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 Asunto: El comodín del público (VCT)
NotaPublicado: Vie Mar 06, 2009 6:09 pm 
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Cuando se cumplen prácticamente dos años del inicio del juicio del 11M y cinco desde que tuvieran lugar aquellos terribles atentados, cada día son más si cabe las dudas y las sospechas que se ciernen sobre la práctica totalidad de los aspectos que envuelven la investigación de los hechos. Si todos estábamos convencidos de que del juicio no saldría la verdad, sí al menos teníamos la esperanza de que fuera el inicio de una nueva etapa. Una etapa en la que quienes mintieron estando bajo juramento se verían obligados a aclarar de dónde habían venido las órdenes y las presiones para que lo hicieran. Una etapa, por qué no decirlo, en la que se tratara de esclarecer quiénes habían falsificado pruebas y, por qué no, en la que se volviera a instruir el caso. O mejor dicho, en la que se llevara a cabo, por fin, una verdadera instrucción.

Sin embargo y tal y como recordaba recientemente la Presidenta de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M, Doña Ángeles Domínguez, ni en la sentencia de la Audiencia Nacional ni en la del Tribunal Supremo, ni en la vista oral, ni en los recursos posteriores se vio nada de eso. A pesar de lo que el Presidente de la Sala, Don Javier Gómez Bermúdez les había dicho –entre otros- a las propias víctimas de la masacre, a ningún testigo, a ningún perito, a ningún mando policial se le dedujo testimonio. No había ningún interés por aclarar si eran ciertas o falsas, por ejemplo, las declaraciones de testigos protegidos que afirmaron abiertamente que diversos miembros del Cuerpo Nacional de Policía les habían obligado a firmar documentos falsos para incriminar a los supuestos autores del atentado.

Pero ese entorpecimiento de la Justicia a todo lo que pudiera significar avanzar en el esclarecimiento de los hechos, esa resistencia activa a que quienes habían dicho una cosa y la contraria se vieran en la tesitura de explicarnos por qué lo hicieron, no terminó con la sentencia del Supremo. Desde entonces hemos tenido varias oportunidades de comprobar cómo ese blindaje judicial sigue en pie si cabe con más determinación que nunca. Recientemente la Justicia rechazaba una solicitud de dos víctimas directas del 11M relacionada con los análisis de los restos de explosivos. Después de tardar año y medio en responder a la solicitud, el juez responsable tuvo a bien desestimarlas calificándolas de inútiles y dilatorias. Pudimos vivir otro episodio igual de sangrante cuando los abogados de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M solicitaron que se les remitiera el certificado de matrimonio de Jamal Ahmidan, uno de los supuestos autores del 11M y que, al haber sido supuestamente encontrado en un piso durante un registro policial, debería haber sido adjuntado al Sumario y haber sido puesto a disposición de las partes. No en vano el Tribunal aseguró, al término de la vista, que facilitaría a las partes todos los testimonios y documentos que solicitaran, para así garantizar que pudieran reclamar, con plenas garantías, tantas deducciones de testimonio como consideraran oportunas. ¿Por qué se negó el juez a entregarles a los abogados ese documento? La respuesta a esa pregunta se nos escapa, pero el asunto no es trivial, ya que son muchas las sospechas que recaen sobre casi todo lo que nos han contado acerca de Jamal Ahmidan.

En realidad, Jamal Ahmidan, conocido como El Chino es una de las figuras más inquietantes del 11M. En parte por la nebulosa de mentiras en la que está envuelto y en parte también porque es prácticamente el único de todos los supuestos implicados del que conocemos un cierto número de detalles. Y es que cinco años después del 11M, seguimos sin que nadie nos cuente cómo llegaron a formar una célula terrorista personas de las que, estando controladas por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, en muchos casos ni siquiera consta que se conocieran. De algunos de los supuestos suicidas de Leganés, como Asrih Rifaat Anouar, Abdennabi Kounjaa o los hermanos Oulad Akcha, prácticamente no sabemos nada. De la vida y la familia de Serhane, El Tunecino, unas meras pinceladas. Incluso de Jamal Zougam, el único de los supuestos autores materiales que ha sido juzgado y condenado, poco más sabemos que el que regentaba un locutorio.

Sin embargo, de Jamal Ahmidan se ha publicado, extrayendo los datos del Sumario, vida, obra y milagros. Literalmente, tal y como veremos más adelante. Así que cabe preguntarse, por un lado, a qué se debe tanto esfuerzo por recrear la personalidad, los antecedentes y el pasado de uno de los personajes clave de la trama del 11M. Y por otro lado, de paso, cabe hacerse igualmente una segunda pregunta: cómo es posible que haya tantas incongruencias y falacias en torno a todos esos hechos.

El personaje de El Chino: cuando la ficción se entremezcla con la realidad.

Decía el abogado Endika Zulueta, en su Escrito de Defensa de Rabei Osman “Mohamed el Egipcio”, que la Policía había tomado a la persona de Rabei Osman y la había adornado con un montón de patrañas para fabricar así el personaje de El Egipcio. En el caso de Jamal Ahmidan, podríamos decir que no de una, sino de varias personas diferentes, paulatinamente, han ido tomando rasgos o sucesos, para fabricar igualmente el personaje de El Chino.

Por los medios de comunicación nos fuimos enterando de cómo a El Chino… nadie le llamaba El Chino. Su entorno le conocía como Jamal y en la banda del asturiano Trashorras se le llamaba Mowgly. El propio Trashorras, en realidad, declaró que había conocido a un marroquí llamado Redouan al que ellos llamaban Mowgly y no a un tal Jamal al que conocían como El Chino. El Chino era, para algunas personas próximas a la familia, uno de los hermanos de Jamal: Abdelillah Ahmidan. Y es que son muchos los indicios que apuntan a que el personaje de El Chino fue construido tomando rasgos de varias personas más o menos relacionadas con las tramas supuestamente vinculadas al 11M.

Los hechos inverosímiles.

Algunos de los muchos datos que nos han dado sobre los viajes, las relaciones, los contactos, etc. de Jamal Ahmidan son realmente fascinantes. O más que fascinantes, digamos que rozan el delirio. Por ejemplo, se nos ha intentado convencer de que el 29 de febrero de 2004, Jamal conducía el coche lanzadera de una caravana de dos vehículos, el segundo de los cuáles iría supuestamente cargado con cientos de kilos de Goma-2 ECO. Y para reforzar la historia, no han dudado en dar todo tipo de detalles: le paró en su viaje la Guardia Civil, fue multado en varias ocasiones consecutivas, exhibió un pasaporte falso y se envalentonó ante uno de los agentes. Demasiados detalles como para que la historia no fuese cierta, podríamos pensar. Sin embargo, detrás de esos detalles se esconde la cruel realidad de que en la fotografía del radar de la Benemérita en las proximidades de Burgos no aparece ni un copo de nieve, cuando en esos días se registraron las mayores nevadas de los últimos cuarenta y cinco años. De hecho, se supone que El Chino cruzó a toda velocidad –una de las multas era precisamente por exceder los límites- media península en medio de esas terribles nevadas. Media península, incluido el Puerto del Escudo, que estaba cerrado al tráfico.

En ese viaje increíble Jamal Ahmidan se mantuvo despierto durante cerca de treinta y cinco horas ininterrumpidas en las que condujo a toda velocidad en medio del temporal, habló innumerables veces por teléfono, acarreó mochilas de decenas de kilos en caminatas de varias horas a través de impracticables caminos de cabras en las minas… En el juicio del 11M varios testigos y peritos (miembros de la Guardia Civil… antiguos trabajadores de Mina Conchita…) explicaron cómo en un día normal, de madrugada, sin carga y sin iluminación artificial, es prácticamente imposible hacer la ruta que supuestamente realizó nuestro personaje. Y dejaron claro cómo en medio del mayor temporal del siglo la mera posibilidad de que ese viaje tuviera lugar es completamente ridícula. Después de todas esas hazañas, lo de menos es que El Chino fuera capaz de hablar por teléfono móvil desde zonas en las que no hay cobertura. O que la Guardia Civil le permitiera continuar su viaje a un marroquí sin los papeles del coche, sin seguro, sin carné de conducir… conduciendo un coche robado, tras cometer varias infracciones y plantándole cara al agente que le multó. Simple y llanamente inverosímil.

Las mentiras.

Las increíbles proezas de Jamal Ahmidan pueden resultar más que chocantes, pero siempre habrá quien defienda que es posible cruzar el Escudo a 80 kilómetros por hora en medio de la mayor nevada del siglo… incluso aunque el puerto esté cerrado. Sin embargo, lo que resulta verdaderamente infumable es que la versión oficial construida en torno a El Chino afirme una cosa y la contraria. Eso sucedió, por ejemplo, durante el juicio del 11M. La supuesta esposa de Jamal Ahmidan declaró casi simultáneamente en la vista y en una entrevista a un conocido medio de comunicación. En uno de los dos escenarios manifestó que Jamal Ahmidan la había telefoneado el 3 de abril de 2004, justo antes de suicidarse, para despedirse de ella. Y en el otro escenario –nunca mejor dicho-, declaró exactamente lo contrario.

De igual manera, en el Sumario del 11M existen documentos de unidades policiales que arrojan datos completamente falsos sobre El Chino. Se afirma, por ejemplo, que Fouad El Morabit, otro de los imputados, conoció a Jamal dos años antes del 11M, cuando lo cierto es que El Morabit siempre ha declarado no conocer a Jamal Ahmidan y nunca ha sido capaz de reconocerle en fotografías. Se nos dijo también, siempre según la Policía, que el cadáver de Jamal Ahmidan fue identificado tras la explosión del piso de Leganés al cotejar las huellas dactilares de uno de los cadáveres. Según esa versión la Policía marroquí habría sido la que le comunicara a la española que la identidad del cadáver se correspondía con Ahmidan. Sin embargo en el Sumario del 11M no consta ninguna solicitud de esa información a Marruecos ni tampoco el envío de esa respuesta de nuestro vecino del sur. Lo que sí consta es que al cotejar la Policía española las huellas dactilares del fallecido con sus propias bases de datos, los ordenadores arrojaron un resultado inequívoco: se trataba del argelino Ahmed Ajon y no del marroquí Jamal Ahmidan. Independientemente de que El Chino utilizara, entre sus muchas identidades falsas, la de Ahmed Ajon.

Entre las mentiras más descaradas que sirvieron para conformar la personalidad de Jamal están las que tienen que ver son su supuesta estancia en una prisión de Marruecos y con su fuga de una cárcel española. Resulta curioso comprobar cómo lo que se nos contó de esa fuga no es más que un refrito de otra noticia ocurrida años antes y protagonizada por un joven iraquí. De nuevo somos testigos de cómo personas diferentes sirvieron para ir construyendo a El Chino, su pasado, su personalidad y en definitiva, su vida, como si del monstruo de Frankenstein se tratara. El asunto de la estancia de Jamal en la prisión marroquí es aun más sangrante, porque ha sido utilizado por la Fiscalía, la Policía y los medios de comunicación para justificar la transformación de Jamal Ahmidan: cómo habría pasado de ser un vulgar delincuente a un fanático islamista. Y es más sangrante porque ni siquiera coinciden las fechas: periodistas con acceso al Sumario han demostrado documentalmente que Jamal Ahmidan vivía en España en aquella época en la que se supone que yacía, preso, en una cárcel marroquí, en la cual se habría radicalizado hasta llegar a ser un peligroso terrorista. Aun más, casualmente y según publicó un periodista natural de Marruecos, el Sumario de la Justicia marroquí en el que se supone que podrían comprobarse todos los datos de ese caso ha desaparecido, textualmente. Lo que significa que no hay ninguna forma de comprobar si efectivamente Jamal estuvo preso en el país vecino tras cometer un homicidio. Poco o nada puede extrañarnos que la Justicia española rechazara la solicitud de los abogados de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M cuando hace unos meses quisieron que se les entregara el certificado matrimonial de El Chino. Lo más probable es que se haya desintegrado igual que el sumario marroquí.

Las contradicciones.

Llama la atención la cantidad de detalles que nos han contado relativos a la vida de Jamal Ahmidan. Y digo que llama la atención porque no hay un solo dato que se libre de estar bajo sospecha, inmerso en múltiples versiones contradictorias. Más les valdría a los defensores e ideólogos de la versión oficial que se hubiesen ahorrado todos esos datos. Al menos no habrían tenido que ser objeto de preguntas incómodas. Sobre la personalidad de Jamal, su supuesta esposa declaró dos semanas después de los atentados que no había notado ningún cambio en cuanto a la tolerancia religiosa de su esposo, que ella no cumplía los preceptos del Islam y que el hijo de ambos iba a un colegio católico. En posteriores declaraciones, un año después, la misma testigo protegido afirmaba que Jamal Ahmidan se había convertido en un fanático islamista tras pasar por las cárceles marroquíes.

La misma situación se repite cuando a esta testigo, la supuesta esposa del marroquí, la interrogaron sobre el alquiler de la finca de Morata de Tajuña: en su primera declaración daba unas fechas y en las siguientes, muy posteriores, daba otras completamente distintas pero que hacían cuadrar algunas de las piezas que inicialmente no habían encajado en la versión oficial.

De igual manera, hermanos de Jamal Ahmidan también fueron interrogados sobre otros aspectos de la vida de su hermano, como las estancias en Marruecos y las viviendas que ocupaba, pero es imposible encontrar una declaración en la que lo testificado por éstos concuerde con lo que dijo la supuesta esposa de El Chino. Hasta tal punto llegan las diferencias que Rosa María, la mujer de Jamal, afirmó que Mustafá, hermano de Jamal, había alquilado el piso en el que la pareja vivía con su hijo… seis años antes de que Mustafá llegara a España.

Como comentábamos en el apartado anterior, hay datos que acreditan la falsedad de la estancia de Jamal en la prisión marroquí: Luis del Pino desveló que la Policía española contaba con datos y documentos que demostraban que en 2001 Jamal estaba en España, en Madrid concretamente y no preso en ninguna cárcel. No es la única revelación asombrosa que pudimos conocer en relación con El Chino: casualmente su suegra y personas del entorno de ésta (personas a las que el juez instructor se negó a interrogar) mantenían excelentes relaciones con numerosos miembros de los servicios de Información españoles, lo que abre el camino a una serie de interesantes hipótesis que sin duda merecería la pena comentar en otro artículo.

Como vemos, el problema radica en que las declaraciones de los testigos son contradictorias y los hechos que se le imputan a Jamal Ahmidan resultan a todas luces inverosímiles. Pero también en que los propios informes policiales están plagados de datos falsos o incorrectos. En algunos documentos entregados al juez Del Olmo la Policía afirmaba que la tarjeta de residencia le fue entregada al marroquí en agosto de 2002, mientras que en otros informes posteriores era en julio de 2003 cuando la había adquirido. De hecho, se supone que en agosto de 2002 todavía estaría cumpliendo condena en Marruecos, según la propia versión oficial, con lo que las contradicciones afloran ya hasta extremos insultantes.

Lo mismo sucede con el episodio de la fuga mutante en la prisión española: en unos informes no habría cumplido condena, siendo ingresado en un centro de detención de extranjeros y fugándose del mismo. En otros documentos policiales sobre esos mismos hechos, sin embargo, habría sido condenado y no lograría escaparse de la prisión. No son las únicas contradicciones relacionadas con las estancias de Jamal en prisión, tal y como hemos explicado ya antes, hablando de su supuesta condena en Marruecos. En un informe de la Unidad Central de Inteligencia se detalla que Jamal Ahmidan estuvo también preso en España entre 1992 y 1995, mientras en otros informes se afirma que en 1994 la Audiencia Nacional decretó contra él una orden de busca y captura… cuando se supone que estaba preso.

Lo mismo para un roto que para un descosido.

No cabe duda de que todo lo anteriormente expuesto es interesante, pero sólo constituye un mero resumen de las indagaciones que algunos periodistas han hecho, profundizando en la figura de El Chino. Un resumen que nos sirve para retomar las dos preguntas que hacíamos al inicio: a qué se debe tanto esfuerzo por recrear la personalidad, los antecedentes y el pasado de uno de los personajes clave de la trama del 11M y cómo es posible que haya tantas incongruencias y falacias en torno a todos esos hechos. En otras palabras, ¿qué necesidad tenían los creadores de la versión oficial de dar tantos detalles acerca de la vida de una sola de las personas supuestamente relacionadas con la masacre del 11M? Y si realmente existía esa necesidad, ¿es posible que hayan sido tan descuidados como para que nada encaje? Por supuesto no existe una única respuesta posible a esas preguntas. La importancia del personaje de El Chino podría residir en su cualidad de desempeñar el papel de comodín del público. No en vano es una figura que durante estos cincos años ha servido lo mismo para un roto que para un descosido: lo mismo para confirmar que estábamos ante un atentado islamista, dado que Jamal se fanatizó en una cárcel marroquí, que para mantener siempre viva la quimera de la autoría etarra. Ahí están esas primeras declaraciones de su supuesta compañera sentimental, con aquella tan cacareada frase que le atribuyó a su esposo: “éstos de ETA se han pasado”. Ahí está el testimonio de José Emilio Suárez Trashorras, condenado a más de 34.000 años de cárcel, afirmando que Jamal Ahmidan le confesó que era amigo de los etarras de la caravana de la muerte, detenidos en Cañaveras escasos días antes del 11M. Ahí está, también, el pintoresco episodio del tiroteo de Jamal a Larbi Raichi, en Bilbao, donde supuestamente nuestro personaje traficaba con drogas campando a sus anchas por el feudo de ETA. Jamal Ahmidan ha sido siempre el parche de la versión oficial que ha servido para llevarnos, en cada momento, a donde han querido. A unos y a otros. El Chino sirvió para convencer a la mitad de los españoles de una oscura realidad y a la otra mitad de otra realidad todavía más oscura y completamente opuesta. También sirvió para contentar a quiénes creyeron en una tercera realidad, mezcla de las otras dos: la joint venture entre ETA y Al Qaeda. El comodín del público, un comodín gracias al cuál siempre se le dijo a cada uno lo que inconscientemente estaba deseando oír. Y sirvió, además, para abrir otras interesantes puertas, como la de la teoría de la negligencia, fácilmente “comprable” por los políticos y por unos determinados medios de comunicación, en caso de que alguno de ellos decidiera asomarse a la terrible sospecha que cada vez más gente intuye y a la que todos temen.

Tal vez en eso, en su propia naturaleza de parche, de pieza de encaje, radique el motivo de que todo lo concerniente a él esté aquejado de una infinita falta de consistencia. Es posible que El Chino fuera desde el principio un hombre de paja fabricado para convencer a cada público de una cosa y es posible que en esa pretendida esquizofrenia esté el origen de los cabos sueltos y las contradicciones. Y la propia necesidad de dar detalles acerca del personaje, la propia importancia del mismo. Es posible.

Pero también es posible -y aun más inquietante- que la marioneta que es el personaje de El Chino no haya sido accionada por un único titiritero. Tal vez sus arbitrarios movimientos –sus contradicciones y la inconsistencia de los hechos relacionados con él- se deban a que distintos maestros de marionetas han estado accionando sus cuerdas simultáneamente. En cada informe policial, en cada momento de la instrucción, en cada versión contradictoria de los allegados de Jamal, se deja entrever una lucha por el control. Una lucha, presumiblemente, entre grupúsculos o facciones interesadas en llevar la investigación a su terreno. Los prestidigitadores que tejieron las falsas tramas del 11M lograron captar nuestra atención y desviarla de los lugares donde verdaderamente debíamos poner el foco. Y consiguieron hacerlo, durante tres años, sistemáticamente.

La cuestión que aquí se plantea es si esos titiriteros y prestidigitadores no controlaron a su hombre de paja de una forma orquestada, sino que tal vez todo lo que hemos relatado en este artículo no es más que el resultado de una lucha de poderes en la sombra, de una lucha entre facciones de nuestros propios servicios de Inteligencia. De hecho, dos semanas después de que explotaran las bombas del 11M, la pista islámica de Yousef Ben Salah –una de las identidades falsas que nos dicen que usaba Jamal Ahmidan- apuntaba hacia Al Qaeda, a través de relaciones con personajes vinculados al mundo del yihadismo de corte salafista. Y sin embargo, poco a poco, a medida que la versión oficial fue tomando cuerpo, todas esas interesantes relaciones fueron diluyéndose para acabar con Jamal Ahmidan convertido en muñeco de pimpampum, islamista de pacotilla, delincuente común y amigo de etarras. Sin duda alguna, acabó convirtiéndose, como decíamos anteriormente, en el comodín del público



Artículo publicado en la revista Voces Contra el Terrorismo.

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Traducción al español por Huan Manwë