzar la función de la prensa en una sociedad democrática, estos mismos días han estado sobre la mesa dos asuntos que vuelven a marcar la diferencia entre EL MUNDO y los demás medios españoles.

Me refiero a la sentencia del caso Alierta y a la reactivación judicial de la búsqueda de la verdad del 11-M. Respecto a lo primero, cualquiera puede entender lo incómodo que resulta para un periódico tener conocimiento de una noticia que puede complicar seriamente la vida a su principal anunciante. Eso nos ocurrió hace siete años cuando averiguamos que la CNMV había dado carpetazo de forma más que irregular a una investigación por uso de información privilegiada que afectaba al ya presidente de Telefónica. Fue una prueba de fuego y la pasamos airosamente, aun dejándonos no pocas plumas en la gatera. Baste decir que el día en que destapamos lo ocurrido, el presidente de nuestro principal competidor comentó durante una comida en el Club Internacional de Prensa: «No saben lo que me alegro de que sea EL MUNDO quien haya publicado esto».

Todos sabemos lo que pasó después y, concretamente, quién se asoció con quién. De ahí que cuando ahora ha habido una resolución judicial que concierne al primer empresario del país -portada en el WSJ y el FT-, con un relato de hechos probados inequívoco y una remisión del desenlace a lo que decida el Supremo, no pueda por menos que sentir una mezcla de amor propio y vergüenza ajena al ver a ese competidor darle un bajonazo al asunto en la página 23 y al ver al tercero en discordia jibarizarlo en una posterior página par con media columna de agencia. Del cuarto de la fila ni hablaré porque simplemente no publicó nada.

Y sobre el 11-M, qué quieren que les diga. Si hay un solo español que considere más importante que a Rita Barberá le regalaran un bolso a cambio de nada que el que, al cabo de casi cinco años y cinco meses, al fin haya una juez que oficie a los Tedax para saber cuántos restos se recogieron en los focos de las explosiones que mataron a 192 personas para cambiar el rumbo de nuestra democracia, por favor que levante la mano, que le haremos una entrevista. Pues bien, sólo EL MUNDO publicó -el lunes pasado- esta noticia. Como sólo EL MUNDO publicaba durante años y años las noticias sobre los GAL.

Yo no puedo garantizar que esta investigación tendrá el mismo desenlace que aquélla, pero sí puedo garantizar que su rigor y profesionalidad es todavía mayor, pues no en vano todos tenemos veinte años más. Y eso ya no sólo lo digo yo, sino que desde hace cuatro días lo acredita también nada menos que el Ministerio Fiscal. Bendita sea la hora en que el comisario Manzano, ex jefe de los Tedax, nos puso una demanda civil. Gracias a ella hemos solicitado -y obtenido, todo hay que decirlo- la práctica de una serie de pruebas que han dado ya marchamo judicial a evidencias de tal envergadura como que se vulneraron los protocolos que obligaban a remitir los restos de explosivos a la Policía Científica, como que ETA tenía el know how que por primera vez se aplicó en los trenes de la muerte o como que la Policía engañó a los españoles y al juez al examinar la mochila de Vallecas. Si encima la representante del Ministerio Público pide que se desestime la demanda subrayando que EL MUNDO ha logrado respaldar documentalmente la veracidad de sus acusaciones contra el policía una y otra vez, pues claro, contenemos la respiración hasta que haya sentencia, pero mil campanas suenan en mi corazón.

Yo digo como demócrata y español que si no existiera EL MUNDO, habría que inventarlo. No tenemos abuela, pero nos toca -como a todos- reinventar el modelo de negocio porque no puede ser que después de todo este trajín sean Google y otros piratas de medio pelo quienes se lleven el gato de la publicidad al agua de nuestros contenidos. A Cronkite que era un patriota norteamericano y un verdadero pacifista le habría gustado vivir esta pelea y participar en ella. Su muerte es la de una era, pero que nadie entone aún el réquiem por todos nosotros.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Este texto sirvió de base a la conferencia con que el director de EL MUNDO clausuró anteayer el curso de verano de El Escorial dedicado a los veinte años de nuestro periódico.


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Traducción al español por Huan Manwë