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 Asunto: Cartas dominicales de PJ
NotaPublicado: Dom Jun 17, 2007 9:48 am 
17 de junio de 2007

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CARTA DEL DIRECTOR

La absolución de Sextus Rocius

PEDRO J. RAMIREZ


Javier Zaragoza debe creerse muy listo. No tanto como su jefe, mi enemigo, el fiscal general del Estado, pero en el peldaño inmediatamente inferior. Desde luego hace falta estar muy pagado de sí mismo para después de haber sido cómplice de Garzón en el montaje contra los peritos honrados que denunciaron la falsificación del documento sobre ETA, el 11-M y el ácido bórico; después de haber hecho cuanto estuvo en su mano para intentar que los dos policías que hablaron con EL MUNDO sobre el tráfico de Goma 2 ECO, jamás esclarecido, pasaran la Nochebuena entre rejas; después de haber contribuido decisivamente primero a la rebaja de la condena a De Juana y luego a su excarcelación; y después de haber retirado su acusación contra Otegi por un flagrante delito de enaltecimiento del terrorismo, tras un simulacro de interrogatorio, tener todavía la caradura de aprovechar las conclusiones del Ministerio Público en el juicio sobre la masacre de Madrid para citar enfáticamente a Cicerón, alegando que «hay pocas cosas tan indignas como propagar la mentira, intentando presentarla como verdad».
Pero al abrir plaza de tal manera y poner el toro en suerte para que su pobre subordinada Olga Sánchez entrara a matar al día siguiente contra los periodistas que tras «aprobar la carrera» no están «a la altura» de su profesión, el fiscal jefe de la Audiencia Nacional esta vez se ha pasado de listo. Y no ya por lo fácil que resulta argumentar que cuando el autor de las Catilinarias hizo ese comentario debía de estar pensando en pautas de conducta como la del propio Zaragoza. Si todo se quedara en eso, estaríamos ante el mero efecto bumerán de un adorno retórico atolondrado. Su verdadero problema es que al haber hecho esa referencia ante tres magistrados con la formación jurídica y la probable base humanística de Javier Gómez Bermúdez, Alfonso Guevara y Fernando García Nicolás, corre el riesgo de que uno de ellos recuerde súbitamente cuál fue el caso que convirtió a Cicerón en el abogado más célebre de Roma y lo diseccione ante sus compañeros.

En el año 80 antes de Cristo el joven Marco Tulio tenía 27 años. Había llegado de Arpinum para abrirse camino en Roma y si hubiera existido el turno de oficio, se habría apuntado en la lista. Pero la dictadura de Sila no estaba para esas exquisiteces garantistas. La Justicia se ejercía en el Foro sobre plataformas al aire libre, de forma que era casi imposible que las emociones de una multitud muy politizada y fácilmente manipulable no contagiaran a los jueces. Por eso cuando el joven Sextus Roscius fue llevado a juicio ante la Quaesitio Inter Sicarios, una de las comisiones -salas, diríamos hoy- del Tribunal Penal de la República, nadie daba un denario por su suerte.

Se le acusaba nada menos que de parricidio, delito penado con una horrible muerte consistente en ser apaleado sin piedad, atado dentro de un saco junto a un perro, un gallo, una víbora y un mono y arrojado al fondo del río. Además toda la ciudad sabía del enorme interés del Gobierno en que fuera declarado culpable. Y aquel no era un Gobierno cualquiera, como tampoco el pulso de la calle era normal. Roma acababa de despertar de la más sangrienta de las pesadillas que se hacen realidad: las Proscripciones por las que Sila había puesto precio a la cabeza de todos sus enemigos y convertido en verdugos potenciales a los restantes habitantes de la urbe. ¿Quién podía siquiera atreverse a defender en esa atmósfera a Sextus Roscius? Cicerón lo hizo, denunciando la más sórdida de las conspiraciones.

Resultaba que el padre de Sextus Roscius, un rico propietario del mismo nombre arraigado en la localidad de Ameria, había sido asesinado junto a los baños de la Colina Palatina, durante su última estancia en Roma. Pese a que el periodo de las Proscripciones había ya concluido y a que la víctima era un abierto partidario de Sila, su nombre fue incluido retrospectivamente en la lista de los ejecutables. Eso permitió que sus bienes, valorados en seis millones de sestercios, se sacaran a subasta y fueran adquiridos por uno de los hombres de confianza del dictador, Cornelius Chrysogonus -nadie más se atrevió a pujar- por la ridícula suma de 2.000 sestercios.

Sin embargo los habitantes de Ameria abrieron una investigación por su cuenta, demostraron que era imposible que su convecino hubiera sido proscrito y empezaron a reclamar justicia. Fue entonces cuando se diseñó el plan para incriminar y condenar a Sextus Roscius, fabricando pruebas y comprando testigos falsos.

Siguiendo el hilo del cui prodest Cicerón descubrió enseguida que Chrysogonus había dispuesto de información privilegiada desde el mismo momento del crimen, a través de dos parientes del finado con los que éste tenía malas relaciones y que -¡oh coincidencia!- resultaron estar en Roma aquella noche. También descubrió que uno de los miembros de la comisión investigadora local, un tal Capiton, estaba a sueldo del magnate y, junto con los dos parientes, había recibido una parte del botín en forma de tierras.

En su discurso ante el tribunal y los miembros del jurado, Cicerón reconoció que Sextus Roscius tenía mal carácter, no se llevaba nada bien con su padre y podía temer ser desheredado. ¿Pero dónde estaban las pruebas materiales que acreditaran su crimen? En ninguna parte: todo lo que había alrededor era un reguero de indicios prefabricados contra él que, examinados uno a uno, carecían de consistencia alguna.

¿Quién había sido entonces el asesino? ¿Chrysogonus? ¿Los dos parientes de Ameria? A él no le correspondía la tarea de encontrar un culpable alternativo. Sólo podía subrayar quiénes habían sido los beneficiarios de esa muerte. Tal vez si las autoridades hubieran investigado los hechos con más celo, lo que simplemente era verosímil podría haberse comprobado. Él tenía una teoría pero, claro, no estaba en sus manos demostrarla. Por eso no alegaba lo que había ocurrido, sino que se limitaba a constatar lo que no había ocurrido.

Cuando el tribunal anunció la absolución de Sextus Roscius la muchedumbre que había escuchado con enorme atención los argumentos de la defensa, rompió en un cerrado aplauso que Cicerón siempre recordaría como uno de sus mayores timbres de gloria.

No estoy sugiriendo que si hubiera un Cicerón entre los esforzados letrados que, en condiciones muy adversas, han ejercido la defensa, todos los acusados del 11-M fueran a ser absueltos de todos los cargos que se les imputan. Tampoco que la mera evocación de este precedente, fruto involuntario de la fatua prosopopeya del fiscal Zaragoza, vaya a alterar la percepción que los miembros del tribunal tengan tras la vista oral de lo ocurrido en la masacre. Pero sí que, mirando las cosas desde el otro extremo del calidoscopio de la Historia, si los jueces romanos hubieran dispuesto de las opciones del derecho procesal español, su sentencia habría incluido la deducción de testimonio contra varios de los que conspiraron -como mínimo- para obstaculizar la acción de la Justicia y sembrar su camino de pruebas falsas.

En el caso de Sextus Roscius el veredicto sólo podía tener una cara: o era culpable y se iba al fondo del Tíber con medio zoológico comiéndole las entrañas o era inocente y volvía a su casa a pleitear para recuperar su patrimonio. En el macrojuicio que ahora concluye hay importantes posibilidades intermedias, pues no creo que nadie dude ni de que la trama asturiana traficaba con explosivos ni de que los amigos de El Chino y El Tunecino integraban una rudimentaria banda armada. El gran dilema jurídico y moral del tribunal estriba en determinar si las pruebas presentadas son suficientes para condenar a algunos de ellos por casi 200 asesinatos.

Es una lástima que, a diferencia del alegato de Cicerón, la requisitoria del abogado que ejerció la acusación, un tal Erucius, no haya pasado a la posteridad. Pero todo indica que, a falta del pan de la evidencia, su estrategia también debió consistir en repartir algunas tortas contra los sectores de la ciudad que no creían en la culpabilidad del acusado. Tendremos, sin embargo, que quedarnos con las ganas de averiguar si sus argumentos fueron aún más estrafalarios que algunos de los del fiscal Zaragoza.

En concreto su teoría de cómo Zougam, camuflando su identidad bajo una férula nasal, irrumpió cargado con dos voluminosas mochilas bomba en uno de los trenes y -tras depositar la primera- se bajó en una estación para desprenderse de la máscara, cambiar de indumentaria y volver a subir a un segundo convoy que llegaba con un par de minutos de intervalo para completar su siniestra siembra, parece francamente insuperable, excepto para los guionistas de las películas de Fantomas.

También su desdén por el método científico en la persecución de la verdad tiene difícil parangón. Es curioso repasar cómo la categórica certeza sobre la naturaleza del explosivo con la que la Fiscalía inició el juicio fue dando paso -cuando aparecieron componentes ajenos a la Goma 2 ECO- a muy diversas y pintorescas ocurrencias sobre la contaminación, para desembocar finalmente en ese encogerse de hombros con el que se abandona la partida que se va perdiendo. En el trecho que media entre los signos de interjección del «¡Vale ya!» y los del «¡Qué más da!» queda compendiada la crónica del naufragio que para el Ministerio Público ha supuesto la vista oral.

Ése es el verdadero trasfondo de la sobreactuación de Zaragoza y sus dos escuderos Olga La Llorona y Carlos Bautista, fan de Barrio Sésamo, arropados todos ellos por la prensa que ya emitió su veredicto antes incluso de que comenzara el juicio. Tan endeble y desairada se ha vuelto en lo sustancial su posición que todo su énfasis se centra en subrayar que no hay nada que pruebe la relación de ETA con la masacre. Al margen de que ninguna de las pistas que iban en esa dirección haya sido investigada, su impostada euforia equivaldría a la de Erucius si hubiera basado sus conclusiones en que no se había descubierto nada incriminatorio contra Chrysogonus, pese a ser el más favorecido por el asesinato.

Lo que tenía que probar Zaragoza no era la inocencia de ETA -a menos que los hábitos adquiridos durante la tregua hayan creado ya reflejos pavlovianos en la Fiscalía-, sino que la masacre se cometió con Goma 2 ECO suministrada por los asturianos. Y eso no lo ha conseguido. De ahí que el recurso dialéctico a la bronca sea el mejor síntoma de hasta qué punto su relato fáctico hace aguas por todas partes. Es la misma técnica con la que los partidarios de Sila calentaban al populacho en pro de los intereses de su bando.

Contando ya con ello, Cicerón apeló al comienzo de su intervención a la integridad el quaesitor o presidente del tribunal: «Y a vos, Fannius -sólo ha quedado el nombre del magistrado-, os suplico que despleguéis hoy ese gran carácter que el pueblo romano ha conocido ya cada vez que habéis ejercido la presidencia en este tipo de causas».

En el caso de Gómez Bermúdez el carácter ha quedado sobradamente acreditado durante estos cuatro meses de vista oral. Resta, sin embargo, por saber hasta qué punto él y sus compañeros se inclinarán por emitir un juicio salomónico en medio de la penumbra que sigue envolviendo los hechos y por dónde partirán la criatura de la versión oficial.

De todas maneras, antes de citar a un clásico, el fiscal jefe de la Audiencia Nacional debería por lo menos haber tomado la precaución de rastrear el resto de sus pensamientos escogidos. Porque, tratándose de Cicerón, habría sin duda reparado en que la premisa con la que se ponía siempre la toga era la de que «no debemos permitir nunca que ni la pereza ni la presunción nos lleven a dar por hecho que nada es verdad, antes de comprobarlo».

Qué mal trago le aguarda al Ministerio Público como haya dos de los miembros del tribunal que le salgan ciceronianos.


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NotaPublicado: Dom Jun 17, 2007 10:34 am 
Ciertamente a PJ se lo ha puesto a "huevo" el trío "lalala" (Olga, Javier y Carlos) . Ahora sólo hace falta que a los tres magistrados, bueno con dos como señala PJ nos conformaríamos, les haya quedado tan claro como a nosotros.


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NotaPublicado: Dom Jun 24, 2007 11:05 pm 
24 de junio de 2007

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CARTA DEL DIRECTOR

SOBRE EMPERADORES, PERIODISTAS, ZORROS Y ERIZOS


Este texto sirvió de base para la intervención con la que el director de EL MUNDO agradeció el pasado jueves en la localidad italiana de Santa Margherita Ligure la concesión del Premio Internacional de Periodismo Isaiah Berlin, instituido en memoria del gran pensador liberal que pasó allí buena parte de la última etapa de su vida.

I.- GUERRA Y PAZ EN EL NIEMEN

Este próximo lunes -mañana para el lector- se cumplirán 200 años de aquel mediodía en el que dos tripulaciones de remeros, cuyas barcas habían partido de las dos orillas del río Niemen, parecían competir por ver quién alcanzaba primero la enorme balsa construida justo en el centro de la frontera fluvial de Rusia. Sobre esa balsa se levantaba un pabellón cuyas dos puertas simétricas daban al escenario un aire inequívoco de comedia de enredo. Cada una de las puertas aparecía dominada por un águila imperial y por la inicial de la augusta persona que debía hacer su entrada a través de ella. A la puerta que se encaraba desde territorio ruso le correspondía la «A» y a la que se accedía desde la ribera dominada por los franceses, la «N».
Napoleón llegó primero y Alejandro cinco minutos después. Aún no habían transcurrido dos semanas desde la derrota rusa en Friedland y aquellos dos hombres pretendían aprovechar su armisticio para -como el propio Zar reconocería poco después al general Soult- «coger el globo terráqueo y repartirlo». Les unían su odio a los ingleses y su desprecio a los Borbones: en aquella entrevista en el río, a la altura de Tilsit, quedó, de hecho, bendecida la inmediata intervención francesa en España y Portugal.
La negociación fue un éxito. Ambos se piropearon hasta el borde mismo de la concupiscencia; pero el problema era que Alejandro quería ser Napoleón y Napoleón quería ser Alejandro. El joven Zar había sido educado en los principios de la Ilustración hasta el punto de sentirse republicano; admiraba el genio militar de Bonaparte y su proyecto de modernización de Francia y sólo le reprochaba su brutal comportamiento autocrático -digno de algunos de sus propios ancestros- en el secuestro y ejecución clandestina del Duque de Enghien y su decisión de ceñirse una corona no heredada. Napoleón veía en aquel apuesto monarca, al que comparaba con Apolo y con su actor favorito, Talma, la encarnación romántica del sueño imperial hacia el que, como conquistador y como gobernante, él mismo se sentía empujado por la mano del destino.
Rusia y Francia eran entonces dos imperios de muy diverso cuño. La estirpe de Alejandro Romanov -vigorizada por su abuela Catalina la Grande- llevaba en el poder ya más de dos siglos, durante los que había dominado despóticamente sobre una población en la que el 90% de las personas seguían siendo siervos, carentes de otros derechos que los que sus amos -la aristocracia, la Iglesia o el propio trono- tuvieran a bien otorgarles. Por el contrario la Francia de aquel Primer Imperio había brotado de las cenizas de la Revolución, a través de las catarsis de Thermidor y Brumario, conservando los recién adquiridos derechos civiles de todos los ciudadanos y enarbolando la bandera de la libertad como estandarte de sus conquistas «emancipadoras».
Sólo tendría que transcurrir un lustro para que el espíritu de Tilsit se desvaneciera y Napoleón volviera a cruzar el Niemen -pero esta vez del todo-, iniciando la invasión de Rusia y abriendo un segundo frente de batalla en Europa, en un movimiento precursor en sus errores del que acometería Hitler 130 años después, tras romper también el igualmente sorprendente pacto nazi-soviético. Es en ese escenario en el que transcurre la acción de Guerra y Paz y es sobre esa situación sobre la que Isaiah Berlin proyecta su interpretación inconformista de la Historia, empleando como herramienta la mirada cáustica de León Tolstoi.

II.- LOS DOS CONCEPTOS DE LA LIBERTAD

Tengo muchos motivos para estar agradecido al jurado que me ha concedido este Premio Internacional de Periodismo que ahora se me entrega en Santa Margherita Ligure, en memoria del gran pensador liberal ruso-británico, pero el mayor de ellos es sin duda haberme inducido a profundizar en su obra. Especialmente fascinante es el planteamiento de Isaiah Berlin en su ensayo El Erizo y el Zorro publicado en 1953. Parte de un fragmento del poeta griego Arquíloco: «El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una cosa grande». E inmediatamente clasifica a los más eximios escritores y pensadores en zorros centrífugos que exploran los más diversos horizontes de la condición humana, persiguiendo objetivos sin aparente relación entre sí e incluso contradictorios (Shakespeare, Montaigne, Aristóteles, Balzac, Joyce) y en erizos centrípetos que se aferran a un gran concepto, a una visión central -en cierto modo defensiva, como las púas del erizo- o a una única forma de mirar el mundo (Dante, Dostoievsky, Nietszche, Proust, Hegel). El caso de Tolstoi le parece lo suficientemente singular a Berlin como para no incluirlo en principio en ninguna de las dos categorías, pero enseguida nos invita a merodear zorrunamente con él -cual si de una indagación periodística se tratase-, en pos de su sentido de la Historia.
Es entonces cuando topamos con su mala opinión sobre el Zar Alejandro y los miembros de su Estado Mayor, quienes -según dice Berlin que dice Tolstoy- «están sistemáticamente engañándose a sí mismos cuando suponen que sus actividades, sus palabras, sus memoranda, sus resoluciones, sus leyes y todo lo demás son los factores motivadores que causan el cambio histórico y determinan los destinos de los hombres y las naciones; cuando en realidad no suponen nada: solamente la molienda del darse importancia en el vacío».
De acuerdo con esta percepción, «cuanto más altos están los soldados y los estadistas en la pirámide de la autoridad, más pequeño es el efecto de sus palabras y sus actos». Los verdaderos héroes del Moscú en llamas que pírricamente ocupan los franceses, son personas anónimas que actúan de acuerdo con sus más domésticos intereses, completamente de espaldas al significado histórico de sus actos. «En ninguna parte está el mandamiento de no probar el fruto del árbol prohibido del conocimiento tan claramente escrito como en el curso de la Historia. Sólo la actividad inconsciente es fructífera y el individuo que toma parte en acontecimientos históricos nunca entiende su sentido».
Así las cosas, no es de extrañar que el dúo Berlin-Tolstoi reserve las peores de sus opiniones para el propio Napoleón Bonaparte como prototipo de «quienes fingen ser capaces de comprimir la vasta multiplicidad de indescifrables causas y efectos de la Historia... en sus leyes 'científicas'». Ejemplo de «charlatanes» y modelo de «ciego liderando a otros ciegos», el heroico Bonaparte es para ellos el más «lastimoso» y «despreciable» de cuantos personajes componen el elenco de «la gran tragedia» de Guerra y Paz.
Napoleón fue un gran hombre -nadie discutiría esta afirmación-; pero ¿qué significa eso? Para deleite de Berlin, Tolstoi alega que el Emperador de los franceses no se enteró de nada de lo que pasaba durante la batalla de Borodino y que por lo tanto el que tuviera o no fiebre la víspera, sólo puede importarles a los cronistas de la banalidad. «Los grandes hombres -prosigue esta sonata a cuatro manos para dos pianistas escépticos- son seres humanos corrientes, lo suficientemente vanos e ignorantes como para hacerse responsables de la vida de la sociedad; individuos que prefieren ser culpados de todas las crueldades, injusticias y desastres justificados en su nombre, antes que reconocer su propia insignificancia e impotencia en el flujo cósmico que prosigue su curso, indiferente de sus deseos e ideales».
Lo más interesante de este demoledor enfoque es su profunda coherencia con la distinción entre «libertad negativa» y «libertad positiva» que pocos años después marcaría el cenit de la trayectoria de Isaiah Berlin como pensador de la sociedad abierta. Precisamente ahora se cumplirá medio siglo de aquel verano del 57 en que él comenzó a trabajar en la Pensión Argentina de Paraggi -el pueblo vecino a Santa Margherita- en la serie de conferencias que, en medio de una inaudita expectación, tratándose de un acontecimiento académico, pronunció un año más tarde en Oxford bajo el título de Dos Conceptos de Libertad.
Por un lado tenemos la gratificante libertad de los liberales, la que humildemente yo siempre he definido como «libertad con minúscula» y que Berlin bautizó con la sugerente paradoja de la «libertad negativa»: «Ser libre en este sentido significa no ser interferido por otros... La libertad política es simplemente el área dentro de la cual un hombre puede actuar sin la obstrucción de los demás... Cuanto mayor sea el área de no interferencia, mayor será mi libertad». Es Stuart Mill trasplantado al siglo XX: la libertad «frente a».
En el otro extremo del ring está la pretenciosa Libertad de los jacobinos, que en cierto modo emana de la Ilustración y terminará siendo prohijada por los socialistas y los comunistas, pero también por los nacionalistas e incluso por los fascistas. Todos la escriben con mayúscula. Es la libertad «para algo». Ese «para algo» incluye todo tipo de proyectos colectivos, desde la emancipación de los oprimidos, hasta la construcción nacional, pasando por la sociedad sin clases o el triunfo de la verdadera fe. Su denominador común es la absorción del individuo -¡en nombre de su derecho a la autodeterminación!- en una colectividad organizada cuyas autoridades se arrogan la capacidad de definir no sólo qué es lo que les conviene a sus miembros, sino qué es lo que en realidad anhelarían si hubieran conquistado ya plenamente la Libertad hacia la que se dirigen.
(Y déjenme hacer aquí un guiño irónico: ¿qué les parece que la principal causa del fracaso del estreno de Fidelio, la única ópera de Beethoven, planteada como un gran canto a la libertad por el aún rendido admirador de Bonaparte, fuera la huida de Viena de gran parte del público invitado como consecuencia de la entrada en la ciudad de las tropas napoleónicas?)
El contraste entre estas dos maneras de entender la libertad engloba muchos otros debates y el del papel del periodismo en la sociedad no es desde luego el más pequeño. ¿Somos perpetuos censores ejerciendo una constante labor de vigilancia y denuncia, un permanente contrapoder que complica la existencia a los demás poderes, o nos corresponde ser constructivos mediadores entre la opinión pública y los gobernantes, siempre que éstos hayan sido elegidos de forma democrática? Explicaré por qué me identifico mucho más con el periodismo «frente a» que con el periodismo «para algo».

III.- GERICAULT 'VERSUS' DELACROIX

Muchas de estas reflexiones se activaron en mi retina hace unos pocos días de forma elocuentemente plástica, al presentar en el Museo Thyssen de Madrid el número extraordinario de nuestra revista Descubrir el Arte que incluía una selección -caprichosa como todas- de las Cien Obras Maestras de todos los tiempos. Al llegar a la página en la que se reproducía La Libertad guiando al Pueblo de Eugène Delacroix, un reflejo de carácter defensivo -la noche anterior había estado leyendo a Berlin- me hizo echar de menos otro cuadro de técnica similar y composición muy parecida, pintado igualmente en París en ese primer tercio del siglo XIX: La Balsa de la Medusa de Theodore Gericault.
El foco principal de ambos lienzos lo constituyen sendos grupos piramidales de seres humanos enarbolando piezas de tela y otros objetos. Pero hay dos diferencias esenciales: los revolucionarios de Delacroix aparecen de frente -avanzan hacia nosotros- y, además de la bandera tricolor, esgrimen bayonetas y pistolas; en cambio los náufragos de Gericault están en su gran mayoría de espaldas -nos arrastran en su afán de salvación- y no blanden otras armas sino los harapos con los que tratan de llamar la atención del barco que se atisba en el horizonte.
Los revolucionarios de Delacroix avanzan pisoteando cadáveres. Sus rostros expresan la determinación de quienes saben lo que quieren. Son la vanguardia del pueblo en marcha. La Libertad, con su gorro frigio y sus pechos desnudos, representa a la vez la audacia de Danton, la pureza peligrosa de Robespierre, las consignas terroristas de Marat y, por supuesto, el imperialismo civilizador de Bonaparte. Pero también podría representar a Lenin en su discurso a los soviets, a Mao desatando a sus guardias rojos a modo de diablillos asesinos o a Adolf Hitler el día del putsch de la cervecería. Todas las utopías se funden en una misma idea de la «libertad positiva» que sólo permite al individuo realizarse dentro de la masa. Una misma idea de la «libertad positiva» que, en el fondo, ha engendrado todos los grandes horrores contemporáneos.
Los náufragos de Gericault ni siquiera saben hacia dónde van. No buscan la independencia de su pueblo, ni el triunfo de su clase, sino su salvación individual. Los cadáveres van quedando a sus espaldas. Son de sus compañeros de infortunio y tal vez muy pronto los tendrán que devorar. Su única esperanza está puesta en ese remoto y diminuto punto que nadie está en condiciones de identificar. Las autoridades -de la República, de la Marina, de la fragata Medusa- interfirieron en sus vidas imponiéndoles un azaroso viaje hasta el Senegal, designando a un inepto como capitán y nada menos que cortando las amarras que unía su frágil balsa a otras más resistentes. Lo único que anhelan ahora es que la persona que mande ese probable barco, cuya silueta se vislumbra, no ordene a su tripulación alejarse del lugar, a medida que les vea aproximarse. Piden al cielo que nadie interfiera en su última posibilidad de salvación. ¡Ah, si ellos supieran lo que pasa por la cabeza de ese capitán desconocido! ¡Ah, si ese capitán desconocido pudiera contemplar su angustia, siquiera fuera a través de su primitivo catalejo!
Es la fuerza desnuda del drama en ciernes la que arrebata toda carga paradójica al concepto de «libertad negativa» al que se aferra Berlin. Libertad frente a los naufragios colectivos, libertad frente al riesgo de devorar o ser devorado, libertad frente a lo arbitrario o lo malvado.
Siempre hemos dicho que los periodistas somos los notarios de la Historia en marcha. ¿Pero cuál es la Historia de la que levantamos acta? ¿La de los emperadores? ¿La de los revolucionarios? ¿O más bien la de los náufragos?

IV.- 'PROFESSORE' CON 'WALKMAN'

Es curioso observar cómo el periodismo salió una y otra vez al paso de Isaiah Berlin y él, elegantemente, lo esquivó otras tantas veces. Siendo aún muy joven, el mítico director de The Manchester Guardian C. P. Scott le entrevistó para cubrir una vacante en el periódico, pero desechó su candidatura cuando a la pregunta «¿Tiene usted facilidad para la escritura?», Berlin contestó con un pudoroso «no». A finales de los 30 coincidió en muchas ocasiones en las tertulias del colegio de All Souls donde residía -sancta sanctorum del pensamiento en Oxford- con el director de The Times Geoffrey Dawson, pero en lugar de cortejarlo, como otros colegas que anhelaban engrosar su nómina de colaboradores, Berlin se enfrentó siempre a su apuesta por la política de apaciguamiento de Chamberlain. Al acabar la guerra, el magnate de la prensa Lord Beaverbrook le ofreció una columna en el Daily Express, que él rehusó alegando que se sentía «como una institutriz suiza que era víctima de un ataque a su virginidad».
Aunque sólo terminaría por perder esa virginidad publicando en revistas de cierto empaque como The Atlantic Monthly -para la que escribió su famoso panegírico Churchill en 1940-, Foreign Affairs o Encounter, su actitud ante la vida tenía mucho que ver con la del periodista. «Soy como un taxi intelectual -solía decir, burlándose de sí mismo-; la gente me para, me pide un destino y allá vamos». Ya en la vejez, su biógrafo, Michael Ignatieff, lo describía como «un espectador que nunca se ha cansado del teatro de la vida y se imagina a sí mismo contemplando para siempre su escenario iluminado». Su amigo el poeta Stephen Spender aseguraba que «Isaiah sentía un interés por las vidas de los demás, reforzado por la convicción de que él era ajeno a las pasiones que las movían».
Al modo de Montaigne, «Berlin picaba un poco de aquí y otro poco de allá... y en ocasiones decía estar familiarizado con obras que apenas conocía». Avido conversador, curioso impenitente, como los buenos reporteros, como los más agudos columnistas, como los directores que disfrutan con su forma de vivir, siempre pareció comportarse como un zorro, husmeando, buscando, dando rodeos, entrando y saliendo con astucia en toda una variedad de corrales ajenos, en los que siempre quedaba la huella inteligente de su paso. Pero, como bien dice Ignatieff, «en realidad era un erizo que sabía una sola cosa grande».
Anticipando su propio recorrido, Berlin concluye en su ensayo sobre Tolstoi que el zorro que comienza Guerra y Paz, recreándose como un cronista de sociedad «en las triviales flores de la vida», termina siendo un erizo porque «su propósito es la búsqueda de la verdad» o, lo que en su caso es lo mismo, la búsqueda del sentido profundo de la Historia. Tolstoi creerá encontrarlo en esa Rusia coral, inmensa, inabarcable en sus millones de individuos con motivaciones propias, que -esperando la música de la ópera de Prokofiev- plantó cara a un estupefacto Bonaparte cuando esperaba que los siervos salieran en masa a su encuentro, recibiéndole como al libertador destinado a romper sus cadenas.
Berlin fue muy crítico con la guerra de Vietnam y no llegó a vivir los últimos autoengaños imperiales, cuando tampoco los chiíes iraquíes parecieron entender cuánto bien debían esperar de sus invasores. Pero su legado trasciende ya cualquier coyuntura porque esa «sola cosa grande» que terminó descubriendo fue nada menos que el hondo sentido de la libertad y el entendimiento crítico de cómo con tanta frecuencia es traicionada. La percepción de la Humanidad como una heterogénea suma de valores fluctuantes y a menudo contradictorios acabó convirtiéndole en el más lúcido apóstol del pluralismo, como único clavo ardiendo -como sinónimo de liberalismo- al que merece la pena aferrarse. ¿Dónde hay que firmar?
Sus miles y miles de páginas como ensayista podrían quedar compendiadas en una simple y maravillosa idea: «La libertad es necesaria para hacer posible la libertad». Y eso significa que, llevando el agua a mi molino, bendita sea la libertad de prensa cuando preserva la libertad de prensa. Nunca he concebido el ejercicio del periodismo -esa permanente crónica de todos los naufragios de la balsa de la Medusa- como un medio para lograr nada -ni el poder, ni la riqueza, ni siquiera la gloria-, sino como un fin en sí mismo que fatalmente implica una relación adversativa con el poder. Un vivir para vivir con peligrosa pero entretenida dignidad.
Siempre me sentiré a gusto jugando al escondite bajo todas las máscaras del zorro, merodeando de un lado para otro, saltando de historia en historia, de aventura en aventura, de conflicto en conflicto, envolviendo con las grandes exclusivas de hoy el pescado de mañana. Pero espero no dejar de reconocer nunca esas inapelables ocasiones en las que el erizo debe clavarse sobre el suelo, presentar sus armas en posición de combate, apretar los dientes y resistir la carga del Emperador tanto si se produce en nombre de la tradición como en el del progreso.
Porque, tal y como escribió Berlin a Philip Toynbee, explicándole su negativa a firmar un manifiesto a favor del desarme nuclear unilateral, «a menos que haya un punto en el que estés dispuesto a luchar contra viento y marea, y sean cuales sean los peligros... todos los principios se vuelven flexibles, todos los códigos se deshacen, y todos los fines mismos para los que vivimos desaparecen».
Y sólo espero que si algún día flaqueo o pierdo la fe en la consistencia de mis púas, acudan en mi auxilio la serena intuición, el ejemplo moral y la fortaleza ética de aquel Professore despistado que cada verano recorría a diario los caminos que unen Paraggi con Santa Margherita, mientras en su walkman escuchaba algún cuarteto para cuerda de Haydn.

pedroj.ramirez@el-mundo.es



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 Asunto:
NotaPublicado: Dom Nov 04, 2007 2:45 am 
Carta del director 4-11-2007


Citar:
Y Salomón partió el bebé

Aunque por antiguasrazones profesionaleshe tenidorelación con sudinámica e inteligenteesposa –todosaguardamoscon expectación su seguro best sellersobre cómo el gran hombre dirigióel megajuicio y fue gestando lasentencia–, debo ser el único periodistade cierto relieve que jamás haintercambiado palabra alguna conJavier Gómez Bermúdez. En plenavista oral del 11-M un amigo comúnme propuso organizar un encuentroprivado con él, alegando que manteníamúltiples contactos con muydiversos creadores de opinión. Aunque,como digo, esto me consta almenos desde la etapa en la que consiguiómovilizar apoyos judiciales ymediáticos contra la ofensiva desatadapara privarle de la plaza de presidentede la Sala de lo Penal de laAudiencia, a base de vincular sus argumentostécnicos con su idoneidadpara conducir el juicio por el 11-M,yo respondí que prefería dejarlo paradespués de la sentencia, pues noquería correr el menor riesgo deque, caso de coincidir ésta con nuestrastesis, alguien pudiera inventaruna nueva «conspiración» comoaquella en la que me metieron conGarzón, Cascos y Amedo.

Pese a que la asignatura queda,pues, pendiente –reconozco que micuriosidad se debilita cuando todoel mundo lee un mismo libro o ve lamisma película–, dispongo, sin embargo,de los suficientes testimoniosde referencia sobre su personalidadcomo para estar convencido de quesi Yaveh se le hubiera aparecido durantela hora del sueño y le hubieradicho: «Pídeme lo que quieras, queyo te lo daré», Javier Gómez Bermúdezno habría dudado en responder:«Dale a tu siervo un corazón prudentepara poder discernir entre lobueno y lo malo». Y Yaveh, muycomplacido por tal demanda, le habríacontestado: «Ya que me has pedidoesto, y no una larga vida, ni riquezas,ni la muerte de tus enemigos,sino sabiduría para obrar conjusticia, hago como me has dicho.Te doy un corazón sabio y prudente,como no ha habido antes de ti, nilo habrá después».

Así es como describe la Biblia, enel tercer capítulo del primer Librode los Reyes, la conversación que elDios de Israel mantuvo en la colinade Gabaón próxima a Jerusalén conel segundo hijo del rey David y suúltima esposa Betsabé, el cual prontosubiría al trono con el nombre deSalomón. Aunque en su etimologíahebraica Shlomo significa «pacífico», su acceso al poder fue al menostan controvertido como la conquistapor Gómez Bermúdez de la recurridapresidencia de la Sala de loPenal que implicaba la de estahistórica vista oral. Y tan importantescomo fueronpara nuestro juez losapoyos de algunosmiembros clave delPoder Judicial y destacadasfiguras periodísticasfrente a las impugnacionesde sus colegas Garzón –siempreGarzón– y De Prada, inicialmenterespaldados por la prensa gubernamental,también resultaron serlo paraSalomón las complicidades dos muy influyentes personajes desu tiempo que le ayudaron a atajarlas pretensiones de su hermanastroAdonías: me refiero al sacerdoteZadok y al profeta Natán.

Tanto es así que la gloria de Salomón,el rey sabio y justo que construyóel Templo, escribió el Cantarde los Cantares y deslumbró a la reinade Saba, siempre ha ido vinculadaa esa pareja que apostó por él deforma rotunda. Hasta el extremo deque la letra del atronador himno deHaendel que desde hace casi tres siglosse canta en la abadía de Westminstercada vez que se corona a unmonarca británico, y ahora ha sidoadoptado como lema musical de laChampions League, se limita a decir:Zadok the priest/ and Nathanthe prophet/ anointed Solomon king/and all the people/ rejoiced./ Alleluia.O lo que es lo mismo: «El sacerdoteZadok/ y el profeta Natán/ungieron Rey a Salomón/ y todos/se regocijaron/ Aleluya».

Nadie viene tan sólo del vientrede su madre, pero no seré yo quienpida que ningún cargo público –ymenos un juez– sea nunca rehén desus lazos personales. Ahora bien,eso no significa que el magistradotenga que olvidar los sentimientos ymotivaciones que mejor conoce. Todolo contrario. De hecho, Salomónadquirió su fama universal por unaresolución en la que, además de a la«valoración conjunta de la pruebasegún las reglas de la lógica y de laexperiencia», recurrió a la psicologíadel sentido común y sobre todoa su capacidad de interpretar losdictados del corazón humano.

La escena ha quedado recogidaen los lienzos de Lucas Jordán, deFrancisco de Urbino, de Rafael y dePoussin, en el maravilloso grabadode Gustavo Doré que hoy recrea RicardoMartínez e incluso en el heterodoxorecipiente dramático de Elcírculo de tiza caucasiano en el queBrecht equiparó la disputa de lasdos madres sobre el recién nacidoal contencioso entre dos repúblicassoviéticas por la jurisdicción sobreun valle. El Salomón de esa funciónes, por cierto, la antítesis del siempreatildado, bien compuesto y fundadamentepagado de si mismo GómezBermúdez: un borrachín corruptollamado Azdak que personificalos renglones torcidos de Diosy se cisca en «un Derecho que estan tonto que hay que aplicarlosiempre con toda seriedad».

Quienes nunca hemos sido marxistasy siempre hemos consideradoque hablar de «democracia formal» era un pleonasmo, no podemos,sensu contrario, despotricarcontra una sentencia judicial enfunción de que nos guste más omenos. En un Estado de Derecho,fruto de la legitimidaddemocrática, hasta las resolucionesmás erradas sonla expresión de la Justiciay eso nos obliga –máxime cuandoson recurribles– a contemplarlascomo prueba de la fortaleza del sistemaque defendemos. Tanto si nosdan la razón en todo, como si nos laquitan, como si –tal y como sucedeen este caso– nos la dan en unas cosasy nos la quitan en otras.

Pero lo que no podemos aceptares que, tal y como han escrito algunosde los pocos colegas que hanreaccionado ante el fallo del tribunalcon desapasionada serenidad, éstasea una «sentencia salomónica». Amenos, claro está, que la semanaque viene Gómez Bermúdez y susdos compañeros de Tribunal emitieranuna nueva resolución de otrostropecientos folios en la que, a la vistade las reacciones de las partes asu primera sentencia, llegaran a conclusionesdefinitivas diferentes. Porqueno podemos olvidar que Salomónsólo decide partir el bebé entrelas dos rameras que lo reclamaban–en el caso deAzdak lo que disponíaera tirar de él desde el exterior delcírculo de tiza aun a riesgo de descoyuntarlo–para comprobar cuál es lareacción de cada mujer, al provocaruna catarsis similar a la que, comoya relaté en su día, buscaba Hamletcuando invita a unos cómicos a representarante su madre, su padrastroy el resto de la Corte un asesinatomuy parecido al perpetrado en Elsinor.Lamadre verdaderano puede aguantarla visión de su bebéa punto de serdescuartizado yeso pone en evidenciaa la falsa.

Pese a la acepciónvulgar del término, loverdaderamente «salomónico», lo que sublima tantoal tercer y último Rey deIsrael como al antihéroebrechtiano, no es el decretopor el que ordena partir lacriatura, sino su entrega a lamujer que se opone a ello y escapaz incluso de cedérselo a laotra con tal de que el niño viva.Desde este punto de vista es muyelocuente el conformismo oportunistade la fiscal Olga Sánchez que,pese a ver rebatidas todas sus tesissobre la génesis y organización dela matanza y obtener condenas pormenos de un 40% de lo que pedía,se apresuró a declararse satisfechacon tal de poder esgrimir esa mitadescasa del trofeo obtenido contra algunosperiodistas críticos a los quetantas ganas tenía. Mucho máscoherente y digna de respeto ha sidoen este caso la reacción de PilarManjón, que ha anunciado que acudiráal Supremo en pos de esa conexióncon la Guerra de Irak que le hanegado la Audiencia.

Si nuestro periódico hubiera sidoparte del procedimiento, desdeluego que haríamos lo propio, persiguiendoobjetivos opuestos. Yeso que si tuviéramos que valorarla sentencia al peso, es evidenteque por muchas cortinas de humoque trace ahora el tridente gubernamentalformado por Rubalcaba,Blanco y Garzón –siempreGarzón–, basta comprobar el baremode la prensa internacional paraconcluir que la absolución de lostres cerebros, acusados formalmentede urdir y ordenar los aten-tados, inclina mucho más la balanzahacia nuestro escepticismo yafán de continuar buscando la verdadque hacia la credulidad y elconformismo de la mayoría denuestros colegas.

Es más: emulando a la segundaprostituta, me atrevería a decir que,a la luz de la coherencia intelectual,si los hechos probados sobre la ejecuciónde la masacre hubierantranscurrido tal y como los describeel Tribunal, y teniendo en cuenta suscriterios de valoración de determinadaspruebas, seríamás lógico quesus antecedentes fueran aquellos alos que se aferra Manjón –y de losque deserta Olga Sánchez– y que ElEgipcio, Belhajd y Haski hubieransido condenados a los mismos40.000 años que les han caído a Zougamy Trashorras.

Claro que yo sigo cuestionandoesa premisa, pero no porque hagade ingredientes como la autenticidadde la mochila de Vallecas, losobjetos que había o no había en laKangoo o la naturaleza y origen dela dinamita que estalló en los trenesun asunto de amor propio, sino porquela propia lectura detallada de lasentencia lo estimula en la medidaen que su redactor emplea un nivelde exigencia absolutamente asimétricoal enfrentarse a la autoría materialy a lo que la prensa gubernamentallleva años definiendo –a loque se ve ahora, muy a su pesar– como«autoría intelectual».

El Tribunal ha sido muy laxo a lahora de dar por hecho que la bombamal montada estaba en el tren de laestación de El Pozo, a la hora deconsiderar que puede haber más de60 objetos en el interior de una furgoneta«vacía», a la hora de establecerporcentajes cuantitativos a partirde unos análisis de los restos deexplosivos que sólo pudieron sercualitativos y no digamos nada a lahora de dar por sentado, de formapoco menos que olfativa, que todoslos muertos en Leganés pusieronbombas en los trenes y excluir, sinembargo, a Bouchar cuando es obvioque también habría fallecido allísi no hubiera tenido la suerte de serel que bajara la bolsa de la basura yel que pudiera salir corriendo.

Mucho más estricto lo ha sido, encambio, a la hora de establecer queel hecho de que el móvil adquiridocon la falsa fecha de nacimiento del11-M estuviera en casa de Belhadjno significa que Belhadj tuviera algoque ver con su compra, a la horade asumir la interpretación de laspalabras de El Egipcio más favorablea su presunción de inocencia o ala hora de valorar los indicios quepodrían haber destruido la deHaski.Por no hablar de la inaudita y muysospechosa candidez de los magistradosante el papel de Antonio Toro.Eso sí que es un in dubio pro reoy lo demás son tonterías.

Pero Javier Gómez Bermúdez esun hombre honrado, Alfonso Guevaraes un hombre honrado, FernandoGarcía Nicolás es un hombrehonrado. No me cabe ninguna dudade que todas estas unánimes apreciaronlas alcanzaron en concienciadespués de una minuciosa ponderaciónde los elementos puestos a sudisposición por el juez instructor yde las pruebas practicadas durantela vista oral. Han tenido la suerte,eso sí –suele ocurrirles a esas personasagraciadas a la vez con los donesde la sabiduría y la prudencia–de que su conciencia haya coincididotan oportunamente con su conveniencia,teniendo en cuenta las posicionesenfrentadas en la sociedadespañola y lo que el 11-M representópara el proceso democrático.

A diferencia de lo que ocurrió conlas sectarias conclusiones de la ComisiónParlamentaria –amortizadasal día siguiente por la opinión públicacomo mera expresión de la mayoríaaritmética de la cámara–, esta esuna sentencia que no puede dejarplenamente satisfechos sino a quienesfinjan estarlo por motivos tácticos,pero que tampoco deja totalmenteinsatisfecho a nadie. Cualquieradiría que el Tribunal hubieratenido en la cabeza lo que destacaríacada partido o cuál sería el titular decada periódico al día siguiente de conocersu fallo. Es una sentencia sinmás vencedores que el propio Estadodemocrático y las víctimas a lasque ofrece reparación y sin más vencidosque los 21 condenados por gravesdelitos. Estoy de acuerdo, eso sí,con ese colega que enfatizaba el otrodía que la sentencia «pone a cadauno en su sitio», tanto a los que hemosaportado desde la independencialos elementos esenciales refrendadoso rebatidos con mayor o menoracierto por los magistrados, comoa quienes a base de servir de terminalesde las intoxicaciones gubernamentalesacabaron alegando quela «marca» que El Egipcio tenía en lafrente era la prueba definitiva de supapel criminal en el 11-M.

Aunque no nos quedemos en absolutoconvencidos por algunas desus explicaciones sobre cómo sucedieronlos hechos, y ya que los juecestienen que ponerse muchas vecesen la piel de los demás para asífijar su criterio, parece obligado ponersepor una vez en la suya. Reiteroque han tenido mucha suerte al lograrque se produjera esa coincidencia,entre su conciencia y su conveniencia–¡eso sí que es una ciencia!–,pues ni siquiera el paréntesis delpuente habría amortiguado el shockque en la sociedad española hubieraproducido un veredicto que, ademásde la absolución de los tres falsos cerebros,hubiera incluido, por ejemplo,la mera condena a Trashorraspor tráfico de explosivos, habidacuenta de la falta de «certeza absoluta» –así lo dice la sentencia– sobrequé fue lo que estalló en los trenes yla inclusión de una serie de alambicadasconsideraciones sobre la naturalezade su dolo. ¿Estuvo a puntode ocurrir eso y hubo algo que en elúltimo momento hizo cambiar decriterio al Tribunal?

Pero, en sentido contrario, tambiéncabe imaginar la que se habríamontado si los jueces hubieran acreditadoque fue la invasión de Irak conapoyo de Aznar lo que llevó aAl Qaedaa encargar a El Egipcio y compañíaque montaran el atentado. Va aser inevitable que la sentencia hagalas veces de arma arrojadiza de aquía las elecciones, pero como se ha vistoya estos días tanto el PP como elPSOE tienen por donde agarrarla.

Total, que Javier Gómez Bermúdezha demostrado ser muy listo, tenermás cintura que Zapatero e inclusoque Messi y Robinho juntos yno dar puntada sin hilo. Fruto exclusivode su libre albedrío fue, desdeluego, la manera sesgada y tendenciosaen que resumió la sentenciacon todas las cámaras enfocándole,pues omitió cualquier alusióna las absoluciones clave, que cayeronal final como una especie de últimomazazo, y se recreó en la descalificaciónde las dudas sobre algunaspruebas, ofendiendo así gravementea aquellas personas en cuyoánimo él mismo había contribuido aalentarlas. También cabe reprocharle,por supuesto, su finalmenteabúlica encarnación de Poncio Pilatostanto ante los claros indicios delictivosen algunos testimonios prestadosdurante la vista oral –el alférezVíctor, la mujer de El Chino, elpropio Manzano–, como ante las patentesnegligencias que han trufadola investigación policial y la instrucciónjudicial. Pero, claro, todo estohubiera venido a desequilibrar aúnmás el fallo, en sentido contrario ala vigente correlación de fuerzasparlamentarias y mediáticas, con lasimaginables consecuencias en unoy otro ámbito.

Con su cráneo privilegiado y reluciente,su mirada felina y su ademánenérgico, Gómez Bermúdezbien podría pasar por el Yul Brinnerque en 1959 protagonizó la películade King Vidor Salomón y la reina deSaba. Aun edulcorado por las reglascomerciales del Hollywood de laépoca, el guión del filme no deja derecoger las alusiones críticas del Librode los Reyes a esa segunda etapade su vida en la que el sabio monarcase olvidó de quienes más lehabían ayudado, dedicó más tiempoa construir su palacio que el propioTemplo y terminó teniendo «700mujeres y 300 concubinas que ledesviaron el corazón».

No creo que los problemas delmonógamo Gómez Bermúdez puedanllegar por ahí y menos despuésde los merecidos reconocimientosque les aguardan a su esposa y a él.Ahora que se ha convertido desdehoy y para mucho tiempo en una figuracentral de la sociedad española,sin riesgo alguno ya de perder su recurridaplaza sea cual sea la composicióndel CGPJ tras las próximaselecciones, sin otro techo profesionalque la propia presidencia del Supremo,debería, sin embargo, tener encuenta la reflexión del profesor eméritoJohn Rogerson, experto en EstudiosBíblicos de la Universidad deSheffield, quien sostiene que el Génesisatribuye a Salomón un pecadode soberbia, al vincular la exhibiciónde su sabiduría –siempre es peligrosopasarse de listo, dicho sea con caráctergeneral– con el pecado deAdán y Eva de comer el fruto del árbolprohibido del conocimiento.

En todo caso, mientras él ajustasus cuentas ante el espejo, nosotrosdebemos comenzar a ocuparnos decómo mantener con vida esta mediacriatura que ha tenido a bien entregarnos.


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NotaPublicado: Dom Nov 04, 2007 3:40 am 
Y Salomón partió el bebé

Aunque por antiguas razones profesionales he tenido relación con su dinámica e inteligente esposa –todos aguardamos con expectación su seguro best seller sobre cómo el gran hombre dirigió el megajuicio y fue gestando la sentencia–, debo ser el único periodista de cierto relieve que jamás ha intercambiado palabra alguna con Javier Gómez Bermúdez. En plena vista oral del 11-M un amigo común me propuso organizar un encuentro privado con él, alegando que mantenía múltiples contactos con muy diversos creadores de opinión. Aunque, como digo, esto me consta al menos desde la etapa en la que consiguió movilizar apoyos judiciales ymediáticos contra la ofensiva desatada para privarle de la plaza de presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia, a base de vincular sus argumentos técnicos con su idoneidad para conducir el juicio por el 11-M, yo respondí que prefería dejarlo para después de la sentencia, pues no quería correr el menor riesgo de que, caso de coincidir ésta con nuestras tesis, alguien pudiera inventar una nueva «conspiración» como aquella en la que me metieron con Garzón, Cascos y Amedo.

Pese a que la asignatura queda, pues, pendiente –reconozco que mi curiosidad se debilita cuando todo el mundo lee un mismo libro o ve la misma película–, dispongo, sin embargo, de los suficientes testimonios de referencia sobre su personalidad como para estar convencido de que si Yaveh se le hubiera aparecido durante la hora del sueño y le hubiera dicho: «Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré», Javier Gómez Bermúdez no habría dudado en responder: «Dale a tu siervo un corazón prudente para poder discernir entre lo bueno y lo malo». Y Yaveh, muy complacido por tal demanda, le habría contestado: «Ya que me has pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para obrar con justicia, hago como me has dicho. Te doy un corazón sabio y prudente, como no ha habido antes de ti, ni lo habrá después».

Así es como describe la Biblia, en el tercer capítulo del primer Libro de los Reyes, la conversación que el Dios de Israel mantuvo en la colina de Gabaón próxima a Jerusalén con el segundo hijo del rey David y su última esposa Betsabé, el cual pronto subiría al trono con el nombre de Salomón. Aunque en su etimología hebraica Shlomo significa «pacífico», su acceso al poder fue al menos tan controvertido como la conquista por Gómez Bermúdez de la recurrida presidencia de la Sala de lo Penal que implicaba la de esta histórica vista oral. Y tan importantes como fueron para nuestro juez los apoyos de algunos miembros clave del Poder Judicial y destacadas figuras periodísticas frente a las impugnaciones de sus colegas Garzón –siempre Garzón– y De Prada, inicialmente respaldados por la prensa gubernamental, también resultaron serlo para Salomón las complicidades de dos muy influyentes personajes de su tiempo que le ayudaron a atajar las pretensiones de su hermanastro Adonías: me refiero al sacerdote Zadok y al profeta Natán.

Tanto es así que la gloria de Salomón, el rey sabio y justo que construyó el Templo, escribió el Cantar de los Cantares y deslumbró a la reina de Saba, siempre ha ido vinculada a esa pareja que apostó por él de forma rotunda. Hasta el extremo de que la letra del atronador himno de Haendel que desde hace casi tres siglos se canta en la abadía de Westminster cada vez que se corona a un monarca británico, y ahora ha sidoa doptado como lema musical de la Champions League, se limita a decir: Zadok the priest/ and Nathan the prophet/ anointed Solomon king/ and all the people/ rejoiced./ Alleluia. O lo que es lo mismo: «El sacerdote Zadok/ y el profeta Natán/ ungieron Rey a Salomón/ y todos/ se regocijaron/ Aleluya».

Nadie viene tan sólo del vientre de su madre, pero no seré yo quien pida que ningún cargo público –y menos un juez– sea nunca rehén de sus lazos personales. Ahora bien, eso no significa que el magistrado tenga que olvidar los sentimientos y motivaciones que mejor conoce. Todo lo contrario. De hecho, Salomón adquirió su fama universal por una resolución en la que, además de a la «valoración conjunta de la pruebas egún las reglas de la lógica y de la experiencia», recurrió a la psicología del sentido común y sobre todo a su capacidad de interpretar los dictados del corazón humano.

La escena ha quedado recogida en los lienzos de Lucas Jordán, de Francisco de Urbino, de Rafael y de Poussin, en el maravilloso grabado de Gustavo Doré que hoy recrea Ricardo Martínez e incluso en el heterodoxo recipiente dramático de El círculo de tiza caucasiano en el que Brecht equiparó la disputa de las dos madres sobre el recién nacido al contencioso entre dos repúblicas soviéticas por la jurisdicción sobre un valle. El Salomón de esa funciones, por cierto, la antítesis del siempre atildado, bien compuesto y fundadamente pagado de si mismo Gómez Bermúdez: un borrachín corrupto llamado Azdak que personifica los renglones torcidos de Diosy se cisca en «un Derecho que es tan tonto que hay que aplicarlo siempre con toda seriedad».

Quienes nunca hemos sido marxistasy siempre hemos considerado que hablar de «democracia formal» era un pleonasmo, no podemos, sensu contrario, despotricar contra una sentencia judicial en función de que nos guste más o menos. En un Estado de Derecho, fruto de la legitimidad democrática, hasta las resoluciones más erradas son la expresión de la Justicia y eso nos obliga –máxime cuando son recurribles– a contemplarlas como prueba de la fortaleza del sistema que defendemos. Tanto si nos dan la razón en todo, como si nos la quitan, como si –tal y como sucede en este caso– nos la dan en unas cosas y nos la quitan en otras.

Pero lo que no podemos aceptar es que, tal y como han escrito algunos de los pocos colegas que han reaccionado ante el fallo del tribunal con desapasionada serenidad, ésta sea una «sentencia salomónica». A menos, claro está, que la semana que viene Gómez Bermúdez y sus dos compañeros de Tribunal emitieran una nueva resolución de otros tropecientos folios en la que, a la vista de las reacciones de las partes a su primera sentencia, llegaran a conclusiones definitivas diferentes. Porque no podemos olvidar que Salomón sólo decide partir el bebé entre las dos rameras que lo reclamaban–en el caso de Azdak lo que disponía era tirar de él desde el exterior del círculo de tiza aun a riesgo de descoyuntarlo– para comprobar cuál es la reacción de cada mujer, al provocar una catarsis similar a la que, como ya relaté en su día, buscaba Hamlet cuando invita a unos cómicos a representar ante su madre, su padrastro y el resto de la Corte un asesinato muy parecido al perpetrado en Elsinor. La madre verdadera no puede aguantar la visión de su bebé a punto de ser descuartizado y eso pone en evidencia a la falsa.

Pese a la acepción vulgar del término, lo verdaderamente «salomónico», lo que sublima tanto al tercer y último Rey de Israel como al antihéroe brechtiano, no es el decreto por el que ordena partir la criatura, sino su entrega a la mujer que se opone a ello y es capaz incluso de cedérselo a la otra con tal de que el niño viva. Desde este punto de vista es muy elocuente el conformismo oportunista de la fiscal Olga Sánchez que, pese a ver rebatidas todas sus tesis sobre la génesis y organización de la matanza y obtener condenas por menos de un 40% de lo que pedía, se apresuró a declararse satisfecha con tal de poder esgrimir esa mitad escasa del trofeo obtenido contra algunos periodistas críticos a los que tantas ganas tenía. Mucho más coherente y digna de respeto ha sido en este caso la reacción de Pilar Manjón, que ha anunciado que acudirá al Supremo en pos de esa conexión con la Guerra de Irak que le ha negado la Audiencia.

Si nuestro periódico hubiera sido parte del procedimiento, desde luego que haríamos lo propio, persiguiendo objetivos opuestos. Y eso que si tuviéramos que valorar la sentencia al peso, es evidente que por muchas cortinas de humo que trace ahora el tridente gubernamental formado por Rubalcaba, Blanco y Garzón –siempre Garzón–, basta comprobar el baremo de la prensa internacional para concluir que la absolución de los tres cerebros, acusados formalmente de urdir y ordenar los atentados, inclina mucho más la balanza hacia nuestro escepticismo y afán de continuar buscando la verdad que hacia la credulidad y el conformismo de la mayoría de nuestros colegas.

Es más: emulando a la segunda prostituta, me atrevería a decir que, a la luz de la coherencia intelectual, si los hechos probados sobre la ejecución de la masacre hubieran transcurrido tal y como los describe el Tribunal, y teniendo en cuenta sus criterios de valoración de determinadas pruebas, sería más lógico que sus antecedentes fueran aquellos a los que se aferra Manjón –y de los que deserta Olga Sánchez– y que El Egipcio, Belhajd y Haski hubieran sido condenados a los mismos 40.000 años que les han caído a Zougam y Trashorras.

Claro que yo sigo cuestionando esa premisa, pero no porque haga de ingredientes como la autenticidad de la mochila de Vallecas, los objetos que había o no había en la Kangoo o la naturaleza y origen de la dinamita que estalló en los trenes un asunto de amor propio, sino porque la propia lectura detallada de la sentencia lo estimula en la medida en que su redactor emplea un nivel de exigencia absolutamente asimétrico al enfrentarse a la autoría material y a lo que la prensa gubernamental lleva años definiendo –a lo que se ve ahora, muy a su pesar– como «autoría intelectual».

El Tribunal ha sido muy laxo a la hora de dar por hecho que la bomba mal montada estaba en el tren de la estación de El Pozo, a la hora dec onsiderar que puede haber más de 60 objetos en el interior de una furgoneta «vacía», a la hora de establecer porcentajes cuantitativos a partir de unos análisis de los restos de explosivos que sólo pudieron ser cualitativos y no digamos nada a la hora de dar por sentado, de forma poco menos que olfativa, que todos los muertos en Leganés pusieron bombas en los trenes y excluir, sin embargo, a Bouchar cuando es obvio que también habría fallecido allí si no hubiera tenido la suerte de ser el que bajara la bolsa de la basura y el que pudiera salir corriendo.

Mucho más estricto lo ha sido, en cambio, a la hora de establecer que el hecho de que el móvil adquirido con la falsa fecha de nacimiento del 11-M estuviera en casa de Belhadj no significa que Belhadj tuviera algo que ver con su compra, a la hora de asumir la interpretación de las palabras de El Egipcio más favorable a su presunción de inocencia o a la hora de valorar los indicios que podrían haber destruido la de Haski. Por no hablar de la inaudita y muy sospechosa candidez de los magistrados ante el papel de Antonio Toro. Eso sí que es un in dubio pro reo y lo demás son tonterías.

Pero Javier Gómez Bermúdez es un hombre honrado, Alfonso Guevara es un hombre honrado, Fernando García Nicolás es un hombre honrado. No me cabe ninguna duda de que todas estas unánimes apreciaciones las alcanzaron en conciencia después de una minuciosa ponderación de los elementos puestos a su disposición por el juez instructor y de las pruebas practicadas durante la vista oral. Han tenido la suerte, eso sí –suele ocurrirles a esas personas agraciadas a la vez con los dones de la sabiduría y la prudencia– de que su conciencia haya coincidido tan oportunamente con su conveniencia, teniendo en cuenta las posiciones enfrentadas en la sociedad española y lo que el 11-M representó para el proceso democrático.

A diferencia de lo que ocurrió con las sectarias conclusiones de la Comisión Parlamentaria –amortizadas al día siguiente por la opinión pública como mera expresión de la mayoría aritmética de la cámara–, esta es una sentencia que no puede dejar plenamente satisfechos sino a quienes finjan estarlo por motivos tácticos, pero que tampoco deja totalmente insatisfecho a nadie. Cualquiera diría que el Tribunal hubiera tenido en la cabeza lo que destacaría cada partido o cuál sería el titular de cada periódico al día siguiente de conocer su fallo. Es una sentencia sin más vencedores que el propio Estado democrático y las víctimas a la sque ofrece reparación y sin más vencidos que los 21 condenados por graves delitos. Estoy de acuerdo, eso sí, con ese colega que enfatizaba el otro día que la sentencia «pone a cada uno en su sitio», tanto a los que hemos aportado desde la independencia los elementos esenciales refrendados o rebatidos con mayor o menor acierto por los magistrados, como a quienes a base de servir de terminales de las intoxicaciones gubernamentales acabaron alegando que la «marca» que El Egipcio tenía en la frente era la prueba definitiva de su papel criminal en el 11-M.

Aunque no nos quedemos en absoluto convencidos por algunas de sus explicaciones sobre cómo sucedieron los hechos, y ya que los jueces tienen que ponerse muchas veces en la piel de los demás para así fijar su criterio, parece obligado ponerse por una vez en la suya. Reitero que han tenido mucha suerte al lograr que se produjera esa coincidencia, entre su conciencia y su conveniencia –¡eso sí que es una ciencia!–, pues ni siquiera el paréntesis del puente habría amortiguado el shock que en la sociedad española hubiera producido un veredicto que, además de la absolución de los tres falsos cerebros, hubiera incluido, por ejemplo, la mera condena a Trashorras por tráfico de explosivos, habida cuenta de la falta de «certeza absoluta» –así lo dice la sentencia– sobre qué fue lo que estalló en los trenes y la inclusión de una serie de alambicadas consideraciones sobre la naturaleza de su dolo. ¿Estuvo a punto de ocurrir eso y hubo algo que en el último momento hizo cambiar de criterio al Tribunal?

Pero, en sentido contrario, también cabe imaginar la que se habría montado si los jueces hubieran acreditado que fue la invasión de Irak con apoyo de Aznar lo que llevó a Al Qaeda a encargar a El Egipcio y compañía que montaran el atentado. Va a ser inevitable que la sentencia haga las veces de arma arrojadiza de aquí a las elecciones, pero como se ha visto ya estos días tanto el PP como el PSOE tienen por donde agarrarla.

Total, que Javier Gómez Bermúdez ha demostrado ser muy listo, tener más cintura que Zapatero e incluso que Messi y Robinho juntos y no dar puntada sin hilo. Fruto exclusivo de su libre albedrío fue, desde luego, la manera sesgada y tendenciosa en que resumió la sentencia con todas las cámaras enfocándole, pues omitió cualquier alusión a las absoluciones clave, que cayeron al final como una especie de último mazazo, y se recreó en la descalificación de las dudas sobre algunas pruebas, ofendiendo así gravemente a aquellas personas en cuyo ánimo él mismo había contribuido a alentarlas. También cabe reprocharle, por supuesto, su finalmente abúlica encarnación de Poncio Pilatos tanto ante los claros indicios delictivos en algunos testimonios prestado sdurante la vista oral –el alférez Víctor, la mujer de El Chino, el propio Manzano–, como ante las patentes negligencias que han trufado la investigación policial y la instrucción judicial. Pero, claro, todo esto hubiera venido a desequilibrar aún más el fallo, en sentido contrario a la vigente correlación de fuerzas parlamentarias y mediáticas, con las imaginables consecuencias en uno y otro ámbito.

Con su cráneo privilegiado y reluciente, su mirada felina y su ademán enérgico, Gómez Bermúdez bien podría pasar por el Yul Brinner que en 1959 protagonizó la película de King Vidor Salomón y la reina de Saba. Aun edulcorado por las reglas comerciales del Hollywood de la época, el guión del filme no deja de recoger las alusiones críticas del Libro de los Reyes a esa segunda etapa de su vida en la que el sabio monarca se olvidó de quienes más le habían ayudado, dedicó más tiempo a construir su palacio que el propio Templo y terminó teniendo «700 mujeres y 300 concubinas que le desviaron el corazón».

No creo que los problemas del monógamo Gómez Bermúdez puedan llegar por ahí y menos después de los merecidos reconocimientos que les aguardan a su esposa y a él. Ahora que se ha convertido desde hoy y para mucho tiempo en una figura central de la sociedad española, sin riesgo alguno ya de perder su recurrida plaza sea cual sea la composición del CGPJ tras las próximas elecciones, sin otro techo profesional que la propia presidencia del Supremo, debería, sin embargo, tener en cuenta la reflexión del profesor emérito John Rogerson, experto en Estudios Bíblicos de la Universidad de Sheffield, quien sostiene que el Génesis atribuye a Salomón un pecado de soberbia, al vincular la exhibición de su sabiduría –siempre es peligroso pasarse de listo, dicho sea con carácter general– con el pecado de Adán y Eva de comer el fruto del árbol prohibido del conocimiento.

En todo caso, mientras él ajusta sus cuentas ante el espejo, nosotros debemos comenzar a ocuparnos de cómo mantener con vida esta media criatura que ha tenido a bien entregarnos.


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NotaPublicado: Dom Nov 11, 2007 9:29 am 
11-noviembre-2007

CARTA DEL DIRECTOR

'Viriato' aprieta, pero no ahoga


PEDRO J. RAMIREZ



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Por muy diversas que sean las circunstancias el corazón humano siempre responde de igual manera al mismo tipo de estímulos. Comprendo, pues, que a los pocos minutos del inicio de la lectura de la sentencia del 11-M algunos de los máximos dirigentes del PP sintieran la misma mezcla de estupor, decepción y congoja -si me pasó a mí, cómo no iba a pasarles a ellos- que debieron sentir el joven general José María Torrijos y sus más directos compañeros cuando aquel 2 de diciembre de 1831 todo empezó a ir mal desde que avistaron la costa malagueña.
Nada hay tan terrible como descubrir que se ha sido víctima de un engaño justo en el momento en que uno se dispone a consumar su gran cita con la gloria. El cuerpo humano lo somatiza. La primera reacción llega en forma de hormigueo circular en el estómago. Luego parece como si se bloquearan los pulmones, se encogiera la garganta y se obturara la epiglotis. Enseguida todo gira alrededor. Es el pánico, es la indignación, es el vértigo.

La sorpresa estupefacta que inicialmente invadió a los líderes populares al escuchar el tenor del sádico resumen judicial -¿desde cuándo las sentencias se «resumen» y, además, enfatizando asuntos tan laterales, 10 líneas entre 600 folios, como la hipótesis nunca investigada de que ETA hubiera tenido algún papel tangencial?- fue una sorpresa estupefacta equivalente a la que embargó a los conspiradores liberales embarcados dos días antes en Gibraltar, cuando fueron comprobando que su expedición había sido detectada por la policía fernandina, que en ningún lugar de la provincia de Málaga -ni siquiera en Alora, localidad natal de Javier Gómez Bermúdez- existía núcleo organizado alguno preparado para secundar su llamamiento a la insurrección y que en la playa de Fuengirola los únicos que les esperaban eran los soldados del Rey Felón, listos para cazarlos como a conejos.

Eso no era ni lo previsto, ni lo anunciado, ni lo esperado. Puede que en circunstancias así todo engaño tenga mucho de autoengaño, que sus expectativas nunca se hubieran construido sobre un fundamento real, que su propio idealismo y sus mismas ansias de quedar reivindicados ante la Nación fueran los principales mimbres de la trampa en la que acababan de caer. ¿Pero, entonces, qué sentido tenían los mensajes de Viriato? ¿Quién era, en realidad, Viriato?

La verosimilitud de los recados recibidos durante las semanas anteriores al Día D se basaba tanto en su procedencia como en su concreción. Desde el mismísimo entorno de la amistad o relación más íntima con dos de los miembros del Tribunal los dirigentes populares habían recibido cuatro confidencias: que Trashorras sólo iba a ser condenado por tráfico de explosivos, que la instrucción del juez Del Olmo sería duramente vapuleada en la sentencia, que habría deducciones de testimonios contra algunos policías, en línea con la alusión al «caminito de Jerez» -enclave del penal del Puerto de Santa María-, supuestamente esbozada por un magistrado ante una asociación de víctimas y que además...

Pues bien, nada de eso se estaba cumpliendo. Todo lo contrario. Mediocremente fundados o no, los ingredientes elegidos por el presidente de la sala para su alocución -la presencia real de los 61 objetos en el interior de la furgoneta «vacía», la autenticidad de la mochila de Vallecas pese a que nadie la viera en el tren o en el andén, la procedencia del explosivo «en todo o en su mayor parte» de Mina Conchita- parecían más bien destinados a proporcionar a aquella jauría de carniceros carlistones que aguardaba apostada tras los riscos de la playa de Fuengirola los elementos necesarios para maniatar a los prisioneros, someterles a un simulacro de juicio sumarísimo y proceder a su fusilamiento in situ, tal y como había sido previsto por los designios gubernamentales. De hecho aún no había concluido de hablar el magistrado, cuando Pepiño Blanco ya tenía marcadas y caracterizadas a sus principales víctimas: el condenado como «autor material» del «engaño masivo» a los españoles era Acebes, el responsable como «autor intelectual» Aznar y los «cooperadores necesarios» Rajoy y Zaplana. Así lo dijo enseguida, dejando para Del Burgo el papel de cómplice en el traslado de la dinamita intelectual de la intoxicación.

Con los mensajes de Viriato, azarosamente llegados a Gibraltar, había ocurrido lo mismo: demostraban tal conocimiento del estado de la guarnición, de la distribución de las tropas en la provincia y sobre todo del ansia de emancipación popular mediante el «rompimiento» de las cadenas del absolutismo que lo lógico era creerlos a pies juntillas. Por eso cuando el jefe de los desdichados expedicionarios descubrió que tras aquel seudónimo de patriota ibero no se escondía ninguno de sus correligionarios sino su antiguo superior y vieja Némesis, el gobernador de Málaga Vicente González Moreno -quien le había puesto el queso en la ratonera bajo directa supervisión del Consejo de Ministros-, el estupor, la decepción y la congoja alcanzaron su paroxismo.

A Torrijos ya sólo le quedaba agarrar con su mano izquierda al anciano ex ministro de la Guerra Francisco Fernández Golfín, poner la derecha sobre los dedos entrelazados del que fuera presidente de las Cortes durante el trienio liberal Manuel Flores Calderón y revisar que su amigo del alma el coronel López Pinto y su acólito favorito, captado entre los miembros de la sociedad de los Apóstoles de Cambridge, Robert Boyd, adoptaran el ademán necesario para componer la estampa de su martirio. Sólo les quedaba aguardar la caricia del viento en la pluma de Espronceda -«Helos allí: junto a la mar bravía/ cadáveres están, ¡ay!, los que fueron/ honra del libre, y con su muerte dieron/ almas al cielo, a España nombradía»- y la visita medio siglo después del pincel fotográfico de Antonio Gisbert, camino de su papel estelar en la ampliación de El Prado, bajo un monarca constitucional, en los albores del XXI.

Pero más o menos al mismo tiempo que sonaba la voz de «¡Apunten!», se escuchó en la sala, en las postrimerías de la vista pública, casi como leída entre dientes, la letra pequeña que lo cambiaba todo. Sí, la Kangoo, la mochila, Mina Conchita... todo eso había sido santificado por el Tribunal, pero los tres únicos acusados como inductores de la masacre, los tres únicos imputados con lazos de alguna consistencia con Al Qaeda, los tres únicos encargados -según la Fiscalía- de vengar con una masacre el apoyo de Aznar a la invasión de Irak, quedaban absueltos y con ellos también, en el plano político, los líderes del PP que se habían rebelado contra la caricaturesca e inconsistente versión oficial de los hechos. Viriato apretaba -¡vaya que si había apretado!-, pero no ahogaba. Las tres primeras confidencias eran falsas o al menos no se habían materializado, pero la cuarta era verdadera y ahora el estupor, la decepción y la congoja cambiaban de bando.

La orden de fusilamiento quedó de momento suspendida en el éter de la confusión. ¿Cómo era posible que El Egipcio, Belhadj, y Haski hubieran sido absueltos, cómo era posible que el relato de los hechos probados comenzara con los terroristas poniendo las mochilas en los trenes, cómo era posible que no se diera por buena ni una sola palabra del escrito de acusación sobre la génesis, planificación y organización de los atentados cuando lo que nos habían garantizado a nosotros era que...?

La programada orgía se había convertido en un coitus interruptus. Zapatero habló sólo de «mirar hacia delante», mientras Rajoy hacía compatible el respeto a la sentencia con el apoyo a nuevas investigaciones. La prensa oficialista proclamaba que estábamos ante un «caso cerrado», pero los grandes diarios de todo el mundo se empeñaban en llevarle la contraria: «In Madrid, no answers», diagnosticaba el Wall Street Journal.

Fueron las huestes gubernamentales las que por una vez se trocaron en ejército de Pancho Villa. Unos apuntaban hacia un lado y los otros hacia el contrario. Justo cuando la más meliflua de las voces del elenco destilaba inusitada bilis y juraba en arameo contra el bando «conspiranoico» -lo que hace la escasez de las audiencias-, sus mentores giraron 360 grados la torreta de sus cañones para acribillar al tribunal que había absuelto «por error» a El Egipcio y empujar a la Fiscalía, a punta de pistola editorial, a cambiar de criterio y recurrir la sentencia. Claro que sólo en lo accesorio -la pertenencia a banda armada- y de cara a la galería. Lo suficiente para que Conde-Pumpido pudiera engañar al personal, fingiendo que seguía persiguiendo a El Egipcio por «todo el daño que ha hecho», pero bastante menos de lo necesario para que el Supremo se replantee ese «daño» y esos «hechos» que, según la sentencia, no están acreditados «ni siquiera de forma indiciaria».

Rubalcaba instó a Rajoy a repetir con él: «ETA no ha sido», pero pronto se dio cuenta de que 'Irak' sólo tiene una letra más y de que 'GAL' tiene las mismas, por lo que volvió a ponerse la piel de cordero que últimamente luce con cierta donosura y protagonizó una comparecencia bastante razonable en la Comisión de Interior. Para frustración de los carniceros carlistones el anticlímax parecía haberse enseñoreado del escenario. Con Aznar vieron reabrirse el cielo de la inquina. La mera reafirmación de su diagnóstico ante la Comisión Parlamentaria, excluyendo las «montañas lejanas» y los «desiertos remotos» como lugares en los que se habría gestado la masacre, les dio el pretexto para tratar de culminar el fusilamiento contra la cúpula del PP en los términos previstos, como si en ese punto clave el Tribunal les hubiera dado la razón en lugar de alentar el escepticismo del ex presidente.

El resultado está a la vista de todos. A la voz de «¡Fuego!» Pepiño disparó su vídeo y tras el estruendo y la polvareda ni una sola de sus víctimas se tambaleó ni un ápice. La ceremonia de la ejecución pública transcurrió de acuerdo con los redobles de tambores planeados, pero a la hora de la verdad la munición suministrada por el Tribunal resultó ser poco más que balas de fogueo. El vídeo demuestra que lo que los dirigentes del PP pusieron una y otra vez en cuestión no fue la autoría material sino la autosuficiencia de los ahora condenados -«Tiene que haber alguien detrás», decía Rajoy a EL MUNDO ya en octubre de 2004- y que todas sus divergencias sobre la valoración de las pruebas por el instructor y la fiscal quedaron siempre flotando en el limbo de lo condicional: si esto se confirma... si esto se demuestra... Con ese material se podrá asestar algún que otro perdigonazo allí donde más escuece, pero es imposible matar políticamente a nadie. Si Salomón partió el bebé, el nuevo Viriato ha dejado con el mismo palmo de narices a ambos bandos.

Sobre relojes y relojeros

A partir de ahí todo ha sido ya cosmética. Tanto fundamento jurídico tiene decir en este momento que los propios suicidas de Leganés fueron los verdaderos «cerebros» de la masacre, como alegar que es imprescindible rastrear en los movimientos y conexiones anteriores de esos individuos, sin excluir gobiernos extranjeros, servicios de seguridad u organizaciones terroristas ajenas al integrismo islámico, para encontrar la mano que meció tan terrible cuna. Con la diferencia de que la lógica avala, además, esta segunda hipótesis.

Al margen de que, al atribuir ahora, de improviso, dicho papel a El Tunecino, la Fiscalía ha pretendido cambiar de caballo cuando el suyo ya se ha ahogado y ni siquiera le queda otro río que vadear que ese gran recurso que no piensa presentar, está siendo fascinante descubrir cómo de repente brotan los apóstatas de la doctrina de la «autoría intelectual» precisamente en los mismos predios en los que más arraigo obtuvo, como forma de parchear la patente falta de capacidad organizativa del comando de Lavapiés. No hemos sido ni los medios disidentes, ni el PP, ni siquiera las acusaciones particulares sino el ministerio público quien con esa u otras expresiones ha acuñado el concepto, delimitado su contenido y atribuido en falso las responsabilidades que ahora quedan pendientes de asignación.

En medio de toda la batahola de servilismo, camorra y ruido un único artículo ha planteado el asunto con brillantez y envergadura intelectual para llegar a conclusiones opuestas a las mías. Me refiero al texto de Manuel Conthe publicado el pasado martes en Expansión con el título de El espejismo del relojero. El nuevo presidente del Consejo Asesor de nuestras publicaciones económicas apela nada menos que a la «mano invisible» de Adam Smith y al «orden espontáneo» de Hayek para pedirnos a los liberales que no nos aferremos a un concepto tan intervencionista como el mito deísta del Gran Relojero.

No toda asociación de criminales precisa de un «señor X», individual o colectivo, por encima de los autores materiales de cada delito, viene a decirnos Conthe, e incluso trae a colación el sumario del caso Marey para cuestionar no la exoneración de González sino la condena de Barrionuevo basada, según él, «en conjeturas parecidas a las usadas por Santo Tomás para demostrar la existencia de Dios: una flecha en movimiento sería inconcebible sin un arquero».

Pero este ejemplo tiene un esclarecedor efecto boomerang. Cualquiera puede comprobar, ante todo, que la sentencia suscrita en 1998 por seis magistrados de la Sala Segunda del Supremo -Conde-Pumpido entre ellos- basa la culpabilidad de Barrionuevo no tanto en deducciones escolásticas como en el testimonio de la gran mayoría de sus coimputados que aseguraron haber ejecutado y controlado el secuestro de aquel pobre viajante confundido con un etarra, siguiendo instrucciones del entonces ministro del Interior. Si el relato de El Gitanillo ha sido decisivo para condenar a Trashorras -y a partir de ahí el Tribunal ha encajado como ha podido las discordancias o insuficiencias de los análisis de los explosivos-, el de Sancristóbal, corroborado por los de Planchuelo, Alvárez, Damborenea y Amedo fue el que destruyó la presunción de inocencia de Barrionuevo. ¿O alguien duda de que si Zougam hubiera reconocido su participación en los hechos y declarado que Haski le encargó poner las bombas, Belhadj le dio el dinero para el atentado y El Egipcio supervisó todos sus pasos, los tres habrían sido condenados en vez de absueltos?

Lo que sí es cierto es que el secuestro de Marey habría sido posible sin la intervención de la cúpula del Ministerio y de hecho hay numerosos episodios anteriores dentro de la guerra sucia contra ETA fruto de ese «orden espontáneo» que en este caso se correspondería con el cabreo, frustración y agresividad de determinados sectores de las fuerzas de seguridad. Para que agentes de la policía o de la Guardia Civil cometan secuestros y asesinatos utilizando de manera aberrante los conocimientos técnicos que han adquirido durante su fase de formación y trayectoria profesional no hace falta, en efecto, ningún Gran Relojero. Pero ¿puede decirse lo mismo del mayor atentado de la Historia de Europa cuando la autoría material acaba de quedar atribuida a un grupo de fanáticos sin apenas antecedentes -hasta ese momento un grupo más bien contemplativo- en conjunción con raterillos de poca monta?

Es fácil decir eso de que aquí el más tonto hace relojes, pero cuestión diferente es ponerse a ello. El aserto de que «no hay reloj sin relojero» es, efectivamente, discutible cuando se utiliza como metáfora de los más diversos principios de causalidad, pero se vuelve irrebatible si lo aplicamos en su desnuda literalidad porque las piezas de un mecanismo sofisticado de precisión nunca se ensamblan solas. Y es que para poder consumar el 11-M, de acuerdo con la propia narración de la sentencia, alguien tuvo que fabricar previamente 14 «relojes de la muerte», convirtiendo los sistemas de alerta de los móviles en iniciadores de las bombas. Una idea tan simple como inabordable para un lego en la materia, como advirtió el tedax que desmontó el artefacto de la mochila de Vallecas.

ETA lo intentó varias veces sin éxito y si en julio de 2001 Trashorras y Toro -o más bien Toro y Trashorras- buscaban a alguien que supiera fabricar «bombas con móviles» es porque ni siquiera en los circuitos del hampa y/o el terrorismo abundaba ese know how. Es muy significativo que ni en Morata, ni en Leganés, ni en ninguno de los otros refugios de los islamistas se hallara ningún soplete ni restos del material necesario para efectuar las soldaduras de los bornes de los móviles con los cables de los detonadores. Como también lo es que cuando los escondidos en el piso de la calle Martín Gaite intentaron volar el AVE lo hicieran mediante un sistema mucho más rudimentario: eso implica que no eran ellos los que dominaban esa técnica y que habían dejado de tener acceso a quien les ayudó -y tal vez dirigió- con el trabajo.

¿Quiénes fueron los que montaron las bombas del 11-M? ¿Quiénes eran esos «europeos» que dijeron hablar en «búlgaro» mientras compraban los teléfonos que luego serían desbloqueados en la tienda de un policía? ¿Quiénes eran los extraños residentes en la casa de Morata en los días previos al atentado cuya identidad El Chino ocultó incluso a sus más estrechos colaboradores? Puesto que la sentencia ni siquiera intenta contestar a nada de esto, yo me inclino a pensar que no es que nuestro nuevo Viriato malagueño haya buscado engañar a todo el mundo al mismo tiempo, sino que -cabronada en la escenificación al margen- más bien ha tratado de impedir que nadie pueda fusilar ni ser fusilado por su postura en este asunto, no vaya a ser que el futuro nos depare a todos grandes sorpresas. Tal vez por eso mi balance final sobre su veredicto es que no me ha parecido ni bien ni mal, sino todo lo contrario.

pedroj.ramirez@el-mundo.es


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NotaPublicado: Dom Nov 18, 2007 9:41 am 
18 de noviembre de 2007

¿Puede aún ganar el PP las elecciones?

PEDRO J. RAMIREZ

Hace unos días un medio de comunicación de nuestro grupo reunió entorno a la mesa a una decena de los principales empresarios españoles -construcción, finanzas, sector eléctrico, un buen pedazo de PIB en suma- y lógicamente llegó el momento de los pronósticos electorales. Una vez que hubieron hablado todos, quedaron perfilados dos bandos: el de quienes están convencidos de que después de los comicios de marzo el ministro de Economía seguirá siendo Solbes y el de quienes apuestan por la rehabilitación de Miguel Sebastián y su entrada triunfal en el Gobierno con dicho rango. Ni uno sólo de ellos -pese a la conocida adscripción al PP de varios de los presentes- se atrevió a augurar un triunfo de Rajoy y por lo tanto un relevo general de los ministros.
El episodio indica de manera bien elocuente que tres meses después de que yo advirtiera este verano que el PP no estaba siendo capaz de generar el dichoso efecto bandwagon -las contagiosas ganas de imitar a quienes se van subiendo al carromato del presumible vencedor- que es condición necesaria, aunque no suficiente, para poder ganar las elecciones, las cosas siguen pintando igual de mal para los populares. Con el agravante de que se ha reducido prácticamente a la mitad el tiempo que les queda para producir un milagro y que según nuestro último sondeo -concordante con casi todos los demás- es el PSOE el que vuelve a abrir hueco a su favor.

Puede alegarse, con razón, que en noviembre de 2003 ese mismo grupo de empresarios se hubiera mostrado unánimemente convencido de la victoria de Rajoy y que lo esencial será el clima social en el que amanezca España el día de la votación. Pero para que un vuelco tan grande en las expectativas pueda repetirse cuatro años después, no sólo sería imprescindible que el PP hiciera una campaña tan apañada como la de Zapatero entonces, sino también que se produjera un shock colectivo comparable al del 11-M y que el Gobierno socialista cometiera errores tan garrafales como los que determinaron la pésima gestión de aquella crisis por parte de Aznar. Que nadie siga engañándose a sí mismo con el efecto de la detestable manipulación del desconcierto ciudadano que los socialistas llevaron a cabo durante la jornada de reflexión: si en lugar de tratar de aprovechar la masacre contra el PSOE -precipitándose a asignársela a ETA para vincularla así a la condescendencia de Zapatero y Maragall con el infame episodio de Perpiñán-, Aznar hubiera convocado a todos los líderes a La Moncloa y afrontado la situación desde el consenso y la prudencia, el resultado de las elecciones no se habría visto alterado ni por la aparición de la Kangoo ni por la detención de Zougam.

Hay que suponer que Zapatero habrá quedado escarmentado en cabeza ajena y que no será su Gobierno el que, ante un episodio equivalente -ojalá no volvamos a vivirlo nunca-, reproduzca los errores del anterior. Por otra parte, de los tres escenarios más propicios para el PP con los que desde hace meses se ha venido especulando, uno -el de una sentencia del 11-M que tumbara de forma aparatosa la versión oficial- ya se ha esfumado pues esa partida ha quedado, de momento, en tablas; y otro -el de una crisis económica que golpee de manera sustancial los bolsillos de las clases medias- también está claro que no adquirirá suficiente consistencia de aquí a marzo. Sólo queda la hipótesis siniestra de una sangrienta ofensiva etarra, pero eso requeriría que la banda tuviera el empeño de intentar derribar a Zapatero -lo cual es más que dudoso teniendo en cuenta sus expectativas de reanudar el proceso de negociación política- y que el Gobierno perdiera la eficacia policial demostrada desde el final de la tregua. E incluso si se dieran esas dos premisas, una hábil política de comunicación, generando empatía y solidaridad ante el enemigo común, podría permitir al presidente que una parte importante de la sociedad cerrara filas entorno suyo.

No, aunque perdure entre sus fieles la sensación de que hace cuatro años se abrió la bóveda del cielo para que un rayo implacable le fulminara, el Partido Popular no puede esperar que sea otro fenómeno sobrenatural de carácter exógeno el que le devuelva al poder. Por eso la Convención Política de sus principales cuadros que hoy concluye debería estar sirviendo para una reflexión profunda sobre cuál es su situación y cuáles sus horizontes. Si ellos no lo remedian con un espectacular sprint final, volverán a perder las elecciones e incluso me atrevería a decir que a día de hoy existen más posibilidades de que se agrande la diferencia de aquel 14-M -sin descartar siquiera una mayoría absoluta socialista- que de que se reduzca.

En mi opinión estamos viviendo el tercer gran capítulo de la historia de la derecha democrática desde el inicio del proceso constitucional. Los dos anteriores han durado 12 años cada uno y sólo una decidida intervención del liderazgo popular para rectificar su actual deriva impedirá que este tercero se prolongue en la oposición hacia esa misma cota. El periodo 1977-1989 se caracterizó primero por la marginalidad y luego por la insuficiencia de AP como alternativa de poder: Fraga representaba de un modo insoslayable el viejo régimen, y sus posiciones autoritarias y genuinamente de derechas no lograron atraer a gran parte del electorado que quedó huérfano con la desaparición de UCD. Por eso su único papel posible era el de servir de comparsa en el sofá en el que Peces-Barba le ponía de vez en cuando junto a González. Cuidado, por cierto, con los grupos periodísticos que sólo aspiran a representar el mismo papel subalterno frente al gran imperio de Prisa.

El segundo periodo -el de la rebelión frente a esa hegemonía de la izquierda- abarca desde la designación de Aznar como candidato en el otoño del 89 hasta el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001: básicamente se corresponde con lo que podemos resumir como «el viaje al centro» y es la etapa en la que el PP obtiene triunfos tan memorables como el de las municipales, autonómicas y europeas del 95, la amarga pero decisiva victoria del 96 o la mayoría absoluta del 2000. La etapa de la regeneración democrática, de los pactos con CiU, de la supresión de la mili, de la entrada en el euro, de la bajada del IRPF, del pulso triunfante contra ETA y del inicio de un gran ciclo de prosperidad económica.

Entonces sucede algo con lo que nadie contaba. El cumplimiento de la palabra dada por Aznar de renunciar a un tercer mandato no se convierte en la culminación de la ruptura con un concepto patrimonial del ejercicio del poder que el PP decía estar impulsando, en contraste con lo que representó el felipismo, sino en el detonante de una paradójica involución hacia una forma de gobernar más petulante y personalista, en la medida en que el gran artífice de los éxitos anteriores deja de estar constreñido por su astucia política y su dependencia de la opinión pública; o lo que es lo mismo, deja de hacer lo que le conviene y empieza a hacer lo que le apetece, dando rienda suelta a sus fantasías sobre cómo ocupar un lugar en la posteridad.

En ese estado de ánimo, el ataque contra el gran símbolo del capitalismo en Nueva York sirve de catalizador para su matrimonio político con Bush. El dirigente conservador que siempre ha viajado dentro del atuendo reformista de Aznar cree haber encontrado a su alma gemela, sueña con legar a España un lugar en el Olimpo del G-7, siente que ha llegado el momento de liberarse de cautelas y constricciones y rompe unilateralmente el consenso en un gran asunto de Estado para apoyar la invasión de Irak, en contra del deseo de la inmensa mayoría de los españoles. Naturalmente que Aznar cree en lo que hace -eso no sólo les pasa a los jueces al dictar sentencia-, pero en el pecado encuentra pronto su penitencia, pues es la ofuscación en la doctrina de que todos los terrorismos son iguales lo que le lleva a cometer los desastrosos errores de los días posteriores al 11-M.

Seis años después de la tragedia de las Torres Gemelas, casi cuatro años después de su derrota en las urnas, el PP continúa siendo rehén de aquellas equivocaciones y la madre de todos sus problemas es la pérdida de los principales atributos que durante la década anterior caracterizaron su centralidad. El PP está dirigido por gente inteligente, atractiva y cargada de ingenio pero vuelve a ser percibido como un partido duro, inflexible, anticuado y antipático que reacciona a golpe de calentón. En gran medida ello se debe a la eficaz labor de propaganda de sus adversarios y al desequilibrio mediático -fruto de la mezcla de desconfianza y displicencia de Aznar hacia quienes más podían sintonizar con su proyecto-, pero también a la disposición de la cúpula del partido a dejarse arrinconar, como en los tiempos de Fraga, en posiciones políticas que suscitan el entusiasmo de los incondicionales -y estamos hablando de unos cuantos millones de votantes-, pero difícilmente servirán para atraer en un grado suficiente ni a los moderados indecisos ni a los jóvenes que se incorporan al proceso de participación política.

El gran mérito de Zapatero desde el punto de vista de la sociología electoral es haber logrado invertir las tornas respecto a la situación que se había fraguado en la segunda mitad de los 90 cuando el PSOE se había atrincherado en el voto con menos formación y mayor edad de la España provinciana y rural. Aunque el PP mantiene sus posiciones en Madrid y Valencia, gracias a la solidez de su gestión autonómica y municipal, ha dejado de ser el partido que representaba la modernidad y la transparencia frente al clientelismo y la corrupción, para volver a quedar identificado con una actitud demasiado conservadora e incluso retardataria de los cambios y respuestas que exigen los nuevos retos de la globalización. Desde este punto de vista la metedura de pata de Rajoy, calándose la boina del «pues mi primo me ha dicho», frente a la acumulación de evidencias científicas sobre la gravedad del cambio climático, fue una catástrofe de la que no tendrá más remedio que desquitarse, demostrando desde ahora una especial sensibilidad medioambiental.

Pero vayamos por partes. Cualquier proyecto centrista y liberal con vocación de alternativa al renovado socialismo de la ética indolora y los asesores internacionales de lustre, que tiene como emblema la sonrisa imperturbable de ZP, debe incluir a la Iglesia Católica y demostrar sensibilidad hacia sus inquietudes, pero la identificación de ambas agendas como viene sucediendo en esta legislatura es absolutamente contraproducente para los intereses del PP. Por muchos reparos que le produjera desde el punto de vista jurídico, el PP no debía haber dado la batalla contra el matrimonio homosexual en términos propios de quien combate un pecado. Tampoco debería oponerse a la investigación con embriones o a cualquier otro avance razonable de la biociencia. Y tampoco debería ser beligerante contra la existencia de una asignatura que se llame Educación para la Ciudadanía, tal y como sucede en buena parte de los países democráticos, sino más bien tratar de influir en sus contenidos para que los valores constitucionales -o la Educación Vial- se transmitan a los jóvenes sin sectarismos ni falsificaciones.

El cometido en el que el PP puede demostrar su utilidad no es la defensa de una supuesta e inaprensible Ley Natural frente al laicismo que nos invade, sino la protección de los derechos civiles de todos los españoles contra las concesiones arrancadas por los nacionalistas a un Zapatero voluble y oportunista que ha supeditado cualquier principio e interés general a su conveniencia u ocurrencia particular de cada momento. Este debería ser el principal ámbito de confrontación con un PSOE que ha terminado asumiendo todos los grandes parámetros de la política económica de Aznar y Rato y cuyo radicalismo en el terreno de la llamada Memoria Histórica o la política exterior ha terminado desembocando más en una chapuza interminable que en una alternativa de izquierdas digna de tal nombre.

Pero incluso esa confrontación en todo lo que se refiere a la cohesión nacional y la firmeza en la lucha antiterrorista deberían adquirir ahora un tono de grandeza y sentido constructivo. No es la hora de volver a llenar las calles detrás de las pancartas de la, por tantas razones admirable, pero no pocas veces demasiado radical, Asociación de Víctimas del Terrorismo, pues las negociaciones del mal llamado «proceso de paz» han terminado sin que los peores augurios sobre concesiones a los etarras se hayan consumado. Por supuesto que hay motivos para reclamar la ilegalización de ANV, afeando a Zapatero, Conde-Pumpido y Bermejo sus papelones en la farsa de la criba de sus listas, pero cuando ETA intenta infructuosamente asesinar semana tras semana, lo prioritario es el apoyo al Gobierno que lidera la lucha policial contra el terrorismo.

De cara a las elecciones, el PP tiene que demostrar que tiene un plan consistente para fortalecer a la España constitucional, obligar a los nacionalistas a rebajar sus pretensiones y mantener contra las cuerdas a los terroristas. Eso se llama -de acuerdo con la insuperable fórmula del añorado Anguita- programa, programa, programa. Ha llegado el momento del programa. El momento de proponer cómo neutralizar el chantaje permanente de las minorías soberanistas -por ejemplo, introduciendo en la Ley Electoral un porcentaje mínimo de votos a nivel nacional para obtener representación en el parlamento-, de proponer cómo garantizar el derecho de todos los padres a que sus hijos reciban enseñanza en castellano -por ejemplo, mediante una reforma de la LOE o mediante la creación de un circuito paralelo de centros educativos del Estado- o de proponer cómo blindar a los comerciantes frente a la persecución inquisitorial de la policía lingüística -por ejemplo, estableciendo la libre rotulación en cualquier idioma en una Ley de Bases del Comercio-.

En la medida en que estas propuestas, que deben reforzar también el cumplimiento de la Ley de Banderas, el monopolio estatal de toda representación en competiciones deportivas internacionales o el uso del castellano en cualquier medio de comunicación público de cualquier autonomía, supongan una oferta consistente en relación con el asunto que lógicamente más preocupa a sus seguidores, mayor será el margen de Rajoy para pedir lo mismo que pidió Sarkozy antes de iniciar la campaña: «Y ahora, amigos fieles que me habéis acompañado hasta aquí, dejadme las manos libres para intentar salir al encuentro de quienes no piensan como nosotros».

Ese es el último tren que va a pasar ante la actual dirección del PP: la posibilidad de hacer un programa audaz, atractivo e ilusionante a mitad de camino entre el liberalismo y la socialdemocracia. Un programa que apueste por estimular la participación política -listas abiertas o al menos desbloqueadas-, que vuelva a reducir los impuestos, pero también el despilfarro público -¿por qué no privatizar todas las televisiones que pagamos los contribuyentes?, ¿por qué no recortar drásticamente la burocracia funcionarial?- y que, sin embargo, no escatime recursos para la enseñanza, la seguridad ciudadana, la investigación científica, la inversión en banda ancha, la reducción de los accidentes de tráfico, las políticas de igualdad que primen la inserción laboral de la mujer sin necesidad de imponerla como cuota o... la lucha contra el cambio climático.

En el séptimo tomo de las Obras Completas de Ortega, y primero dedicado a sus trabajos inéditos, que un buen amigo acaba de enviarme al filo mismo de su aparición esta semana, puede encontrarse un artículo de 1919, probablemente pergeñado para su publicación como editorial en El Sol, con el sugestivo título de «¡Izquierdas! ¡Derechas!». Así, con exclamaciones. Su tesis era que el problema de la división de España en dos mitades quedaría muy atenuado si los votantes de derechas se sintieran cómodos con un gobierno presidido por el moderado Dato y sus adversarios pudieran aceptar el liderazgo del Marqués de Alhucemas «a quien se le pone a la izquierda como en las calles están a la izquierda los números impares». Al cabo de casi 90 años y con una buena tragedia colectiva de por medio, en la España desarrollada de hoy la disposición a la convergencia prima, por supuesto, sobre aquel ansia de polarización. Nadie ganará unas elecciones desde el extremismo. Si los socialistas se han sacado de la manga un republicanismo cívico leal a la Monarquía para limar casi todas sus últimas aristas, ¿por qué los populares no perseveran en aquel magnífico invento que fue el centro reformista y arrumban de una vez clichés del Pleistoceno que sólo les llevarán a una nueva reedición de la opereta de la honra sin barcos?


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NotaPublicado: Dom Dic 09, 2007 10:16 am 
9 de diciembre de 2007

CARTA DEL DIRECTOR

El 'cerebro matrioshka'

PEDRO J. RAMIREZ


Dos de los lugares comunes más habitualmente manejados sobre la fabricación de las muñecas rusas o matrioshkas -así denominadas por su apariencia cilíndrica de amplio radio, tan faltas de cintura y generosas en volumen como la mayoría de las ajamonadas madres de familia campesinas de la estepa o de la tundra- son que se trata de una tradición ancestral con muchos siglos de artesanía a sus espaldas y que cada una de las piezas que se esconde en la inmediatamente mayor es igual a todas las demás.

La realidad es que las primeras matrioshkas fueron fabricadas en una fecha tan tardía como 1890 en la factoría que el industrial Sava Mamontov -quien importó la técnica de Japón- tenía en un lugar próximo a Moscú llamado Abramtsevo. Y la realidad es que aunque en un principio cada juego se componía de un número variable de muñecas idénticas, pronto las piezas pasaron a ser simplemente parecidas o tan sólo correlativas.

Así es como, de hecho, nació la matrioshka «histórica» o «política», que representaba a una serie de zares, boyardos o personajes mundiales y alcanzó su apogeo durante la Perestroika en la famosa matrioshka Gorby. Del vientre del último amo del Kremlin salía su antecesor, el efímero Chernenko, del de éste brotaba Andropov, luego aparecía Breznev y así sucesivamente hasta llegar a unos diminutos Stalin y Lenin. También existía la variante opuesta -en cierto modo más rigurosa y coherente- en la que la primera gran mater era Lenin y Gorbachov su última y más escuálida criatura, fruto de la degeneración del homo comunista.

Ni cuando le entrevisté hace 15 años en Moscú, ni cuando conversé largamente con él la pasada primavera con motivo de su conferencia en homenaje a Churchill en Blenheim Palace, le llegué a preguntar a Gorbachov por esas matrioshkas -cualquiera diría que la naturaleza pintó la mancha azulada en su cráneo para hacerlas más vistosas-, pero imagino que, fiel a su honda ironía de siempre, me habría contestado algo similar a que las muñecas rusas son una buena prueba de cuán a menudo, en la política como en la vida en general, las apariencias engañan. Es cierto que él fue tan secretario general del PCUS como sus antecesores, pero ¿qué tuvo que ver su conducta en el poder con el leninismo o el estalinismo? Es el problema entre el principio y el final de todo dominó, pues con igual motivo podría el seis doble, colocado en el centro de la mesa al iniciar la partida, alegar su total falta de parecido con la blanca doble que sale en el último momento de la caja.

Pero la identidad no es condición sine qua non para la conexidad. Ni desde un punto de vista cronológico ni menos aún si se trata de establecer una cadena de causas, efectos y consecuencias. Por eso es posible y adecuado representar a la España actual como una matrioshka ZP -que podría comercializarse simplemente como La Matriozhka- en cuya última cavidad aparezca la siniestra figura de un encapuchado sin que eso quiera decir, naturalmente, ni que Zapatero proteja a ETA, ni que ETA esté detrás de Zapatero, ni que exista la menor relación directa entre el presidente y la banda.

En contra de los muchos tópicos que se difunden en los cada vez mejor organizados circuitos de la extrema derecha, el actual Gobierno está en estos momentos volcado en la tarea de combatir a ETA en todos los frentes. Tanto en La Moncloa como en el Ministerio del Interior se ha vibrado estos días con el drama del asesinato de los guardias civiles y la persecución y captura de dos de sus presuntos asesinos con las mismas emociones con que los anteriores gobiernos vivieron los reveses y los éxitos en la lucha antiterrorista. Hay sentimientos que ni siquiera Zapatero y Rubalcaba son capaces de fingir. Si la legislatura concluye como parece con la ilegalización de ANV y el PCTV -y con Otegi en la cárcel, y con De Juana en la cárcel, y con más batasunos y asimilados que nunca en la cárcel- habremos vuelto al punto de partida y resultará que el PSOE estará haciendo la política del PP, después de haberle breado durante cuatro años por atreverse a mantenerla mientras la propaganda gubernamental se aferraba al espejismo del «final dialogado de la violencia».

Podrá alegarse con razón que se ha perdido una legislatura, que se ha dado alas a ETA, que se han sentado irresponsables y oprobiosos precedentes de negociación política, que se ha maltratado en las formas y en el fondo a las asociaciones de víctimas. Todo eso es cierto, pero también lo es que se ha aprendido de experiencias anteriores, que si ETA ha podido engañar al Gobierno, el Gobierno también ha podido engañar a ETA, aprovechando sus contactos para algo más que para cruzar las rayas rojas que sensatamente le trazaba Rajoy y que fruto de todo ello es el alto nivel de eficacia policial exhibido desde el final de la tregua. Tal vez la moral de sus ideólogos más voluntaristas haya subido al verse tratados durante unas horas como interlocutores políticos, pero los hechos demuestran que -en contra de lo que muchos temíamos- ETA no está más fuerte que antes de su declaración de alto el fuego. Podrá cometer acaso un atentado espectacular, pero no se percibe que tenga capacidad operativa para mantener una ofensiva continuada durante meses, dejando un reguero de hasta 40 cadáveres como ocurrió en los años 2000 y 2001.

Yo he sido el primero en advertir que en el almario de Zapatero ha quedado la asignatura pendiente de la pacificación negociada y que siempre sentirá la tentación de volver a intentarlo con la misma obsesiva fijación con que el caballero que encarna al propio Bergman en El séptimo sello se empeña en jugar al ajedrez con la muerte. Pero al margen de que los juicios de intenciones basados en las fantasías de un gobernante deben complementarse con consideraciones de índole más pragmática -ahí tenemos lo ocurrido con Navarra-, todo indica que, más allá incluso de la voluntad de los actores, es el argumento de esa función teatral que ampulosamente llamábamos «proceso de paz» el que ha quedado desacreditado para siempre por los acontecimientos.

Aunque el Gobierno no fue capaz de verlo tras el sangriento zambombazo de la T-4 -ése es uno de los grandes reproches que en términos tanto éticos como políticos cabe hacerle a Zapatero- y emborronó todavía más su hoja de ruta con una tan bochornosa como postiza posdata, aunque Eguiguren y otros socialistas vascos puedan intentar seguir manteniendo vivas sus liaisons dangereuses en tal o cual lugar de Europa, la actual cúpula del PSOE ya sabe que la opinión pública española nunca más volverá a creer en una declaración de tregua de ETA ni a respaldar una negociación con la banda que no vaya precedida de la renuncia definitiva al terrorismo. El éxito de la última manifestación de la AVT, pese a haber sido convocada en un momento muy inoportuno para el PP y sin que existiera una motivación concreta inmediata, y el fracaso de la concentración unitaria a la que el PSOE llegaba con el lastre de unos socios nacionalistas que reivindican lo mismo que ETA aunque empleen otros medios, son los últimos síntomas de cuál es el pulso de la calle. Basta ya de zarandajas, clama la opinión pública: es hora de empeñarse sin desviación alguna en el objetivo de la «derrota de ETA».

El problema del actual Gobierno, y la razón por la que sería conveniente que Zapatero perdiera las próximas elecciones, no estriba en que al día de hoy, después de las correspondientes rectificaciones, carezca de voluntad y capacidad de actuar contra ETA en los frentes policial, judicial, penitenciario, político o diplomático. No, la cuestión esencial, la razón por la que el triunfo del PP de Rajoy se convierte en una necesidad nacional, es la aberración estratégica en la que ha incurrido el PSOE de Zapatero al estimular y satisfacer parcialmente las ínfulas soberanistas de esos socios nacionalistas que garantizan su hegemonía, fortaleciendo así -de manera indeseada, pero no por ello menos nociva- la retaguardia de la que se nutre espiritual y físicamente ETA. En la parábola inversa a la del niño que trata de llenar con el agua del mar su agujero en la arena, tenemos un gobierno que lucha tenazmente contra los efectos devastadores de las inundaciones, pero en lugar de fortalecer los diques que contienen las mareas contribuye a su demolición.

A mitad de camino entre la investigación académica y la ciencia ficción el profesor Freeman Dyson, uno de los más eminentes físicos vivos, enunció hace más de 40 años la doctrina de que «toda especie inteligente, al cabo de unos pocos miles de años de desarrollo industrial tiende a ocupar la bioesfera artificial que rodea a la estrella de la que es originaria». Surge así el concepto de esfera de Dyson o concha de Dyson como una especie de ámbito extraterrestre, superpuesto a la atmósfera, en el que avanza la colonización espacial. Pero a partir de ahí teóricos y autores difieren sobre el modelo con que podrá desarrollarse tal proyecto. Frente al esquema monolítico y compacto de lo que se denomina el cerebro Júpiter -todo responde al poder, la voluntad y la planificación de un único centro del que brota la energía- el científico Robert Bradbury, autoridad mundial en la investigación sobre el envejecimiento, y el novelista Charles Stross han desarrollado el concepto de lo que ambos llaman el cerebro matrioshka.

La imagen no puede ser más elocuente. El cerebro matrioshka es una megaestructura hipotética formada por un número variable de esferas de Dyson, insertadas unas dentro de otras al modo de las muñecas rusas y flotando todas ellas como anillos en torno a la estrella en la que se encuentra el foco originario de la energía. Esa energía alimenta en la primera esfera de Dyson a los más sofisticados computadores fruto de la nanotecnología, los cuales la transforman para adecuarla a los objetivos de quienes controlan tal plataforma y la transmiten a la segunda esfera mediante una especie de reverberación. El proceso puede repetirse cuantas veces se desee, de forma que, al final, el agente que ha puesto en marcha la reacción en cadena desde el centro carece de capacidad de controlar sus efectos últimos, pues cada esfera sólo puede influir en la inmediatamente siguiente.

Eso es lo que ha venido pasando en España desde que Zapatero, condicionado por los apoyos que le convirtieron en secretario general del PSOE contra todo pronóstico, bendijo y en cierto modo provocó la metamorfosis del socialismo vasco y catalán en variedades del nacionalismo moderado. Su hambre de llegar a La Moncloa se sumó a las ganas de comer de burócratas mediocres, profesionales de la lengua de trapo y farsantes sin oficio ni beneficio que con tal de alcanzar la Presidencia de la Generalitat o la del Senado han demostrado ser capaces de vender a su padre, a su madre y a su tía por el mismo precio. Que el cordobés Montilla se esmere en perfeccionar el catalán con la misma diligencia con que el Tío Tom iba puliendo sus modales para asemejarlos a los de los plantadores esclavistas o que la práctica totalidad de los cuadros que dieron la batalla al nacionalismo junto a Redondo Terreros hayan secundado el acercamiento de Eguiguren, Patxi López y la iluminada Gemma Zabaleta no ya al PNV sino a la mismísima Batasuna da una medida de cuán barato está ya el kilo de dirigente socialista en algunas latitudes.

Si el daño se limitara a la contaminación del PSC y el PSE por las ideas de sus tradicionales oponentes no estaríamos sino asistiendo a la aplicación del principio de Arquímedes a la vaciedad intelectual de la izquierda que Zapatero ha tratado en vano de paliar con sus eutrapelias sobre el republicanismo cívico, la Alianza de Civilizaciones y -¡chúpate ésa!- el «nuevo contrato del hombre con el planeta». Lo que amplifica y agrava el problema es su repercusión sobre las demás esferas flotantes que componen la galaxia nacionalista. Si eran los socialistas los que, para desconcierto general de sus votantes, abanderaban la superación de los Estatutos, fruto del consenso de la Transición, por otros tan ambiciosos como diera de sí la interpretación más laxa de la Constitución, haciendo suyo el concepto de «ámbito vasco de decisión» o proclamando que Cataluña «es una nación», a los nacionalistas moderados les tocaba radicalizarse (véase lo sucedido con Artur Mas en CiU) en sus planteamientos soberanistas, so pena de perder la batalla interna en su propio partido (tal y como le ha ocurrido a Imaz en el PNV).

Y si los moderados se radicalizaban -léase la entrevista con Urkullu de ayer en EL MUNDO-, los radicales de EA o ERC se han echado directamente al monte, aunque conservando, eso sí, importantes parcelas de poder institucional. Ejemplos como los del consejero de Justicia vasco, Joseba Azkarraga, o el del propio vicepresidente de la Generalitat Carod-Rovira, que no dejan de clamar un día sí y otro también contra la legalidad de la que emana su legitimidad, demuestran que en la España de ZP se puede estar a la vez al plato del Estado y a las tajadas de su destrucción. Si Maragall se tragó el sapo de la reunión de Perpiñán, ¿cómo no iba a pasar el patético Montilla por el aro de ver a la mitad de su gobierno manifestándose en la calle contra el partido a cuya ejecutiva él pertenece bajo un mar de banderas independentistas?

En ese contexto que el portavoz adjunto del PSC en el Parlament, Joan Ferran, denuncie la «costra nacionalista» -toma esfera de Dyson- que recubre a TV3 y demás medios públicos de la Generalitat, recuerda aquella anécdota de Franco cuando se refería a tal o cual fusilamiento diciendo que «a ése lo mataron los nacionales». Sería conveniente, eso sí -más que nada por clarificar las cosas-, que de una vez por todas se levantara acta de que el PSOE ha dejado de pintar un carajo en las decisiones del PSC.

De reverberación en reverberación, la estrategia que en definitiva han pretendido desarrollar durante estos años Batasuna y algunos incipientes émulos de la kale borroka en Cataluña es la misma que la de quienes han probado que se puede vivir muy bien con un pie dentro y otro fuera del sistema, con el añadido nada banal de la violencia. Es lógico que la asunción por parte de los socialistas de algunos de sus falsos dogmas identitarios y el correlativo desplazamiento de los nacionalistas hacia sus pretensiones de autodeterminación hayan ido envalentonándoles, hasta el extremo de hacerles ver por primera vez como asequible su programa independentista máximo. Y también es lógico que, cuando de forma ya casi rutinaria personajes que ocupan cargos públicos no cejan de expresar su frustración ante las limitadas facilidades que les otorga el Estado -a ellos todo les parecerá siempre poco- para contribuir a su propósito de trocearlo, los más audaces se sientan estimulados a tirar por la calle de en medio del cóctel molotov.

Es el escenario con el que siempre había soñado ETA -un presidente del Gobierno español que declarara que «el concepto de nación es algo discutido y discutible», se sentara en consecuencia a negociar sobre ello y se levantara de la mesa sin hacer ni una sola concesión sustantiva-, pues la creciente legitimación social de sus pretensiones, estimulada desde el propio poder central, vuelve a coincidir con el pleno funcionamiento de lo que su jerga define como «aparatos represivos del Estado». Su discurso está chupado: si hasta los socialistas -y los libros de texto de la ESO- reconocen que tenemos derecho a pedir lo que pedimos, si hasta los nacionalistas más amarrateguis están ya exigiendo la consulta al pueblo y resulta que la legalidad española continúa siendo una cárcel de la que no hay manera pacífica de salir, ¿cómo no va estar justificado emplear las armas, tal y como a lo largo de la Historia de la humanidad lo han hecho todas las naciones oprimidas?

Si yo pido que el PP sea un partido de centro abierto a todas las sensibilidades constitucionales y no el mero instrumento de la minoría nacional más conservadora es porque detecto que España tiene ya un problema de tal envergadura que es imprescindible afrontarlo mediante un nuevo pacto entre las dos grandes fuerzas políticas, equivalente al de la Transición, y tengo claro que el PSOE sólo participará de verdad en ese empeño si previamente es derrotado en las urnas. Si el PP se presenta a las elecciones con un programa genuina y excluyentemente de derechas no tendrá ninguna posibilidad de ganarle a Zapatero porque la sociedad española no percibe al presidente como el malvado vendepatrias que los más extremistas describen.

Hace bien Rajoy en convertir la oferta de un nuevo consenso en el mascarón de proa de su planteamiento electoral porque la única manera de jubilar anticipadamente a Zapatero es demostrar a la opinión pública que -al margen de que sus intenciones hayan sido mejores o peores- ha cometido gravísimas equivocaciones de fondo, al desatar unos demonios que hace tiempo ha dejado de controlar, los cuales terminarán por destruir nuestro modelo de convivencia si cuentan con cuatro años más para campar por sus respetos bajo la condescendiente sonrisa del presidente. Porque no en vano, en el artículo que la Wikipedia dedica al asunto, se especifica que «aunque la idea de un cerebro matrioshka no viola ninguna de las leyes físicas conocidas, los detalles de ingeniería para la construcción de tal estructura nos dejarían estupefactos, pues tal proyecto requeriría el desensamblaje de significativas porciones del sistema planetario de la estrella en cuestión, para convertirlas en materiales de construcción». Ni más, ni menos.


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NotaPublicado: Dom Dic 23, 2007 9:01 am 
23 de diciembre de 2007

CARTA DEL DIRECTOR

El belén de los tartufos

PEDRO J. RAMIREZ



Por muy acostumbrados que estemos al desparpajo, la caradura y la falta de escrúpulos intelectuales de nuestros políticos, todo debería tener un límite. Ya que el reglamento no habilita al presidente del Congreso para hacerlo, la Asociación de Periodistas Parlamentarios tendría que crear algún tipo de sanción moral para casos verdaderamente extremos, reabriendo una cárcel de papel como la de La Codorniz o, mejor aún, imponiendo mordazas virtuales durante un tiempo determinado, en homenaje a la que al final de cada episodio silencia al insoportable bardo de Asterix. De hecho el debate del jueves sobre el canon digital no debió concluir sin que alguna autoridad competente castigara al portavoz socialista López Garrido a permanecer un par de semanas colgado de un árbol con la boca herméticamente sellada por haber llegado a alegar que «la derecha defiende la propiedad inmobiliaria pero no la propiedad intelectual» y rematado la faena presentando tan inaudita tasa sobre las hipotéticas intenciones del hombre corriente nada menos que como prueba de que esta ha sido -toma del frasco- la «legislatura de la ampliación de los derechos».

Bonita manera de defender la «propiedad intelectual» ésta que se basa en sacarle la pasta al ciudadano raso por si acaso se le ocurre algún día hacer una «copia privada» de una canción y almacenarla en su móvil; para ipso facto entregar la recaudación a una autoconstituida Sociedad de Golfos Apandadores -sigo con mi inocente homenaje al cómic del siglo XX- que por una vez no sienten empacho en apellidarse Españoles.

Incluso en el caso de que ni siquiera se te haya pasado por la imaginación darle jamás tal uso a tu aparato -mire usted, es que yo sólo lo utilizo para hablar por teléfono... perdone, pero es que jamás escucharía música en un chisme así... oiga, es que antes abrirme las venas que someterme a la tortura de reproducir las canciones de los autores que ustedes representan...- tendrás que pasar por las horcas caudinas del canon digital. Y sirva lo de digital tanto por la graciosa y discrecional adjudicación de la sinecura, como por la perpetua presunción gubernamental de que, haga lo que haga el poder, los ciudadanos siempre nos chupamos el dedo.

Apurando el descacharre de la demagógica antinomia de López Garrido, esto es como si todas las comunidades de propietarios de fincas urbanas declararan de interés cultural los portales de sus inmuebles, pusieran precio a visitarlos y lograran gravar a todos los viandantes en previsión de que un buen día se les ocurriera entrar gratis a echar una ojeada en ausencia del portero. O como si los editores de periódicos cargáramos con una gavela equivalente los billetes de metro y autobús para compensarnos del lucro cesante que nos ocasionan todos los viajeros que leen de gorra los titulares de portada, el chiste de Ricardo y la columna de Raúl del Pozo en el ejemplar de su vecino de asiento.

Claro que si los propios émulos de aquella banda de cacos empeñada en hacerle el butrón al Tío Gilito han insertado anuncios bajo el rótulo de «En defensa de la copia privada», omitiendo la aclaración de que es previo paso por caja, tampoco podemos extrañarnos de que en esta neolengua más zapateril -lo digo por la rechifla- que orwelliana se le llame «ampliación de derechos» a la obligación de aflojar la mosca a cambio de un servicio que no quieres consumir. Cuando el Duque de la Rochefoucould proclamó en el siglo del barroco que «la hipocresía es un homenaje que el vicio le rinde a la virtud», no podía imaginar el largo trecho que aún quedaba por recorrer antes de que los derechos de autor encontraran tan sofisticadas «soluciones habitacionales».

Claro que si César Alierta pudo arrancarse con nobleza baturra para proponer a Javier de Paz como consejero de Telefónica, sin que a la primera repetición del estribillo en que necesariamente tuvo que convertirse la presentación en clave de jota de su currículo -«porque es amigo de Zapateroooo... porque de Zapatero es amigoooo»- le entrara la risa floja y todos los presentes estallaran en sonoras y chispeantes carcajadas, no va a ser un curtido bucanero como López Garrido quien se ruborice por hacer de recaudador de la troupe que tantas veces ha actuado gratis et amore bajo la carpa de los festivales de coros y danzas del partido.

La España de hoy ha batido tanto sus propias marcas de doblez y aturdimiento que celebramos con el sentido de la trascendencia que la ocasión requiere la eliminación en el Código Civil de la cobertura legal de los cachetes, capones y pellizcos paternales como prólogo de una escolarización feliz basada en la abolición de los suspensos y síntoma inequívoco del arraigo entre nosotros de los valores pacifistas fruto de la Alianza de Civilizaciones, sin apenas reparar en incertidumbres tan triviales de la misma jornada madrileña como si el hacha que esgrimía el encapuchado albanokosovar número uno llegó a rebanar los sesos del productor José Luis Moreno cuando impactó contra su cráneo en lógica respuesta a su resistencia a facilitar la combinación de la caja fuerte de su domicilio, si el destornillador del encapuchado albanokosovar número dos alcanzó a perforarle el globo ocular cuando ya su voluntad se iba ablandando o si las sádicas patadas que, una vez saqueado el domicilio, le propinó el encapuchado albanokosovar número tres con sus botas paramilitares fueron proporcionales a la demora con que su contumacia entorpeció aquel acto de justicia redistributiva.

Lo que sucede a nuestro alrededor en muchos lugares de Madrid se parece cada día más a las peores escenas de Reservoir Dogs, pero la narrativa oficial continúa anclada entre Shangri-La y la aldea de Heidi. Aún hoy ni Caldera, ni Rubalcaba, ni el propio Zapatero han admitido el calamitoso «efecto llamada» y sus daños colaterales en el auge y endurecimiento de la delincuencia de todos los colores que sigue provocando la atropellada regularización masiva de inmigrantes de hace tres años.

Y si pasamos de la Babel del crimen organizado a la Barcelona estatutaria, nada más coherente con el resto del paisaje que esa escena del pasado miércoles en el Parlament cuando los mismos diputados que en nombre de un pueblo abstracto o incluso inventado exigen ampulosamente «el derecho a decidir», abandonaron el Hemiciclo con hierático desdén en el singular momento en que un profesor universitario -Francisco Caja- se presentó con 50.000 firmas de catalanes con nombre y apellido reclamando una «decisión» tan concreta como el restablecimiento del bilingüismo en la escuela. Y, por supuesto, al día siguiente el interfecto fue displicentemente vapuleado en el patio que pastorean los kapos del patético Collegi de Periodistas -siempre prestos a hacerles el trabajo sucio a las autoridades-, por haber osado preguntar ante los escaños vacíos del partido de Carod si en la Cataluña del tripartito hace falta ser «terrorista» para conseguir que tan siquiera te escuchen.

Claro que en el País Vasco, mientras preparan el partido con el que la selección de Euskadi logrará prevalecer frente a la negra conjura opresora de Manolo el del Bombo, la Guardia Civil y el renegado antiguo medio centro del Athletic Angel María Villar, a los terroristas no sólo les escuchan sino que desde las instituciones públicas se sale directamente en su defensa. Así acaba de ocurrir con la infame reacción del lehendakari Ibarretxe y su consejero de Justicia Azkarraga, acusando a la Audiencia Nacional nada menos que de «encarcelar ideas» por su histórica condena a medio centenar de los que la sentencia -apoyándose en la elocuente ilustración de un Zutabe- presenta atinadamente como remeros de ETA.

Por primera vez los jueces parecen haber comprendido que los comandos de la bomba-lapa o el tiro en la nuca no ocupan sino el escaparate de la banda terrorista y que algunas de las hasta ahora consideradas como meras «organizaciones de apoyo» constituyen en realidad su «corazón» y sus «entrañas». Esto era desde hace años un secreto a voces en el País Vasco, pues como alega Tolstoi la esencia de la hipocresía consiste en que lo que aparentemente engaña a los hombres más sabios es percibido en su forma real «hasta por el menos despierto de los niños». De ahí que nada pueda agraviar tanto a las víctimas como contemplar a tales autoridades autonómicas execrando el propio Estado de Derecho del que emana su legitimidad, para continuar ejerciendo de comadronas y tutores de esa semilla del diablo que es fruto del cruce entre el nacionalismo y la mentira.

La mula y el buey de Batasuna ya saben que en el pesebre del PNV y EA nunca les faltará sustento y cobijo, pues como ha dejado bien claro Urkullu, arrumbando la efímera doctrina Imaz, los derechos históricos del Pueblo Vasco están por encima -como el yugo sobre el cuello de quien lo lleva- de los derechos humanos de los ciudadanos vascos.

Y al belén de los tartufos también llegan los Reyes Magos. Esta vez no vienen de Oriente sino de la propia Audiencia Nacional. Baltasar hace un año más de sí mismo sin necesidad de maquillaje alguno, pero el presente que le trae al niño es la llave del cajón en el que guarda los inconfesables secretos del chivatazo de El Faisán, aquel bar que servía de estafeta a la trama de extorsión de ETA y a cuya puerta quedaban retratados por las cámaras policiales los diversos artistas invitados. Como acaba de desvelar el mismo Fernando Lázaro que descubrió el pastel, en el sumario constan las fotos de todos ellos, incluido el jerifalte peneuvista Gorka Aguirre, a excepción de la de la persona que entró en el recinto con el teléfono móvil desde el que se avisó al recaudador de ETA para que pusiera pies en polvorosa.

Por la misma senda tortuosa y retorcida que en su día eligiera Baltasar cabalga ahora también su émulo Melchor del Olmo quien ya el año pasado por estas fechas hiciera méritos más que suficientes para ingresar en la cofradía de las togas tartufescas al encarcelar a los dos policías honrados, acusados sin base alguna de revelar secretos a EL MUNDO, y, con dureza de corazón propia del desalmado señor Scrooge, negarse a dejarles en libertad provisional hasta que un anónimo benefactor puso el dinero de la desorbitada fianza y escribió a su costa el final feliz de aquel insólito Cuento de Navidad.

Ahora lleva en la mano dos papeles. El primero es la solicitud al Poder Judicial de un permiso pagado para estudiar durante cuatro meses en París la instrucción de procedimientos difíciles vinculados al terrorismo islamista, en cuyo primer párrafo invoca su experiencia como responsable del sumario del 11-M. El segundo es la nota de prensa en la que asegura no haberse «aprovechado» jamás del 11-M, nos acusa de atentar contra su dignidad y revela, como quien no quiere la cosa, que ha hecho donativos a las víctimas del terrorismo. No es casualidad que la primera vez que Tartufo aparece en escena en la obra de Moliére, casi mediado ya el tercero de sus cinco actos, sea para decir que va de camino «a repartir el dinero de las limosnas». ¡Qué bien se las hubiera apañado Marsillach con las narizotas, las gafas de miope y el aire de meapilas de Del Olmo!

¿Y quién nos hubiera dicho hace un año que iba a cerrar esta cabalgata Gaspar Gómez Bermúdez, presunta antítesis por su rectitud, determinación y pericia tanto del Príncipe de la Judicatura como de la Pantera Rosa de la Audiencia y ahora pobre calcomanía de todas sus pifias y vanidades? Pues bien, sic transit gloria mundi. Así caen los imperios y ruedan con estrépito las famas y los prestigios.

El Salomón que partió por la mitad el bebé del 11-M lleva a su reina de Saba a la grupa del camello con la tercera edición de su devocionario de hipocresías en ristre. Encima va echando humo por las orejas, pues no le basta con haber sido exonerado de la revelación de secretos gracias a la laxitud infinita del Consejo, sino que también pretende que la doble condición de cargo institucional de confianza y aventadora de chismes y miserias de la autora quede amortizada por su empleador a beneficio de inventario. So pena, dice el muy truhán, de que quien tome la decisión de ponerla de patitas en la calle se convierta en «cómplice del chantaje de un periódico». ¡Cómo van cayendo las caretas! Ni que el libro lo hubiera escrito una redactora de EL MUNDO...

Es cierto que la cuerda va a romperse por la parte más débil y que lo que clama al cielo no es que la firmante de La soledad del juzgador sea jefa de prensa del Tribunal de Madrid, sino que esté casada con el magistrado que presidió el juicio y fue ponente de la notoria causa que relata. El CGPJ hace la vista gorda en lo más -para no contradecir su anterior manga ancha con Garzón- pero no puede dejar de ceñirse a la letra de la norma en lo menos. En todo caso el problema no es de legalidad, sino de moralidad Quod non veta lex, hoc vetat fieri pudor. Espero que ahora que estamos editando nuestra colección sobre la vida y obra de los grandes filósofos no haya ningún amigo latinista que me coja en falta en la traducción de esta cita de Séneca: «Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad». ¿O hemos llegado al punto en que ni siquiera el presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia comprende que algo puede ser tan lícito como indecente?

Y al belén de los tartufos también llegan los falsos pastorcillos. Dale, dale a la zambomba; toca, toca el almirez. Chaves, tratando de consolarse con su mustia pandereta del ejemplar revolcón judicial que le han dado el director de EL MUNDO de Andalucía Paco Rosell y nuestra letrada Cristina Peña; Maleni, explicando a tontas y a locas que a las inauguraciones no hay que ponerles fechas; y el abuelete Solbes, dejando propinas de uno o dos céntimos para tratar de bajar el IPC. Gadafi ha instalado su jaima en el castillo de Herodes y el gobierno de la Generalitat hace cola para el casting en el que se elegirá al caganer del año 2007.

De todos los personajes de la obra más emblemática de Moliére mi favorito es el de Orgon, dueño de la casa y defensor acérrimo del impostor Tartufo, hasta que la realidad hace caer la venda de sus ojos. En la legendaria versión de Enrique Llovet, montada e interpretada por Marsillach en el 68, ese papel lo hacía José María Prada. Quién tuviera la ductilidad y el don expresivo de aquel actor de calva pronunciada, voz de terciopelo y ojos encendidos para reflejar toda la sorpresa e indignación con que, escondido debajo de las faldas de la mesa, Orgon descubre la cínica falsedad de su protegido. Como buena obra de Navidad yo invitaría a Zapatero a compartir el escondite, conejo en ristre, y escuchar con atención el pasaje en que el hipócrita trata de seducir a la joven esposa de su anfitrión con su, digamos, programa electoral:

«Puedo disipar en vos, señora, esos temores ridículos, pues conozco el arte de eliminar escrúpulos. Verdad es que el Cielo prohíbe ciertos deleites, pero siempre pueden hacerse con él ciertos apaños. Según necesidades diversas hay una ciencia para relajar las ataduras de nuestra conciencia y rectificar la maldad de los hechos con la pureza de nuestras intenciones. Seréis instruida en estos secretos, señora; basta con que os dejéis guiar, satisfaced mi deseo y no temáis nada; yo os respondo de todo y asumo sobre mí el pecado. Mucho toséis, señora».

«¡Rectificar la maldad de los hechos con la pureza de las intenciones!» ¿Le recuerda eso a alguien, señor presidente? ¿Está usted dispuesto a «responder» de algo y a «asumir» algún «pecado»? ¿Cuánto le «toserá» el electorado el próximo 9 de marzo?


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NotaPublicado: Dom Ene 06, 2008 10:47 am 
6 de enero de 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Los 'ojalateros' y el Rey

PEDRO J. RAMIREZ


En la fantasmagórica Corte que el pretendiente Carlos María Isidro instaló en Estella durante la Primera Guerra Carlista se creó un grupo de presión -poder fáctico, le llamaríamos ahora- pronto bautizado como los ojalateros.
Tan ocurrente denominación es atribuida en el capítulo 30 del segundo tomo de la monumental historia del conflicto escrita por Antonio Pirala al valiente capitán de caballería Carlos O'Donnell quien, harto de escuchar al regreso de sus acciones militares comentarios del tenor de «¡ojalá hubiesen atacado ustedes por tal o cual parte!», «¡ojalá hubiesen hecho tal o cual movimiento!», se encaró con algunos de estos individuos y les espetó: «Siempre están ustedes con ojalás. ¿Son ustedes ojalateros?»

Aunque al principio este despectivo remoquete recayó en el obispo Abarca, su compinche en la camarilla de don Carlos, el intrigante Arias Teijeiro y otros miembros de su clan, pronto, según Josep Fontana, se extendió a todos «los cortesanos que acompañaban al pretendiente sin contribuir a la lucha con otra cosa que los '¡ojalás!' con que expresaban sus augurios de victoria». Más genérica es aún la acepción que el Diccionario Histórico del Carlismo de Josep Carles Clemente ofrece del término: «Se llamó así a los que lejos del combate soñaban con ganar la guerra sin más esfuerzo que el de su adhesión pasiva a la Causa».

Pero los ojalateros no se limitaban al escaqueo personal, sino que en lugar de situar el foco de sus cuitas en el bando enemigo azuzaban la inquina de don Carlos contra sus rivales en el propio, poniendo constantemente palos en las ruedas de aquellos que, como Zumalacárregui primero y Maroto después, daban la cara -y algo más- por la Causa.

No es de extrañar que esa actitud irritara a los combatientes dispuestos a morir «por Dios, por la Patria y el Rey», aunque según el propio Pirala a menudo ocurría que, sobre todo, daba pie al cachondeo y mofa por parte de la tropa: «Si al pasar los batallones por un pueblo o sus inmediaciones veían los voluntarios, entre las gentes que salían a verlos, alguno que creyesen ojalatero, principiaban a decir los unos: '¡Ojalá ataquen!', y contestaban los otros: '...Y ganemos'. Esto producía la hilaridad en las filas, que comunicándose desde la cabeza a la cola eléctricamente, se convertían en una gritería infernal, haciendo que desapareciesen los ojalateros».

Cuando el pasado domingo nos desayunamos con el enorme titular El Rey se defiende en la portada de nuestro principal competidor, mi primera reacción fue amortizar la ocurrencia en ese mismo tono de broma. ¿Cómo que El Rey se defiende? ¿De quién se tiene que defender el Jefe del Estado si nadie que pueda inquietarle le ha atacado? Caray, ni que fuera el juez Del Olmo, víctima de los conspiranoicos secundados por el PP...

El hecho de que los tiros fueran precisamente por ahí, exprimiendo hasta la saciedad el ya exhausto limón de que si Jiménez Losantos pidió una mañana la abdicación del Monarca y que si Esperanza Aguirre intercedió por él durante una comida en el Palacio Real, no venía sino a confirmar la pertinencia de esa mirada burlona y desdeñosa. ¡Oh, cuánto ruido para tan pocas nueces, cuánto desagravio para tan poco agravio!

Pero llega un momento en que la insistencia en amontonar sobre tan anecdótico perchero ropajes tan diversos como la quema de fotografías del Rey en Cataluña, el encontronazo con Chávez en Santiago de Chile o la majadería que dijo Anasagasti sobre la imaginaria ociosidad de los Borbones, hace ineludible una clarificación sobre lo que comenzó siendo presentado más o menos jovialmente como el annus horribilis de la Corona y ha terminado convertido por algunos en una dramática ofensiva en toda regla contra su titular.

De todos los avatares de este 2007 que hemos dejado atrás, probablemente, lo que más haya entristecido a don Juan Carlos, como buen padre de familia, sea la crisis matrimonial de su hija mayor. Y lo siguiente, la torpeza con la que la Fiscalía manejó el episodio de la zafia viñeta de El Jueves, perjudicando objetivamente a los Príncipes. Pero claro, ni lo uno puede atribuirse a la pinza entre la COPE y las Juventudes de Esquerra, ni a Conde Pumpido lo ha nombrado Rajoy.

En todo caso, después de esta caravana de incidencias agrupadas en el tiempo, el prestigio de la Familia Real continúa intacto, y no digamos el del Rey. No hace falta comparar el caso con el de otras monarquías reinantes, ni tampoco ceder a la benevolencia que siempre rodea la celebración del momento en que alguien se vuelve septuagenario. No, si el 70 cumpleaños de don Juan Carlos está dando pie a un veredicto tan positivo sobre su trayectoria -notable alto, según nuestra encuesta de ayer- es porque los españoles son conscientes de los méritos objetivos contraídos durante sus 32 años de reinado.

Un reinado que ha incluido desde el 23-F hasta el 11-M, desde un incierto periodo constituyente hasta etapas de gran estabilidad democrática, momentos de grave crisis económica y días de vacas gordas, inmensas alegrías colectivas y tragedias que nos han partido el corazón. El Rey siempre ha estado ahí, en su sitio, con la serenidad del estadista, la determinación del militar y la empatía del ser humano cálido y cercano, buscando la respuesta adecuada a cada problema, unas veces desde el arrojo y otras desde la prudencia. Casi siempre ha acertado y cuando se ha equivocado en asuntos relativamente menores -algún que otro amigo o alguna que otra cacería de más- la rectificación ha llegado enseguida.

No es un ser providencial ni el Monarca perfecto. Eso no existe ante los ojos de un país desarrollado en una sociedad abierta. Seguro que la Historia proyectará también sombras sobre determinados aspectos de su conducta. Pero en conjunto, que es como se valora a los hombres públicos, su figura es la de la persona adecuada en el sitio preciso en el momento correcto. Y en la España de hoy esto es un secreto a voces que forma parte del acervo colectivo.

Por eso nadie con entidad y consistencia cuestiona de forma articulada y permanente -criticar tal o cual dicho o hecho del Rey no es sino parte de la lógica democrática- la forma en que ejerce sus funciones constitucionales. Por eso ni don Juan Carlos se encuentra bajo ataque, ni menos aún necesita espadachines que le defiendan, aportando vendas donde no hay heridas y creando una equívoca sensación de excusatio non petita.

Cuestión distinta es que haga falta o no desenvainar, siquiera sea a efectos dialécticos, todas nuestras mejores armas con un motivo de mucho mayor calado y trascendencia. Porque por inaudito que parezca en España no hay una ofensiva contra el Jefe del Estado, sino contra el Estado mismo. No es la forma en que el Rey ejerce sus funciones lo que se cuestiona y vitupera, sino la existencia misma de esas funciones. No es el comportamiento del titular de la Corona como Monarca constitucional lo que genera algaradas, pancartas ofensivas y rituales crematorios en los campus y en los estadios, sino la mera vigencia de esa Constitución. No es a Juan Carlos de Borbón y Borbón, nacido en Roma, criado en Estoril y proclamado en Madrid, sino a la España, patria común de todos los españoles, a la que se quema en efigie.

El Rey y los principales miembros de su Casa lo entendieron perfectamente y así quedó reflejado en una clarificadora crónica de Marisa Cruz en pleno aquelarre independentista: los ataques no van contra la persona, sino contra la unidad de España. También lo reflejaba ayer nuestra encuesta: la única amenaza real que la mayoría percibe contra la Monarquía no emana ni de la COPE, ni de la izquierda republicana, ni de los amigos abusones, ni de la telebasura, sino del separatismo rampante de los nacionalistas. ¿Por qué los nuevos ojalateros manipulan ahora la realidad e invierten los términos, presentando a don Juan Carlos como víctima individual de oscuras combinaciones y manejos en un presunto contexto de normalidad y estabilidad constitucional? Muy sencillo: por su mala conciencia y sus ansias de camuflar su propio papel en el actual proceso de erosión no de la persona, sino del ideal que el Rey alienta y encarna.

Porque si cada vez que el Rey hace un llamamiento al consenso, la unidad o el espíritu de la Transición, este grupo periodístico, estrechamente vinculado al Partido Socialista y con frondosas ramificaciones en el mundo económico, académico y cultural se limitara a desgranar su monótono ora pro nobis del ande yo caliente -¡ojalá ETA depusiera las armas o hubiera colaboración en la lucha antiterrorista! ¡ojalá los nacionalistas actuaran con lealtad y moderación! ¡ojalá se repararan todas las injusticias del franquismo sin que nadie se molestara!- podríamos identificarlo con esa primera fase en la que si los ojalateros no contribuyen al empeño común, al menos tampoco molestan demasiado.

Pero si examinamos con algún detalle lo ocurrido durante toda la legislatura caeremos en la cuenta de que estos ahora aguerridos paladines que presentan a un Rey a la defensiva y se aprestan a acudir en su socorro frente a una inventada coalición de extremismos opuestos son los mismos que pidieron y obtuvieron la cabeza de Redondo Terreros y el cese del pacto constitucional en el País Vasco; los mismos que asumieron sin reserva alguna la fantasía de que se daban las condiciones para emprender una negociación política con ETA; los mismos que aplaudieron que tanto el PSE como la Fiscalía vulneraran o al menos burlaran la Ley de Partidos; los mismos que celebraron que se colocara en vía muerta el Pacto Antiterrorista; los mismos que aprobaron las reuniones secretas con Batasuna para crear una mesa de partidos con el objetivo de cambiar el marco legal vasco; los mismos que se tragaron el anzuelo de que ANV podía ser al 50% terrorista y al 50% democrática; los mismos que justificaron la excarcelación de De Juana Chaos por supuestas razones humanitarias; los mismos que fingieron ignorar la ignominia de que el proceso de paz continuara después del atentado de la T-4.

Sí, los mismos a los que les pareció bien que Zapatero se comprometiera a aceptar de forma incondicional un nuevo Estatuto Catalán que en la calle nadie demandaba; los mismos que se conformaron con unas enmiendas parciales que limitaran el daño del engendro parido en el Parlament; los mismos a los que les pareció bien que por primera vez en un cuarto de siglo de democracia las Cortes aprobaran la reforma de un Estatuto sin el voto de la oposición; los mismos que anhelan ahora una sentencia interpretativa del Tribunal Constitucional que en la práctica avale la autodefinición de Cataluña como nación, la consagración de sus privilegios y la merma de la solidaridad; los mismos que nunca levantan la voz ni porque en Cataluña ningún padre tenga el derecho efectivo de escolarizar a sus hijos en castellano, ni porque se multe a los comerciantes que no rotulen en catalán, ni porque se expulse de los medios públicos a los hispano parlantes; los mismos a los que les parece normal que Zapatero tenga como socios y presente como probables futuros aliados a quienes simultáneamente anuncian procesos de secesión con calendario incorporado y convierten hasta un partido de fútbol en un acto separatista.

Sí, sí, los mismos que han alentado que se remuevan las tumbas, se quiten selectivamente las estatuas y se revise sectariamente el pasado, legislando sobre la llamada Memoria Histórica; los mismos que han aplaudido la imposición sin más de las tesis gubernamentales en materias que deberían ser producto del acuerdo como la Educación, la Inmigración o la Política Exterior; los mismos que han caricaturizado hasta la saciedad a los contados socialistas partidarios de los grandes pactos de Estado; los mismos que han tildado de guerracivilista al primer partido de la oposición; los mismos que han acogido con entusiasmo la tesis del cordón sanitario contra el PP y predicado con el ejemplo; los mismos que ayer le rieron la gracia a quien englobó a sus adversarios en el saco de «la misma mierda» y hoy utilizan idéntica descalificación escatológica para quienes siguen sin aceptar la agujereada verdad oficial sobre el 11-M; los mismos que mañana, tarde y noche, por radio, televisión y prensa dividen maniqueamente a los españoles entre los adeptos progresistas y los reaccionarios desafectos.


O sea, que al Rey rogando y con el mazo dando como un metafórico martillo pilón, todos los días, golpe tras golpe, verso sin rima tras verso sin rima, en la cabeza metafísica de la «España posible» -dicho sea en homenaje a un clásico de nuestro ensayismo histórico- de Juan Carlos I.

¿Cuál era el verdadero móvil de los ojalateros? Pirala parece tenerlos bien calados cuando al final de ese capítulo ya mentado escribe: «Había personas que, aunque colmadas hasta más no poder de empleo, consideraciones y favor, temían que don Carlos, sentado en el trono, no tendría bastantes gracias para satisfacer su insaciable avidez, y por eso todo les causaba celos, todos les hacían sombra, y nadie que no fuese ellas solas podía inspirar confianza». Pretendían, en suma, la exclusividad del favor real, el monopolio del marchamo de patriotismo y el derecho de pernada sobre la lealtad a la Causa. Algo bastante difícil incluso en el seno de un mundo monolítico como el del carlismo y completamente imposible en una democracia pluralista.

Por eso nada me parece tan justo como que Pío Baroja se refiriera a estos individuos en las páginas de Zalacaín, el aventurero como hojalateros, incorporando a la ortografía de su denominación de origen esa primera letra que completa el juego de palabras que sin duda estaba en el subconsciente del capitán O'Donnell. Pues, en definitiva, lo más nefasto de este grupo no es el carácter insulso de su compromiso, sino la calidad tramposa de la mercancía que nos venden. Ojalá que en España caducara pronto, herrumbrosa, la hojalata.


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Traducción al español por Huan Manwë